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De boca cerrada no salen moscas

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A principios del presente mes de octubre, a raíz de la decisión del juez Santiago Pedraz de archivar las diligencias abiertas contra ocho de las personas que organizaron las protestas del 25 de septiembre en Madrid, el portavoz adjunto del grupo popular en el congreso, Rafael Hernando, además de considerar la actuación del magistrado de indecente y de demagogia política lo tildó de "pijo ácrata". En vista del rechazo que estas declaraciones provocaron (la prensa se hizo eco sobre todo de las respuestas corporativas), Hernando alegó que él no había dicho que el otro fuese un pijo ácrata sino que dijo que había actuado como tal, y una vez aclarada la cuestión se quedó la mar de orondo. Si son ciertas las citas literales de los diarios, Hernando manifestó textualmente que "aunque él -el magistrado- pretenda ir de pijo ácrata, en realidad es un juez de la Audiencia Nacional". De todas maneras, lo mejor estaba por llegar. Por un lado, afirma que la crítica al juez es una "valorización" y no una "descalificación personal"; sorprende que las vea incompatibles: una valoración puede perfectamente ser una descalificación personal (o una calificación); al margen, confieso que no se me escapa el objetivo del matiz, pero sí la pretendida diferencia. Por otro lado, el político del PP, se disculpa señalando que si el magistrado se ha sentido ofendido, le pide excusas, pero mantiene las críticas que le había hecho porque así piensa y siente. Topamos con un comportamiento que empieza a convertirse en un peligroso, extendido y perverso clásico: he dicho lo que he dicho y si alguien se ofende, lo siento, pero dije lo que dije y lo mantengo. El resultado es que parece que si te insultan tu tengas la culpa, seas tú quien tengas el capricho de ofenderte y que no tenga nada que ver el hecho de que un insulto es un insulto. La única disculpa razonable pasa por pedir perdón retirando el insulto.

Otro comportamiento reflejado en la lengua que también apesta y que esperamos que no devenga clásico, puede verse en las declaraciones postpartido del derbi -bautizado abusivamente como clásico- que se jugó recientemente en Barcelona entre el Barça y el Madrid. Mourinho, el entrenador del Madrid, en la subsiguiente y preceptiva rueda de prensa, declaró que el Madrid es un club señor -y dale con el señorío- que no habla de penaltis no pitados (se supone que se refería a un hipotético penalti cometido por el rival y no a otro que quizás infligió un jugador suyo al equipo contrario); en realidad, la insistencia en manifestar que la filosofía del Madrid (noble y bélico adalid) es no hablar de los árbitros y presentarlo como un club «señor» es altamente sospechosa y sintomática. Por un lado, no parece que el club practicase esta filosofía en años anteriores (ni su actual entrenador, ahora o antes); por otro, parecería razonable que el señorío se desprendiera de las actuaciones y no fuera mera autoproclamación (el señorío debería mostrarse andando y no piando). Pero volvamos al caso; Vilanova, el entrenador del Barça que además de tácticas y de estrategias futbolísticas, demuestra también que sabe lengua, lacónico y conciso como él solo, dijo de su colega que por ser que no quería hablar de los árbitros, ya había hablado de ellos. No se puede decir más bien y más claro. La señorial estrategia quedó perfectamente de manifiesto: digo lo que me viene en gana y, además, nadie me puede decir nada porque en realidad no lo hago.

Alegrémonos porque, por contra, hay algún tópico sobre la lengua que decae. También durante el mes de octubre, el presidente del Consejo general de la ciudadanía español en el exterior (sea lo que sea esto), un órgano consultivo y asesor que pertenece al Ministerio de empleo (no sé si pagan o no para pertenecer a él), el misógino José Manuel Castelao Bragaña abogó por violar a las mujeres con una frase que no repetiré. Que un individuo que tiene esta inquietante y violenta catadura diga, además, a) que nunca ha tenido problemas con sus trabajadoras (se les tendría que preguntar a ellas qué tal les ha ido con él); b) que siempre ha protegido (sic) a "la mujer"; y c) que, en realidad, es un devoto de ellas, hiela la sangre y pone la piel de gallina.

Hay que decir que la reacción ha sido, ya era hora, unánime y la dimisión inmediata (aunque quizás habría sido más justo un cese); no hace mucho tiempo, tanto él, como, pongamos por caso, el violador y ex presidente israelí Moshé Katsav o Dominique Strauss-Kahn, habrían salido absolutamente indemnes de las agresiones perpetradas. Tampoco nadie, por lo que yo sé, ha atribuido a la lengua, ¡aleluya!, la frase pronunciada, incluso miembros del Consejo se han manifestado en el sentido de que una cosa así no se puede decir, o mejor todavía no se puede ni pensar. Que no es la lengua, que es él, vaya.

Este artículo está disponible también en catalán.