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Dar el pecho permanentemente o no, esa es la cuestión

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Este artículo también está disponible en catalán

La literatura es la mar de útil para un montón de cosas. Para entenderlas, relativizarlas, y, si es necesario, tranquilizarse.

Vean, si no, lo que apunta la gran Mary McCarthy (1912-1989) sobre la lactancia en la novela El grupo; un libro espléndido, inteligente, divertido y muy recomendable escrito en 1954, el tema del cual no es la maternidad ni la lactancia.

«El biberón fue el grito de guerra de mi generación. Linda se crió con biberón. Y no te puedes imaginar qué diferencia. Para nosotras, el biberón auguraba el fin de los cólicos y del marido desesperado paseando al bebé de arriba abajo toda la noche. Teníamos una fe ciega en el biberón, nosotras, que fuimos su vanguardia. Mi suegra estaba horrorizada. Y ahora, debo confesártelo, Polly, soy yo la que lo estoy.»

Mamar o no mamar, esta es la cuestión que --si hacemos caso a McCarthy, y debemos hacerlo porque las novelas exigen a gritos verosimilitud-- se va dirimiendo lo largo de los tiempos con diferentes alternativas.

Si miras alrededor, actualmente parece decidida a favor de la lactancia materna. Nada que decir. Los problemas comienzan cuando --con furia de secta-- se la somete a una retahíla de condiciones ciegas e innegociables: dar de mamar es placentero; cualquier madre está capacitada para hacerlo; hay que amamantar en todo momento que la criatura quiera.

Sobre todo porque se desprende, en el primer caso, que si la criatura ocasiona dolor cuando mama (y yo he visto a madres que lloraban de dolor mientras daban el pecho), es que no sabes o lo haces mal y la culpa es tuya (siempre, siempre, la culpa).

En la misma línea, también se afirma que el parto es una experiencia única, fundamental, una experiencia maravillosa --que lo es, o lo puede ser--, mientras se esconde escrupulosamente (y no es necesario porque una cosa no quita la otra ) que es una de las experiencias humanas más dolorosas. Seguida de la tirantez y el dolor ocasionado, o por los posibles puntos o por el parto mismo; el malestar asegurado a causa de las contracciones del útero; la pérdida continuada de sangre, a veces provocadora de anemia; la posible depresión postparto; el desconcierto ante una situación nueva, especialmente si se tiene en cuenta que últimamente hay un cierto consenso en exigir que las madres sean sólo madres por el bien de las criaturas (¡ay, otra vez la culpa!) y a renunciar a cualquier otro aspecto de su identidad.

La culpa también aparece si una mujer por una razón u otra no puede dar de mamar o no tiene leche. Si elige no amamantar, es casi un anatema. Y ya no digamos la esclavitud que supone tener que dar de mamar cuando sea --con razón se llama a demanda--, que en última instancia lleva a las amamantadoras a creer que durante una buena temporada --en algunos casos, meses; en otros, años-- deben dedicarse en exclusiva a la cría si no quieren traicionarla; que no pueden hacer casi nada más si quieren ser buenas madres, puesto que lo único que necesita una criatura sana son dos tetas. Las amamantadoras pasan a ser un cuerpo a un par de tetas pegado; o un monstruoso chupete gigante. McCarthy, en eso muestra también que los tiempos van cambiando.

La tutela médica (o de cualquier otro tipo) sobre las mujeres es una constante universal en las sociedades actuales; el parto y la lactancia no se escapan a ella.

«--¡El horario, mamá! --exclamó Priss--. A los niños de tu época no les daban cólicos porque mamaran, sino porque los tomaban en brazos constantemente y les daban el pecho en cuanto lloraban. La cosa es seguir de forma estricta el horario.»

Ha habido momentos en que no era necesario tener pegada la criatura a la piel todo el día, directamente o vía algún tipo de pañuelo. Seguramente, cuando era así, alguna criatura fue poco tocada y acariciada; a alguna se le hizo poco caso. Sin embargo, seguramente no hay que pensar que si durante unos instantes una criatura rezonga o llora, eso la marcará indeleblemente a hierro y fuego para toda la vida; o que su madre es una asesina en serie. Pero volvamos a la también irónica McCarthy.

«Primero amamantamos a nuestros hijos; la ciencia nos aconsejó que no lo hiciéramos. Ahora nos dice que entonces teníamos razón. ¿O estábamos equivocadas entonces y ahora tenemos razón? Debe de estar relacionado con la teoría de la relatividad, si entiendo algo a Einstein.»

Podría parecer que está hablando de dos extremos opuestos, de dos posiciones irreconciliables, pero no es así. Las une no un tenue hilo sino una cuerda áspera y gruesa.

No es que la ciencia médica «aconseje» --palabra que McCarthy utiliza bondadosamente para tachar la prescripción--, es que ordena y manda. De la misma manera que lo hace el fundamentalismo que en más de una ocasión acompaña a las corrientes partidarias de la lactancia materna o de presentar el parto como si fuera sólo un camino de rosas y de placer. La misma tutela.

Siempre la tutela sobre las mujeres y contra sus decisiones. Ese considerarlas eternas menores. Sea (no hace mucho aquí y aún ahora en según qué países) en cuanto al derecho al voto, sea respecto al derecho al propio cuerpo, sea por el derecho a la maternidad libre o cualquier otro. Tutela que provoca, además, que casi siempre la experiencia materna de cada mujer que tiene una criatura --quizás limitada y personal, pero experiencia al fin y al cabo-- no valga nada, no tenga ninguna autoridad, continuidad ni predicamento. Conozco a una abuela que dice que, con respecto a la maternidad, la futura abuela --la madre de la madre--, es la pieza a abatir (no recuerdo si dice «pieza» o «enemiga»). Lógico, la invalidación de la experiencia femenina no es más que uno de los daños directos de la tutela sobre las mujeres.