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El día que Zapatero dejó de ser un jarrón chino

10/07/2017 07:23 CEST | Actualizado 10/07/2017 07:31 CEST
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España aún no le ha perdonado la gestión de la crisis económica ni aquél fatídico decreto de mayo de 2010 con el que abjuró de la socialdemocracia, y una parte del PSOE tampoco le ha absuelto por su natural tendencia a la conspiración orgánica. Nada nuevo. No hay ex presidente al que su país -más si éste se llama España- reconozca en vida una contribución sin tacha. Zapatero no es una excepción. Ahí tienen a González y a Aznar, repudiados en sus propios partidos y sin apenas crédito en una parte de la sociedad española. Ninguno de los tres es profeta en su tierra, aunque sí fuera de nuestras fronteras. Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo Sotelo tuvieron que irse al otro mundo para que su papel en la historia, con sus luces y sus sombras, fuera reconocido.

Y es que la victoria de ser presidente desemboca siempre en la derrota de convertirse en ex presidente y en la nostalgia de un tiempo pasado que, en su caso, fue mejor. Ya lo dejó escrito Carlos Fuentes en "La silla del Águila" en aquellas líneas en las que un consejero escribía a su presidente para advertirle:

"Aunque haya ganado las elecciones, jamás olvide que al final va a perder el poder. Se lo digo yo. Prepárese usted. La victoria de ser presidente desemboca fatalmente en la derrota de ser ex presidente. Prepárese usted. Hay que tener más imaginación para ser ex presidente que para ser presidente. Porque fatalmente dejará detrás de sí un problema con nombre: el suyo".

Así es. El propio Felipe González lo llamó el "síndrome de los jarrones chinos", secuela inevitable del famoso síntoma de La Moncloa: "No se retiran del mobiliario porque se supone que son valiosos, pero están todo el rato estorbando".

America Latina, la UE y el Gobierno español felicitan al ex presidente por su contribución a la liberación de Leopoldo López mientras que el PSOE silencia su papel en Venezuela

Este fin de semana, al menos para una parte del mundo, José Luis Rodríguez Zapatero ha dejado de se ser un jarrón chino. América Latina, la UE y hasta el Gobierno español han elogiado su contribución en la liberación del líder opositor venezolano, Leopoldo López. Todo han sido parabienes para con el ex presidente del Gobierno, cuya labor de mediación para apaciguar el conflicto político-social no concitó unanimidad cuando empezó hace más de un año. Felipe González, que creyó que así se daba oxígeno a Maduro, nunca la vio con buenos ojos y la oposición venezolana, tampoco. Prueba de ello es que hace apenas tres días, el entorno de Leopoldo López se quejaba de que las dos visitas de Zapatero a la cárcel de Ramo Verde fueron sin previo aviso y con la asistencia siempre de un miembro del gobierno venezolano. Ni siquiera el opositor, ya en su domicilio, ha agradecido el papel del ex presidente español porque las autoridades venezolanas hayan accedido a cambiar cárcel por arresto domiciliario.

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Sea como fuere -y dejando al margen las múltiples y malévolas especulaciones que han rodeado siempre al interés de Zapatero por Venezuela- lo cierto es que el ex presidente ha tenido, después de seis años desde que saliera de La Moncloa, su momento de gloria y ha podido reivindicarse ante el mundo. El agradecimiento de Rajoy ha sido sincero igual que el de media Europa y América Latina. Sólo el PSOE ha orillado su nombre tanto en la nota de prensa remitida tras conocerse la liberación de Leopoldo López como en las palabras que Pedro Sánchez escribía en su perfil tras conocer la noticia:

"Hay que felicitarse porque Leopoldo López pueda estar en casa con su familia, es un paso adelante. Aún quedan muchos presos políticos en Venezuela".

El texto del secretario general no ha sentado bien en el entorno de Zapatero, con quien Sánchez tuvo ocasión de hablar por teléfono y felicitarle por su mediación en la liberación de López. La posición del líder del PSOE coincide más bien con la versión de quienes discuten que la medida de "casa por cárcel" aprobada por Maduro responde más a una simple válvula de escape por la situación crítica del país, la debilidad de su presidente y la presión interna acumulada durante meses de protestas en las que han muerto 90 personas que a ningún tipo de mediación.

El caso es que el Gobierno español siempre apoyó la mediación de Zapatero e incluso el presidente de la Asamblea nacional y duro opositor a Maduro, Julio Borges, defendió también ante dirigentes socialistas en el Parlamento europeo que el único que tenía algo de autoridad sobre Maduro era Zapatero. El resultado esta ahí, después de que el miércoles pasado el ex presidente saliera antes de tiempo de un coloquio entre los tres ex presidentes organizado por Vocento con motivo del 40 aniversario de la democracia y Aznar se mofara en público de su salida para Venezuela.

Sánchez felicitó por teléfono a Zapatero, pero no le mencionó en su cuenta de Twitter

Y la pregunta obligada es si Zapatero sirve para mediar en Venezuela y González participa en las negociaciones del proceso de paz en Colombia, por qué en España son despreciados igual que Aznar por propios y extraños y no pueden, por ejemplo, erigirse en árbitros de cuestiones internas de especial complejidad como la que ocupa a Cataluña con el resto de España.

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Busquen ustedes mismos la respuesta. Pero es obvio que en el curriculum de todos ellos en lo que respecta al asunto catalán hay una mácula. La de Aznar, que nunca hubo más independentistas en España que cuando gobernó la derecha. La de Zapatero, que a su política y sus cesiones atribuyen muchos parte del problema. Y la de González, aunque fue el único que en su día hizo intentos de aproximación entre el PP y el nacionalismo, que se ha instalado ya en soluciones maximalistas como la aplicación del 155 de la Constitución.

Así que olvídense, por el momento, de un Gordon Brown español, salvador de la unidad patria como lo fue el ex primer ministro británico para el referéndum escocés de 2014 después de una apasionada oratoria con la que, en vísperas del voto, aseguró la permanencia de Escocia en Reino Unido. Spain is different, ¿o no?