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Agosto negro: la hemorragia sin fin del terrorismo machista (I)

31/08/2015 07:31 CEST | Actualizado 30/08/2016 11:12 CEST
REUTERS

Este texto también está disponible en catalán

Son muchas las causas que explican la hemorragia masiva del terrorismo machista, las enormes dificultades de erradicarlo. La principal es sin duda la poca -a veces, nula- importancia que se da a cualquier tipo de agresión contra las mujeres. La misoginia se minimiza constantemente. Las agresiones que no comportan asesinadas son vistas como supuestamente mucho menos graves, aunque son tremendas y altamente peligrosas, puesto que al fin y al cabo son las que soportan el continuum de la violencia machista, continuum en el que se apoyan los asesinatos: su extremo más brutal.

Si se quiere una prueba concluyente y general tan sólo hay que mirar los resultados de las encuestas y comprobar qué lugar ocupa la violencia contra las mujeres en la lista de las preocupaciones de la población (si es que el ítem aparece en la lista propuesto por la encuesta). Si se quiere un detalle, un caso reciente; el de los hombres que justificaban a gritos la agresión contra una mujer en un estadio de fútbol, que jaleaban a su agresor. Es tristísimo y apocalíptico, pero es así. Se puede simular que la situación no es ésta. Ahora bien, si no se tiene en cuenta la realidad, mal se podrán abordar políticas para eliminar la violencia contra las mujeres con mínimas garantías de éxito.

A eso se le tiene que sumar que la minimización es especialmente flagrante en los partidos políticos de derecha y de centro -coherentemente con su ideario machista-. Sólo hay que recordar las reiteradas reacciones (o falta de reacciones), las justificaciones constantes de las sexistadas de palabra y obra de cargos y militantes del PP (aunque en este sentido, la izquierda también patina); los despiadados e inhumanos tijeretazos contra la Ley de Dependencia; la supresión de la asignatura de la Educación para la Ciudadanía -timidísimo intento de empezar a poner manos a la obra-; o los ataques contra la Ley del Aborto, dramáticamente mutilada respecto a las jóvenes menores de edad, las más vulnerables, a quienes deja fatalmente desprotegidas.

La ideología de las instituciones de gobierno hace que vean los asesinatos como un «exceso» anecdótico, como una desgracia puntual y aislada, que no se perciban los asesinatos y otros crímenes como lo que son: resultado de un determinado statu quo, del continuum de la violencia machista, de una situación estructural y no coyuntural, producto de unas determinadas relaciones de poder. (Les propongo un ejercicio de aplicación de la regla de la inversión. Cierren los ojos e imaginen un podio con tres sudorosas campeonas en sus peldaños tras una agotadora carrera ciclista. Después de recibir el premio, la ganadora menea bien meneada una botella de champán, la descorcha y la dirige con más o menos mala baba y furia contra tres chicos que, para más INRI, lucen en tanga y llevan un calzado que les dificulta los movimientos y el caminar. ¿Les ven aguantado la situación estoicamente y con una sonrisa petrificada en los labios? ¿Se los imaginan manifestando, si es que alguien se lo preguntara, que les encantó la rociada de pegajoso alcohol?)

La ideología de las instituciones de gobierno hace que vean los asesinatos como un «exceso» anecdótico, como una desgracia puntual y aislada, que no se perciban los asesinatos y otros crímenes como lo que son: resultado de un determinado statu quo, del continuum de la violencia machista.

Todas las acciones que se emprendan para modificar este estado de cosas serán, en el mejor de los casos, un triste parche hasta que no se acepte que las relaciones personales, especialmente las de pareja, son relaciones de poder; que esta violencia afecta tanto al ámbito privado como al público; hasta que se deje de considerar que las mujeres constituyen un colectivo indiferenciado y uniforme lleno de «necesidades» (entre las que no se contempla la necesidad de justicia o de derechos humanos); mientras se piense que los problemas que tienen son inherentes al hecho de ser mujeres y no consecuencia de las relaciones de subordinación vigentes. En el caso de asesinatos y crímenes, sería como creer que en los atentados del 11M el problema eran las personas que iban en los trenes o estaban en las estaciones o que en el 11S, lo era la gente que había aquel día en las Torres Gemelas y no los terroristas. En definitiva, quien perpetra los crímenes.

Además, y a pesar de que el Estado se define como aconfesional, el ideario y políticas de los partidos que sin excepción han tenido el poder en este país les han justificado el financiar y potenciar una organización sectaria de raíz tan misóginamente irreductible como es la Iglesia Católica. Y no sólo eso: no han tenido ni tienen ningún escrúpulo en poner en manos de la Iglesia, en sus políticas, la educación de criaturas y adolescentes, concertando a diestro y siniestro centros escolares que no sólo están en contra de la coeducación sino que imparten una enseñanza segregada. Horroroso si se tiene en cuenta que uno de los sectores donde más se debería incidir en el momento de implementar medidas contra la violencia y las agresiones machistas de todo tipo es en el de niñas y niños, adolescentes y jóvenes. Apunto sólo la cuestión con la intención, sin embargo, de dedicarle algunas líneas en otro momento.

Estamos ante un terrorismo mucho más letal que el de ETA, puesto que provoca muchas más víctimas. El dolor es inmenso y estremecedor, la hemorragia no se detiene y, como un torrente sin freno, se lleva por delante mujeres y criaturas, justamente, según la tradición, los seres que se considera que primero han de ser puestos a salvo; premisa que cada acto violento -sea en estado de guerra, sea en estado de supuesta paz- desmiente sin cesar. ¿Y cómo reaccionan las autoridades? ¿Han visto ustedes, por ejemplo, que se haya celebrado alguna vez un funeral de Estado en honor de las víctimas del terrorismo machista?