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Donald Trump como maltratador

09/02/2017 07:24 CET | Actualizado 09/02/2017 09:57 CET

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Foto: EFE

Este artículo también está disponible en catalán

No sé ustedes, pero el día que lo invistieron presidente de EEUU y viendo cómo trataba a su mujer -que, por cierto, casi ha desaparecido del mapa- pensé, tuve la sensación, que Donald Trump, además de ser un acosador y un misógino, que eso ya lo sabíamos, es un vulgar maltratador. Que no es poco.

Aquella manera chulesca y maleducada de ni esperar a su mujer para subir las escaleras cuando llegaron a la Casa Blanca, cómo le dio la espalda y prescindió de ella; la manera de pasear por la avenida Pennsylvania una vez investido; aquella irritación que no se molestó ni en disimular cuando, en una comida el día antes, le dijo que si quería decir algo, ella tímidamente le respondió que no, pero, a continuación, viendo cómo se sulfuraba, se acercó al micrófono para dar las gracias y repetir un eslogan de la campaña de su marido. De hecho, debe ser difícil hablar en público justamente cuando quien te incita a ello es el mismo hombre que considera que tu única misión en la vida es callar o que el único plan para las mujeres en general sea presentarse a concursos de belleza.

No sé a ustedes, pero a mí la sensación que me dio Melania Knaus Trump los días de la investidura es que tenía miedo; su lenguaje corporal lo traslucía. No me extrañó, pues -ya que los chistes deben anclarse de una manera u otra en la realidad-, que justamente se hiciera viral aquel chiste en que dentro de la misteriosa caja azul que Melania Knaus Trump regaló a Michelle Obama en las escaleras de la Casa Blanca hubiera una hoja de papel que dice «Help!».

No sé ustedes, pero cada vez que veo la siempre enfurecida cara de Donald Trump cuando firma un decreto -es un decir, más bien parece que los apuñale y los tache-; la cara furibunda con que contesta el teléfono; el rechinar de dientes, la manera de levantar la barbilla, los morros de oso hormiguero que se le ponen cuando colérico declina consignas en vez de discursos o malencara empapado de ira a la prensa o cualquier crítica, por nimia que sea, me induce a pensar que es un maltratador.

No soy la única. Por ejemplo, cuando la primera ministra británica Theresa May acabó su entrevista con Donald Trump, se apresuró a intentar tranquilizar a la indolente Europa manifestando gozosamente que Donald Trump no se cargaría a la OTAN, y la sensación era como de alivio, de respirar un poco: «en fin, no es tan malo como parece, tiene mal carácter, pero no llegará la sangre al río». Y el paso siguiente es comportarse muy bien para no darle ningún motivo de queja. En Malta, la Unión Europea ya ha bajado sumisamente la cabeza y ha rebajado sus críticas a las políticas del personaje.

Que no se hagan ninguna ilusión, sabemos que por definición un maltratador nunca tiene suficiente, no tiene tope. Muchas mujeres lo han comprobado. Cuando piensan que están salvadas porque ya no abren jamás la boca ni levantan jamás la mirada, porque viven permanentemente arrodilladas intentando olfatear su humor para saber de dónde puede venir la tormenta y cómo evitarla (vana esperanza), el maltratador, que nunca tiene bastante, les retuerce un brazo.

Se decía que cuando Donald Trump fuera presidente, cambiaría (en el sentido de mejorar), que todas las peligrosas tonterías que decía y hacía eran para ganar las elecciones, y que luego se moderaría, que tiene mal genio y es un hombre difícil, pero que en el fondo no es para tanto; o que el partido republicano no dejaría que perpetrara las maldades que anunció. Ya se está viendo. Y no está solo. Como cualquier maltratador tiene cierto quorum y coro, un pequeño ejemplo pero que va al meollo de la cuestión, Clint Eastwood afirma que quizás dice disparates, pero que siempre será mejor que el gobierno de nenazas anterior.

Yo no sé ustedes, pero a mí me da la impresión de que es un maltratador, un depredador y, por tanto, difícilmente se saciará.

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