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El síndrome de Flaubert

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Apasionadamente convencido, Flaubert proclamó que madame Bovary era él; Mariano Rajoy con un poco menos de pasión y empuje -cuestión de talante-, con unos ojos cada vez más en fuga escondidos detrás de unos cristales que sorprende que no lleve ahumados como los de su colega y correligionario Fabra, ha afirmado que el Estado de derecho es él. Descomunal (por no decir «colosal», palabra que le es especialmente grata), la equiparación entre Estado y él. Supongo que lo espetó en pleno uso del sentido común que tanto se vanagloria de poseer o quizás imbuido de la lógica de hacer las cosas como Dios manda por la que se pierde.

De hecho, una memez más en la escalada de despropósitos, que no por serlo son menos peligrosos e inicuos. La prensa se ha hecho eco de la utilización de una expresión realmente disparatada por parte de al menos dos partidos políticos, el PP y el PSOE. En efecto, a la que se actúa para que den alguna explicación y asuman responsabilidades por los casos de pestilente corrupción en que están sumidos, han intentado hacerse pasar por víctimas y, lloriqueando, han soltado que se ha desatado en su contra una Causa General. ¿Saben lo que están diciendo? ¿Tienen idea de que la Causa General fue una herramienta de represión despiadada desde un poder ilegítimo, concretamente el franquismo, contra un Gobierno legalmente constituido, la II República? ¿Son conscientes de que ni durante la Transición ni después, para vergüenza nuestra, ha habido ninguna investigación imparcial que dignificara a las víctimas? Sorprende, además, la incoherencia del PP dado que la presenta como una especie de santa Inquisición cuando siempre y sistemáticamente se ha negado a condenar el franquismo. Otra equiparación, pues, de gran enjundia.

Este caso liga con la alarmante tendencia a equiparar posturas ideológicas contrarias con un vomitivo despropósito. Es ya un lugar común tachar el independentismo o el soberanismo de nazismo, yo misma he hablado de ello. El PP y el PSOE lo han practicado ampliamente (y por desgracia otras instancias, incluidos medios de comunicación). En este caso, sin embargo, tan incoherente es el uno como el otro. El pasado mes de mayo, Llanos de Luna del PP homenajeó a la División Azul; unos años antes, en 2004, uno de los hombres fuertes del PSOE, Bono (no he entendido jamás la bula que parece que tiene respecto a sus responsabilidades con el gasto público en la Comunidad que presidió a lo largo de sus holgadas y continuadas mayorías absolutas) hizo desfilar a miembros de la tal División con el delirante argumento de que al fin y al cabo eran españoles. En resumen, teniendo en cuenta que la División Azul luchó hombro con hombro con los cuerpos nazis, es decir, actuó a favor de Hitler, y tal cosa no les parece execrable sino digna de homenaje, deberían abstenerse, por poco sentido de la congruencia que tuviesen, de utilizar tal palabra como insulto. Porque las cuestiones de lengua no son meras maneras de decir. Importan y mucho: crean orden simbólico.