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¿Y si Rajoy fuera Nixon?

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presidential achive
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«Confiad plenamente en vuestro productor de televisión; dejadle que os ponga maquillaje incluso si lo odiáis; que os diga cómo sentaros; cuáles son vuestros mejores ángulos o qué hacer con vuestro cabello. A mí me desanima, detesto hacerlo, pero habiendo sido derrotado una vez por no hacerlo, nunca volví a cometer el mismo error».

La recomendación es de Richard Nixon, después del primer cara a cara de la historia de la televisión, pero podría ser de Mariano Rajoy, el menos telegénico de cuantos candidatos aspiran el 26-J a la presidencia del Gobierno. De momento, ya ha confesado: "A nadie le apetecen los debates". ¡Cáspita! No hemos aprendido nada.

26 de septiembre de 1960. La política y la televisión cambiaron para siempre en Estados Unidos. Los candidatos a la presidencia del país más poderoso del mundo se prestaban por primera vez al lenguaje y los códigos de la televisión. Y fue ahí donde dicen todos los expertos que Kennedy ganó la batalla. No sólo porque Nixon subestimara a su contrincante, sino más bien porque despreció también los parámetros que imponía la caja tonta. No quiso maquillarse, vistió un traje gris, apenas había dormido, estaba febril, y perdió. JFK cuidó su imagen a conciencia, durmió una larga siesta, tomó el sol para lucir un moreno envidiable, y ganó.

Como Nixon a Kennedy, Rajoy desdeña a Sánchez, desprecia a Rivera y a Iglesias le considera un peligro para la estabilidad de España. El estilismo del candidato del PP nada tiene que ver tampoco con el aspecto cuidado de sus contrincantes. El presidente en funciones es un tipo que no cuida la imagen, no atiende consejos estéticos, jamás se desprende de la americana y rara vez de la corbata. No lleva mochila al hombro, no lee Jot Down sino el Marca y jamás se desnudaría para una revista como antaño hiciera Rivera. Si esto es la nueva política, Rajoy es un marciano y además presume de serlo. ¿Y si fuera Nixon?

Pese a todo, su partido encabeza todas las encuestas, aunque según el CIS con sólo con 3,6 puntos de ventaja sobre el segundo. Y esta noche en el único debate electoral (a cuatro) de esta campaña, más que del traje, el cabello o el maquillaje, su principal preocupación será salir vivo de la estrategia de "todos contra el PP". Sus asesores le han preparado más de cien fichas para defenderse de las posibles agresiones de sus rivales, si bien pretende huir del juego sucio. Claro que todo dependerá de si en el fragor de la discusión a alguien se le escapa un "indecente" como le ocurrió a Sánchez en el cara a cara previo al 20-D y aquello se convierte en un lodazal.

En el entorno del candidato del PSOE niegan la mayor. Dicen que Sánchez ha aprendido de aquel error, que lleva días preparando la gran cita televisiva con su "gobierno en la sombra", sus asesores más cercanos y algunos miembros de la Ejecutiva Federal. Sale a ganar, confía en sus dotes televisivas, quiere un debate en positivo y propositivo e intentará a toda costa reforzar la imagen presidencial que sólo él y los suyos creen que ganó durante las negociaciones de su investidura fallida.

Su mensaje irá dirigido a ese 9 por ciento de electores (560.000) que, según el CIS dudan si votar PSOE o Ciudadanos; a un 12 por ciento (775.000) que aún no ha decidido si apostar por PSOE o Unidos Podemos y a un 9 por ciento que oscila entre PP y PSOE (592.630). En total, los socialistas creen que aún tienen un caladero de casi 2 millones de votos donde pescar, y que el debate de esta noche servirá cuanto menos para movilizar a un partido de motor diesel que en los primeros días de campaña no termina de arrancar su maquinaria.

Albert Rivera ha preparado el debate con José Manuel Villegas y Fernando de Páramo. Con ellos y con sus asesores de cabecera ha trabajado estos días la actitud y la oratoria, así como toda la documentación solicitada para cada bloque (Economía y Empleo; Políticas Sociales; Regeneración democrática y Política exterior). Su objetivo: reforzar la imagen de partido de centro e imprescindible para la gobernabilidad de España. Tiene el candidato de Ciudadanos cierta propensión a la palidez, las ojeras y la sudoración. Y esto también cuenta.

Pablo Iglesias, por su parte, lleva dos días encerrado en casa con sus más estrechos colabores. Ha despejado por completo la agenda de domingo y lunes, ya que considera que el debate será, sin duda, una de los actos clave de esta campaña. A diferencia del que libró con Rivera en La Sexta, aspira a que esta vez pueda mantener un buen tono, sin levantar la voz ni mostrar esa arrogancia que en ocasiones ha exhibido frente a sus rivales, en especial con un Pedro Sánchez al que cree liquidado y un PSOE al que a menudo se dirige con no poca condescendencia desde que todas las encuestas dan por hecho el sorpasso.

Ocho millones de indecisos están en juego... Y esta, sin duda, es una noche para que los españoles decidan y para que los candidatos, de una vez por todas, incluyan la obligación de celebrar debates electorales en la agenda de la regeneración política. 40 años de cicatería al respecto son demasiados años. Mucha regeneración democrática, mucha agenda del cambio... y del derecho ciudadano a recibir información en sus múltiples variantes, nada de nada. Ya va siendo hora.