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Del calor de Girona al gélido Berlín: dos películas

01/08/2017 07:34 CEST | Actualizado 01/08/2017 10:51 CEST

Este artículo también está disponible en catalán

Una de las pocas cosas buenas que trajo la crisis es que cuando llega el verano no tienes que ir al cine con anorak. Se acabaron las gélidas temperaturas que te helaban los pies poco protegidos con sandalias austeras, temperaturas que conseguían que cuando salías a la calle parecía que entraras en un desierto en pleno mediodía. (Justamente el desperdicio precrisis de aire acondicionado de los cines explica en cierta medida la crisis; esperamos que a la que puedan, no vuelvan a las andadas, como ya están haciendo con la nueva burbuja inmobiliaria.)

La benigna y no agresiva temperatura es una buena razón, pues, para ir alegremente y disfrutar a gusto de una película.

Aprovechando que es verano qué mejor que ir a ver la espléndida Estiu 1993 (2017) de la directora Carla Simón que cuenta lo que le pasa a una niña de seis años que se acaba de quedar huérfana de madre (de padre ya lo era) durante el periodo que va de la verbena de San Juan hasta el primer día de escuela. Un film ejemplar. Era facilísimo caer en la sensiblería y en el exceso y, en cambio, mantiene siempre un justo e inteligente equilibrio entre juicio y sensibilidad. Actrices y actores (especialmente Laia Artigas, la protagonista, y Paula Robles, la hermana que gana en el rodaje) afinan sus respectivos papeles. No cae tampoco nunca en el folclore barato o rancio: qué bonitas y pertinentes todas las escenas de fiesta mayor, ya salgan cabezudos y gigantas, suenen tenoras o haya bailongos; como sutiles y descarnadas son las pinceladas sobre los prejuicios contra el SIDA. Reproduce como si se vivieran sensaciones que se viven con impotencia durante la infancia; por ejemplo, ser para las personas adultas simplemente un moro (o una mora) en la costa.

No se aparta ni un milímetro de lo que quiere explicar; atrevidamente prescinde de lo accesorio a partir de un guión tan sobrio y ajustado que ni se nota, clave de bóveda del humilde, emocionante y espectacular final. Entonces, la pregunta que la inicia, aquel chiquillo que dice a la protagonista, a Frida, que por qué no llora, toma aún más sentido(s) y cierra verano, viaje y film de manera redonda.

Si aprieta el calor, en vez de ir al verano gerundense, se puede ir al crudo frío de Berlín y acompañar a una estudiante de arquitectura catalana durante el curso que pasa allí de Erasmus, que este es el argumento de Júlia Ist (2016) de Elena Martín, película protagonizada también por la realizadora, a quien conocí como actriz en Las amigas de Ágata (2015) de Laia Alabart, Alba Cros, Laura Ríos y Marta Verheyen.

Júlia Ist explica no sólo el viaje a Berlín sino también la primera estancia lejos del útero familiar; la decisión de dejar atrás, aunque sea provisionalmente, amistades y novio; cómo Berlín puede ser una ciudad muy interesante pero quizás dura y no tan acogedora cómo una necesitaría, que una cosa son las expectativas y otra la realidad. Relata también, claro, las relaciones con nuevas personas (con quien no necesariamente te tienes que entender), la apertura a otros mundos, la inmersión en otra cultura y lengua; en definitiva, el viaje de ir abandonando la adolescencia para empezar a transitar hacia la madurez.

A ratos un poco ensimismada, pone de manifiesto de manera brillante y natural como están cambiando las cosas. Y así muestra cómo las jóvenes, las mujeres, se relacionan entre sí, de tú a tú y sin necesidad de mediación masculina. Ni rastro de lo que películas de no hace mucho tiempo hubieran priorizado en una relación entre dos chicas cuando se integran en un grupo de trabajo mixto en la universidad: ni sombra de envidia o de rencor en la pretendida y azuzada competición entre mujeres para asegurarse un macho. Vida femenina propia y autónoma; plena. Bienvenido sea el modelo.

Tiene también la capacidad de mostrar el grado cero del maltrato en el comportamiento del ofendido, dolido y herido novio que Júlia deja en Barcelona y que no entiende por qué y, sobre todo, cómo es que esto le puede estar pasando a él. Sería bueno aplicar la regla de la inversión y pensar sobre cuáles serían las actitudes y demandas verosímiles en un hipotético film sobre una chica que añora un chico que marchó de Erasmus y espera que vuelva.

Por cierto, el mismo grado cero del maltrato que muestra perfectamente 10.000 Km (2014) del también catalán Carlos Marqués-Marcet esta última muestra un punto más; una película con la que tiene otras afinidades y puntos de partida. Por otra parte, el protagonista de 10.000 Km es el tierno padre de Estiu 1993.