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Las claves de la semana: Todo igual, pero peor

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Nada parecía nuevo, sino viejo. La efímera pero intensa XI legislatura convirtió el estreno de la decimosegunda -que no la duodécima, como dijo Pedro Sánchez- en una sesión sin más sobresalto ni aspaviento que el que produjo el inesperado flirteo del PP con los nacionalistas catalanes y vascos.

Y eso que sus señorías -salvo los de la derecha y algún despistado socialista- ya no usan traje y corbata como solían. Ahora son más los que lucen deportivas, camisetas, rastas y mochilas. ¡Ay si José Bono siguiera de tercera autoridad del Estado! Ya habría dado orden de clausurar la Carrera de San Jerónimo hasta que los diputados vistieran conforme a lo que llamaba el "decoro parlamentario" , como si el recato tuviera que ver con la aptitud o la técnica legislativa.

De por qué Villalobos se fue al gallinero

Aún así impuso la chalina, pero ni él ni los que le precedieron en el cargo se libraron de las broncas de Celia Villalobos. La salida de la Mesa de la diputada más polémica del PP hay que atribuírsela a Ana Pastor y sólo a ella. Nadie conoce mejor el carácter de su compañera malagueña, que para eso la sufrió unos cuantos años de vecina de pupitre en el máximo órgano de gobierno del Congreso.

La convivencia con Villalobos durante 13 años no ha sido fácil. Las quejas eran permanentes desde todos los frentes. El PP bufaba; el PSOE rezongaba y los funcionarios bramaban por sus caprichos, sus formas y su tendencia natural a la confrontación y el griterío... Pero ha tenido que llegar Pastor, "enemiga íntima" aunque compañera de partido de la malagueña para que Villalobos desapareciera de la escena principal y pasara al gallinero.

Una investidura a precio de oro

Nadie más que ella podía pedirle a Rajoy que apartara a la esposa de su asesor aúlico Pedro Arriola de la primera línea. "O ella o yo", pudo decirle perfectamente Pastor al presidente del PP cuando le notificó su nuevo destino. La ya ex ministra de Fomento sabía de antemano que Rajoy tendría clara la elección.

Ya quisiera en todo caso el presidente en funciones que todos los problemas que tiene sobre su mesa fueran de tan fácil solución como el paso a la reserva de Villalobos. La diabólica aritmética parlamentaria ha puesto a precio de oro su reelección como jefe de Gobierno. Cuando todos mirábamos a Ciudadanos y el PSOE, el PP decidió invitar al baile al PNV y la antigua Convergencia.

Las prebendas de un puesto en la Mesa del Senado para los vascos y un grupo parlamentario para los soberanistas catalanes han descubierto que mientras Pedro Sánchez se escondía en un chiringuito, Rajoy hacía algo más que sestear en La Moncloa.

Hablar con quienes quieren romper España -según sus propias palabras- ya no es una traición al país, sino un servicio a la patria. Y, aunque el acuerdo de la Mesa sea meramente instrumental, y nada tenga que ver con la investidura, Rajoy ha puesto del hígado a Albert Rivera, reconocido enemigo de los nacionalistas. Esto además de servir en bandeja de plata al PSOE de Pedro Sánchez el argumento perfecto para invalidar la posición de quienes dentro de su partido le obligaron a negar el pan y la sal a los independentistas.

La noticia será la no noticia

El tiempo apremia, España sigue sin gobierno y todo indica que la noticia el próximo jueves será la no noticia, esto es que Felipe VI no propondrá ningún candidato para la investidura. Salvo milagro en el día de Santiago, nadie confía en que Rajoy acuda a La Zarzuela con los votos necesarios para ser investido. Algo habrá hecho mal el PP para que, como dice un veterano socialista, todo el que se acerque a él se vea obligado durante un mes a pedir perdón.

Con la zapatiesta que se ha montado por los votos de los convergentes para la distribución final de la Mesa del Congreso, no entra en sus planes, de momento, abstenerse en la investidura. Y qué decir de Rivera, a quien aunque no haya afirmación solemne que le dure más de 24 horas, ha amenazado con volver al "no" si los populares osan cualquier acuerdo con el independentismo.

Un "no" per secula seculorum

Si Ciudadanos no se mueve, menos lo hará el PSOE, que sigue y seguirá en el "no" per secula seculorum, salvo que un ataque de sinceridad lleve a los socialistas críticos a decir en público lo que dicen en privado y lo sometan a votación en un Comité Federal. Esto es que Sánchez se abstenga y luego dimita como secretario general. No lo verán sus ojos.

Así que ni lo tiene fácil don Mariano -que diría Pablo Iglesias- ni el Rey puede hacer otra cosa más que abrir un nuevo tiempo de reflexión a partir del jueves, ya que en el PP dicen que Rajoy no está dispuesto a ir a una investidura fallida.

Probar la medicina de Sánchez

No por no probar la medicina que probó Sánchez en febrero -que a eso estaría dispuesto-, sino porque no se fía del secretario general del PSOE ni de que, tras la primera ronda, los socialistas -como le aseguran algunos- obligaran en una segunda a su secretario general a virar a la abstención y le impidieran que fuera él a una investidura para la que buscara el apoyo de Podemos y los nacionalistas.

De la sobreexposición a la reclusión

Todo igual, pues, aunque peor que en diciembre. No hay mayoría clara para una investidura ni candidato dispuesto a poner en marcha el reloj de la democracia. Y es que aunque lo pretendiera, esta vez ni el PSOE dejaría a Sánchez ni Podemos está por la labor, como ha dicho Iglesias en entrevista con El Huffington.

Por eso igual el secretario general de los socialistas ha decidido pasar de la sobreexposición a la reclusión y esconderse hasta que Rajoy mueva ficha o vuelva a darse mus. Su antaño querencia por los micrófonos ha tornado en una alergia profunda a la declaración.

Y así andamos. Tan hartos como desconcertados de esta nueva entrega de Juego de Tronos, en la que en todos los partidos hay más táctica que estrategia y en la que escuchamos declaraciones tan exóticas como las de un Rivera que quiere que el Rey presione al PSOE o un Margallo que recuerda que la Constitución prohibe que Felipe VI "borbonee".