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'¡A fregar platos!'

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Foto: ISTOCK

Este artículo también está disponible en catalán

El pasado 4 de septiembre, una árbitra, Marta Galego Salguero, interrumpió un partido de fútbol de Segunda Catalana que se jugaba en Valls porque un espectador la envió literalmente a fregar platos.

Al escuchar el insulto, la árbitra aplicó la nueva normativa de la Federación Catalana de Fútbol, 'Cero insultos en la grada', detuvo el partido y se dirigió al delegado de la UE Valls para que expulsara al espectador. El delegado así lo hizo.

Ya era hora de que alguien suspendiera un partido por culpa de un insulto sexista, por una vejación hacia una mujer, a las mujeres.

Alegría doble, puesto que el público ovacionó a la árbitra cuando -una vez fuera del campo, el individuo en cuestión- el partido pudo continuar. O triple, no sólo por la oportunidad de esta nueva normativa, sino porque la respuesta a lo que es un insulto machista típico haya cambiado tanto en tan poco tiempo y, por tanto, aplicar la normativa ya no sea una utopía ni una extravagancia. (O cuádruple: casi todos los diarios consultados utilizaban la palabra «árbitra» -y no «árbitro»- en perfecta consonancia con el sexo de la persona a la que se referían, teniéndolo en cuenta y respetándolo.)

Ahora bien, el quid de la cuestión es el tipo de insulto. Que es un insulto, no lo dudó nadie, a pesar de que el espectador no se metió -algo bien extraño- ni con la sexualidad, ni con ninguna parte del cuerpo de la árbitra; ni siquiera usó ninguna palabra malsonante como la que muchas veces se utiliza para referirse a la madre de una árbitra (o de un árbitro) que presupone que fue con pecado concebido. Algún día, una nueva normativa prohibirá un insulto no por habitual menos machista y aclarará que no es un insulto a la persona a quien se dirige sino contra su madre.

Ya va siendo hora de que una frase como «¡a fregar platos!» sea tan neutra como decir a alguien que lave el coche.

Cuando en un campo de fútbol se insulta a un jugador no especialmente blanco, hay quien le echa plátanos para equipararlo a un simio, hay quien hace sonidos inarticulados como los que hacen los orangutanes a juicio de quien los emite, etc. Es decir, claramente se le rebaja atribuyéndole un comportamiento animal y no humano, no propio. En el caso que nos ocupa, no. Se atribuyó a la árbitra un comportamiento muy humano, diariamente humano, una acción del todo necesaria e imprescindible.

Estoy casi segura de que Galego Salguero friega platos, aunque sea ocasionalmente, y que, en caso de no fregar nunca uno, seguramente no considera que hacerlo sea una actividad vejatoria. También estoy bastante segura de que sabe que el hecho de fregar platos no te incapacita para el inmenso resto de actividades humanas. Captó, sin embargo, perfectamente, el intento del espectador de ponerla en su sitio enviándola a fregarlos y respondió al insulto que representa que alguien te espete un «¡a fregar platos!»; es decir, que te diga que no estás capacitada ni para arbitrar ni para nada más que fregar; que tu sitio sólo puede ser un reducto femenino simbolizado en una cotidiana cocina.

En este sentido hace, unos diez años me llamó la atención leer en un diario que a una celebridad, a un tal Boy George, lo habían condenado a barrer un parque público de Nueva York como servicio a la comunidad. El interfecto, sin embargo, consideró humillante el castigo y pidió que le impusieran otra pena. Liga con lo que puede constatar cualquier profesora, cualquier maestro: una de las cosas más difíciles que hay en un centro escolar es que el alumnado -especialmente, los chicos-, en clase, en el pasillo, recojan un papel del suelo.
En ese desprecio por las tareas domésticas reside el problema.

Realmente es triste vivir en un mundo en el que dos de las actividades ineludibles e indispensables para vivir y sobrevivir (intenten imaginar el infierno que sería vivir en un mundo en el que durante sólo dos días no se fregara ningún plato o no se barriera el suelo) sean consideradas una humillación porque son «trabajos de mujeres» y, por tanto, por un lado, una mancha en la masculinidad (una humillación) y, por otro, una incapacitación para realizar cualquier otra cosa para las mujeres que las desempeñan. Porque la resistencia a barrer, fregar platos, etc. no sólo viene dada porque son prosaicas tareas de limpieza, sino porque son «de mujeres». Hay hombres que, por nada del mundo, moverían un dedo en casa, fregarían un plato o barrerían y, sin embargo, lavan su coche sin ningún problema.

Ya va siendo hora de que una frase como «¡a fregar platos!» sea tan neutra como decir a alguien que lave el coche. Porque el día que enviar «¡a fregar platos!» sea tan incomprensible como decir a alguien que lave el coche, el día que ya no funcione como insulto, no serán necesarias más normativas.