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El modelo de Berlín

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Este artículo también está disponible en catalán

Berlín desprende energía e Historia por todos los poros. Es la auténtica ciudad de los prodigios. Barcelona, a su lado, es como una miniatura, una ciudad de bolsillo, un juguete.

Berlín es el antidiseño. Fabricado con materiales utilitarios y sólidos --a veces, toscos-- para que dure y dure. Sólidas aceras; farolas vetustas sin ninguna pretensión que iluminan tenuemente lo justo para que no tropieces. Nada de lentejuelas ni purpurinas.

La ciudad es un continuum de edificios nuevos y viejos. Junto a señoriales casas antiguas de pisos con flores en cada balcón, se levantan coloreados edificios de apartamentos nuevos con alegres marquesinas, oficinas y sedes de empresas que son cortinas de vidrio sin fin. Detrás de muros de ladrillos rojos llenos de graffitis y rejas desgajadas, hay solares reconvertidos en jardines provisionales, huertos, o simplemente campos sucios donde el viento arrastra papeles de periódico. No importa: Berlín no es un escaparate, es vida en estado puro.

Y Berlín sabe cómo hacer para recordar la Historia; sabe honrar a las víctimas. Con grandes museos y laberínticos memoriales, pero también con gestos conmovedores alejados de la gesticulación y la grandilocuencia que puntean muchos sitios capitales y lugares emblemáticos de la ciudad.

Desde los humildísimos Stolpersteine, ideados por el artista alemán Gunter Demnig, una palabra alemana que significa «piedras que pueden hacer tropezar».

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Se trata de pequeños adoquines de hormigón de 10 x 10 cm., incrustados en el suelo, normalmente en la acera, cubiertos de una hoja de latón donde están grabados el nombre de la persona, la fecha de nacimiento, el campo donde se la confinó, la fecha de la muerte y, si fue asesinada, así se hace constar, nada de eufemismos como «muerta» o «matada» de tantas noticias de violencia machista. La placa metálica sobresale levemente, y eso hace que sea fácil tropezar con ella, que la sientas y entonces tengas que inclinarte (una buena manera de mostrar respeto) para leer qué dice y reflexionar sobre ello.

Los Stolpersteine no son exclusivos de Berlín; los hay por toda Europa, incluso en Cataluña. Lo que sí es berlinés es el homenaje tan sencillo como potente -menos economía de medios es imposible- del Gleis (andén, vía ...) 17 de la estación de cercanías de Grunewaldt. En aquel andén hacinaron en trenes, peor que si fueran ganado, en dirección a los campos de exterminio, a todas las judías y judíos que detuvieron en Berlín a lo largo de la II Guerra Mundial. Fuera, en la rampa de acceso, unas fantasmagóricas y profundas figuras humanas excavadas en un enorme bloque de mármol lo recuerdan.

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Arriba, en el andén, se han sustituido los raíles de una de las vías por unos enrejados metálicos que recuerdan cada uno de convoyes que mes tras mes salieron durante cada año de la guerra y que termina en un suelo compuesto de pedazos de carbón. El otro fragmento de vía, que discurre junto a más enrejados metálicos, se ha inutilizado (esperemos que para siempre) plantándole unos abedules que van creciendo y creciendo. Aterrador e íntimo, pone los pelos de punta.

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La mezcla de abedules y barras de hierro --en esta ocasión, tanto los unos como las otras en vertical-- también se utiliza para recordar el Mauer (el Muro) en algunos lugares del memorial que hay en la Bernauerstrasse (entre la Brunnenstrasse y la Gartenstrasse); un monumento que crece día a día cada vez más cargado de información, de emoción y de sentimiento.

Toda Berlín está recosida con otros leves indicios que recuerdan el sufrimiento humano. A veces cuesta verlos; por ejemplo, las placas de metal en el suelo (estas no sobresalen) que recuerdan la pétrea barrera del Muro y que ahora cruzas sin ni darte cuenta; o discretísimos detalles sobre las placas del nombre de las calles que recuerdan diferentes aspectos del Muro.

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El Estado español es el segundo país del mundo con el número de cadáveres más elevado en sus cunetas (triste récord, especialmente si se tiene en cuenta que el primero es Camboya), pero los partidos y gobiernos de derecha se niegan obsesivamente a realizar un ejercicio de memoria histórica, de restitución. Para no abrir heridas, dicen. Berlín es toda una lección y un ejemplo de cómo suturarlas, de intentar aplicar algún tipo de bálsamo o, al menos, de rendir homenaje a quienes tanto sufrieron.