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Después de un día viene otro

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Cuando trabajaba en un instituto de secundaria de vez en cuando era tutora de un curso. Hace ya mucho tiempo, un año que ejercía de tal, uno alumno del curso, un chico de unos trece o catorce años, iba francamente mal y acabó suspendiendo cinco asignaturas. Después de la evaluación, hablamos para ver cómo encontrar caminos que le ayudaran a remontar la situación; al margen, también quedamos con que su familia vendría a hablar conmigo. Quedar (concerté la cita a través de él) fue relativamente fácil y su madre -solían y suelen venir las madres- vino al cabo de dos días.

Cuando nos reunimos, le dije que ya debía saber qué asignaturas había suspendido su hijo. Perpleja, me dijo que no, que el chico le había dicho que lo había aprobado todo. La atónita entonces fui yo. No me podía entrar en la cabeza que su hijo le hubiera podido decir algo que al cabo de dos días saltaría por los aires, se desmentiría totalmente. De vez en cuando, pero de manera recurrente, me viene este caso a las mientes. Me parece que lo empiezo a entender: con la mentira el chico se ganó dos días de paz y tranquilidad, de no dar explicaciones a nadie, de no tener que aguantar tal vez que le abroncaran. Hizo cierto aquel dicho que postula que después de un día viene otro.

Hace algunas semanas, el presidente del Gobierno estatal dijo que la economía de España crecería (no recuerdo si lo dijo vía plasma o aprovechando alguna ocasión en que no se le pueden hacer preguntas). Unánimemente, la casta política que no era de su partido, los múltiples sectores relacionados con la economía, la prensa..., señalaron que esto era totalmente imposible, que no podía ocurrir de ninguna de las maneras. La gente que no es experta, quizás no lo hubiera podido argumentar brillantemente, pero también sentía en la piel y sabía que, de momento, la economía no crecería. En efecto, a los pocos días el PIB confirmó que la economía se había encogido aún un poco más. ¿Por qué hizo, pues, semejante afirmación?

Sospecho que, además de aplicarse con parsimonia el refrán de marras, tiene que ver con una extrema y contrastada confianza en la enorme y devastadora fragilidad de la memoria humana: en Islandia -aunque no se ha comentado mucho- acaban de ganar las elecciones los partidos que la llevaron a un paso del abismo, al borde del desastre absoluto, mientras que los partidos que alejaron el peligro y emprendieron el camino de la recuperación han perdido la mitad de votos.

A veces, sueño que aquel alumno mío es el presidente del Gobierno.