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El PSOE entra en bucle

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Foto: EFE

Cuando en 1999, Hillary Clinton decidió por primera vez postularse para un cargo público, su esposo, aún presidente de los EEUU, le aconsejó:

"Tienes que saber, necesitas saber, por qué quieres el trabajo. Tienes que ser capaz de decirle a alguien en 30 segundos, tienes que ser capaz de decirle a alguien en 5 minutos, tienes que ser capaz de dar un discurso de media hora... Lo más importante es que sepas por qué quieres servir".

Los dos últimos discursos de Pedro Sánchez -ante el Comité Federal de su partido y ante el Grupo Parlamentario- no pasaron de 20 minutos, y los primeros 30 segundos los empleó para recodar que hacía dos años que la militancia del PSOE le había elegido secretario general por voto "directo, libre y secreto". En la única rueda de prensa que ha ofrecido tras el 26-J, -limitada a seis preguntas-, hizo lo propio.

Si el secretario general del PSOE no hubiera pasado de la sobreexposición a la que acostumbraba desde que fue elegido a la reclusión de las últimas semanas, habría habido ocasión de preguntarle por qué y para qué quiere servir a España y al PSOE, además de otras muchas cuestiones. Por ejemplo si cree que está en condiciones de mantener el timón del PSOE; si con dos derrotas históricas acumuladas, se puede aspirar a la reelección; si España se puede permitir unas terceras elecciones: si en sus planes está liderar un gobierno alternativo; si se prestará a poner de nuevo en marcha el reloj de la democracia en caso de que Rajoy no sume los apoyos necesarios para ir a la investidura; si hay posibilidad de reconstruir los puentes rotos con Podemos; si mantiene conversaciones con los independentistas; si ha perdido toda esperanza de ser presidente del gobierno...

Pero no, no hay respuestas porque no hay ocasión de plantear interpelaciones. Todo son rumores, todo interpretaciones de lo que hacen o dicen sus más estrechos colaboradores. El líder del PSOE se ha recluido en el silencio, y su mutismo tiene desconcertados a propios y extraños. Unos dicen que calla porque está noqueado; otros, que porque trama algo.

El caso es que Rajoy no se fía, pero da por hecho que los socialistas no se saldrán del "no" a su investidura. Y no porque no deseen virar a la abstención, que España salga del bloqueo institucional y que el PSOE se reconstruya en la oposición, sino porque nadie está dispuesto a pagar ese precio ante la militancia del partido, lo pida quien lo pida.

Lo han indicado en distintos formatos y registros, Felipe González, Alfonso Guerra, Javier Solana, Joaquín Almunia, José María Maravall, Mercedes Cabrera, César Antonio Molina y el último José Bono, en entrevista con la Sexta. El Viejo Testamento ha decidido piar lo que calla el Nuevo. Por miedo, por táctica o por cobardía, pero sobre todo porque no quieren asumir ante las bases la carga de facilitar un nuevo gobierno de derechas. Cuando decida Sánchez, actuarán en consecuencia.

De momento, las únicas certezas son dos: que sin la abstención del PSOE no habrá Gobierno y que Rajoy no irá a la investidura sin los votos suficientes. A partir de ahí, se abre un amplio abanico de dudas y posibilidades sobre lo que puede hacer el aún presidente en funciones y las reacciones que pueda tener Sánchez. Ninguna invita, de momento, a pensar en el desbloqueo, y sí en que el secretario general del PSOE mantenga viva la esperanza de liderar un gobierno alternativo no porque lo crea posible, sino porque con ello logre dilatar su tiempo como secretario general y la convocatoria del congreso federal.

La enésima voz de alarma sonó el viernes en Hospitalet, donde el primer secretario del PSC volvió a insistir en que si Rajoy no logra sumar los votos necesarios para ser investido, Sánchez debería intentar un gobierno alternativo. La reflexión de Miquel Iceta no es nueva, sino que viene sosteniéndola en el tiempo desde la noche de las elecciones generales, al igual que otros secretarios generales cercanos a Pedro Sánchez. Pero para algunos no es casualidad que esta vez haya coincidido en el tiempo con el acuerdo que el PP alcanzó en el Congreso con los independentistas catalanes para el reparto de los puestos de la Mesa. Lo que, a juicio de los críticos, pretenden trasladar los "sanchistas" es que si Rajoy acuerda con los soberanistas a los que antaño acusó de romper España, el camino para que pueda hacerlo Sánchez debería estar expedito y que nadie se atreverá a decir lo contrario.

Así es como el PSOE ha entrado en bucle y revive, aunque con matices, las mismas pesadillas que tras el 20-D, pero con aún menos escaños. Unos, que quieren gobernar aunque sea con Podemos y con el apoyo de los independentistas; otros, que prefieren que lo haga Rajoy con sólo 137 escaños; unos que se preparan para el asalto a Ferraz; otros que no piensan más que en proteger la fortaleza. Todo igual que en enero. Y todo esconde, de nuevo, la pelea por el liderazgo del partido.

La diferencia es que esta vez los barones críticos han decidido que sea Sánchez, y no ellos, los que decidan por dónde debe transitar el PSOE. Si Rajoy se presenta a la investidura bien la primera o la tercera semana de agosto y el secretario general se empeña en el "no" y "no", se activarán los mecanismos necesarios -por ejemplo, una resolución en el Comité Federal que le obligue a cambiar de opinión-. Pero, qué puede ocurrir si el presidente en funciones, como parece, renuncia a presentar su candidatura y Sánchez pide el aval del máximo órgano entre congresos para tomar la iniciativa. La pregunta está en el aire y la respuesta, a la espera de que se confirme que el próximo 6 de agosto -fecha que se ha barajado en Ferraz- habrá un nueva cita del Comité Federal y para qué. Y mientras ellos deciden, España espera.