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Barcelona y la lección de Gamonal

22/03/2014 10:02 CET | Actualizado 21/05/2014 11:12 CEST

Este artículo está también disponible en catalán.

Hace días ya que los medios de comunicación no hablan de Gamonal; silencio absoluto. Tenemos que suponer, pues, que las asociaciones vecinales y el Ayuntamiento de Burgos estarán trabajando conjuntamente para solucionar los problemas del barrio (esperemos que con un ojo muy atento sobre la corrupción que impera en este Estado).

Si algo puso de manifiesto la lucha de Gamonal es la necesidad de la permanente vigilancia y tutela que la ciudadanía debe ejercer sobre la cosa pública. A mí, y supongo que a otra gente mayor, Gamonal me retrotrae a un sin fin de luchas municipales que florecieron durante la dictadura franquista. Por ejemplo, las que salvaron al barcelonés barrio de Sants de un espantoso paso elevado, las que hicieron imposible la demolición del mercado del Born o la destrucción de la casa Golefrichs. Vigilancia y tutela que se ha ido abandonando progresivamente en un exceso de optimismo y de ingenuidad que no tiene en cuenta lo frágil y vulnerable que es la incipiente y precaria democracia que se instauró después de la dictadura.

Quizás esto explica que no tuviera ningún eco, que no pasara nada, cuando este verano, el alcalde de Barcelona, Xavier Trias, hizo ensanchar con un carril más para los coches un buen tramo del paseo Joan de Borbó y, de paso, asfaltó muy negramente los recortes de césped que separaban los dos sentidos de la marcha. Parte beneficiada: la circulación rodada a motor. Parece que ha tenido que ver con esta operación la existencia y las necesidades del edificio Vela (las desgracias nunca vienen solas); hotel que hace lo imposible para «privatizarse» un trozo de playa propiedad de la ciudadanía -naturalmente, pública.

Muy cerca del carril nuevo, se ha sustituido el amable y continuo banco metálico que separaba un club náutico de la amplia área peatonal por una antipatiquísima verja más alta que una persona. Barrera que, por un lado, aprisiona a la pobre gente que tiene la desgracia de tener atracado un yate en el club y, por otro, impide la vista e imposibilita todas las lúdicas y variadas actividades que permitía el banco a las personas que se pasean en libertad por la zona: sentarse para leer o descansar; tumbarse en él; que las criaturas la utilicen para adquirir equilibrio u otras habilidades; que fuera más fácil darles la merienda; cortejar; soñar; sorber un helado... Tan hostil y descarada es la verja que casi se añora al alcalde Jordi Hereu, a pesar de que es el culpable de la erección de citado hotel Vela o del comportamiento abyecto que mostró cuando apostó por otro hotel (el fraudulento proyecto de hotel junto al Palau de la Música) y no por la concejala de su mismo partido Itziar González.

A esta actuación municipal injustificada e innecesaria -especialmente ahora que la crisis debería obligar a ahorrar y a invertir en el bienestar de quien más sufre-, se le deberían sumar, por ejemplo, las actuaciones actuales para embellecer el paseo de Gràcia, el ensanchamiento de las aceras de la calle de Balmes, la tímida y casi clandestina reforma de la Diagonal. Acciones destinadas no a mejorar la vida de la gente más desfavorecida o los barrios donde viven. Trias debería saber mejor que nadie lo necesario de invertir en quien menos tiene, de dedicar dinero a los barrios más depauperados, puesto que es, de largo, el alcalde del Estado que cobra más (casi el doble que el presidente del Gobierno central, cuyo sueldo considera «escandalosamente» bajo).

Todos estos gastos y políticas las lleva a cabo con la complicidad y en connivencia con el PP, puesto que, cuando se trata de hacer políticas de derechas, dejan inmediatamente de atizarse con los mástiles de sus respectivas banderas; para mostrar lo bien que se entienden este año han impedido el habitual y continuado apoyo municipal al manifiesto del 8 de marzo (la derecha es la derecha y el elemental derecho al propio cuerpo, «demasiado» derecho a su entender). También están perfectamente de acuerdo en privatizar veintiséis aparcamientos públicos en absoluto deficitarios y sin mejorar su gestión para construir (¡viva el ladrillo y la burbuja!) nuevos edificios de viviendas, a pesar de la enorme cantidad de pisos vacíos que hay en Barcelona. Es decir, decisiones ya de más envergadura y de consecuencias mucho más peligrosas para las finanzas de la ciudad y para el bienestar de las personas.

Que la lección de Gamonal no caiga en saco roto.