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Feministas, analfabetas y radicalmente locas

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Foto: EFE

Este artículo también está disponible en catalán

Nos dijeron que estábamos locas de remate, que éramos feministas radicales (¡menuda redundancia!), que éramos unas analfabetas y lindezas mucho peores, porque en su día dijimos que una expresión como «el ministro» o «el abogado» no servían para referirse a una ministra o a una abogada; tenía lógica que fueran masculinas, puesto que cuando se crearon no había ni ministras ni abogadas (prohibieron que las hubiese).

Se nos tildaba de absolutamente perturbadas, de feministas, de analfabetas, incluso de retrasadas, porque éramos incapaces, decían, de entender que la palabra «ministro» se refería a un cargo y no a un hombre, y añadían que el masculino nada tenía que ver con «el sexo del referente», galimatías que ni siquiera comprendía la gente -de natural muy sensata- que tiene la fortuna de no ser lingüista.

Empezamos a sonreír cuando al cabo de un tiempo, la Academia -después de contratar a algunas de nosotras (chifladas, feministas y analfabetas) para que revisáramos los sesgos ideológicos del diccionario, entre ellos el sexismo-, modificó una gran parte de denominaciones de profesiones, eliminando un habitual inicio masculino como «El que...», para sustituirlo por «Persona que...». Prueba evidente de que las profesionales ya no les cabían en el masculino.

Cuando Angela Merkel ganó las primeras elecciones, la Academia dictaminó (con oposición en sus filas) que la única manera correcta de referirse a ella era llamándola «la canciller». Sonreímos a pesar de que ello contravenía las reglas de formación de femeninos y masculinos (lo prueba que la prensa se refiera a ella en bastantes ocasiones con la palabra «cancillera»), sonreímos, pues, porque ya ni se les ocurrió postular que lo correcto era llamarla «el canciller». Memoria de pez. Ni que decir tiene que no consideramos que la Academia hubiera enloquecido, hubiese abrazado el feminismo más radical o devenido analfabeta.

Nos llamaron trastornadas, feministas y analfabetas porque proponíamos dobles formas, sin caer en la cuenta que se han utilizado siempre.

Nos llamaron trastornadas, feministas y analfabetas porque proponíamos dobles formas, sin caer en la cuenta que se han utilizado siempre, que no sólo monumentos como el Poema del Cid las usan, sino que el propio diccionario de la Academia tira de ellas cuando piensa en las mujeres.

brujería. 1. f. Conjunto de prácticas mágicas o supersticiosas que ejercen los brujos y las brujas.

payés, sa. 1. m. y f. Campesino o campesina de Cataluña o de las islas Baleares.

abdomen. 5. m. Vientre del hombre o de la mujer, en especial cuando es prominente.

Allá ella, una Academia que sólo percibe o menciona a las mujeres cuando son brujas, campesinas o están gordas.

Sonreímos cuando leemos el título de un reciente artículo: «Los académicos y las académicas discuten sobre sexismo lingüístico», y no sólo porque nos regocijamos con esta prueba del goteo ya imparable de académicas en el seno de una Academia que en su momento no «vio» a la gran María Moliner (difícil imaginar a nadie capaz de darle más lustre y esplendor), sino porque en la Academia se discute sobre cuestiones de lengua propias, poquísimos años antes, sólo de chaladas, feministas y analfabetas. Sonreímos cuando vemos replicado el título (con un sutil cambio de orden) en otro artículo, «Las académicas y los académicos». Como sonreímos el día que leímos formas dobles en un célebre y promocionado informe pensado y escrito justamente con la intención de combatirlas; un botón de muestra:

«Intuyo que somos muchos -y muchas- los que pensamos». O cuando las vimos en escritos de otros ilustrísimos detractores. Tan solo un ejemplo por barbilla.

«Presidentes y presidentas, ministros, alcaldes, secretarios y subsecretarios, deportistas, artistas y hasta el rey, si no me equivoco, dejaron de lado sus quehaceres».

«los cómplices que se apuntan por el qué dirán, la gente de buena voluntad desorientada por los golfos -y golfas, seamos paritarios- que lo convierten todo en negocio subvencionado [...] Pero aún puede ser peor. ¿Y si se trata de un disminuido o disminuida físico o física?»

Como sonreímos cada vez que excluyen (o esconden en una sección remota) un artículo nuestro en los saraos que suelen montar para jalearse mutuamente en la prensa cuando se abre una polémica sobre estas lides. Como sonreímos cuando algún docto académico nos consulta en secreto sobre la «cuestión del género». Como sonreímos cuando alguna editorial no publica algún libro nuestro por no «incomodar» a la Academia.

Arrierras (aunque parecía imposible lograrlo, la palabra se introdujo en el DRAE 2001) somos, y seguiremos sonriendo, más locas de atar, más feministas y más analfabetas que nunca.