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Impresiones del 11 de septiembre

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Este artículo también está disponible en catalán

1. Pre-manifestación

La gente que suele ir a las manifestaciones del 11 de septiembre de los últimos años tiene tácticas propias. Por ejemplo, en esta ocasión hay gente que no pensaba ir pero se ha apuntado para hacer bulto, para que la contaran. La hay, en cambio, que no se apuntó aunque tenía previsto acudir para que de este modo las previsiones quedaran superadas. No sé si con ello se consigue que al final los números cuadren.

2. Hacia la manifestación

La gente que se lo pasa mejor es la que va en moto, banderas diversas al viento, el claxon a toda máquina. Para ir, tomo el bus (a ver hasta dónde me acerca). En la parada hay un grupito heterogéneo de gente, dos parejas mayores, dos o tres pandillas. Me fijo en la tienda paquistaní que hay delante de la parada, como las tiendas chinas, todo un testimonio de la vitalidad del independentismo: toda la entrada está llena de estelades.

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Al bus le cuesta llegar y va bastante lleno. Me impresiona ver que soy la única persona (anciana o no) que entra por una de las dos puertas destinadas a salir, y no por la reglamentaria. La gente entra por donde toca y paga religiosamente (lo siento, pero hay demasiada gente para ir hasta la máquina y renuncio a pagar), hay gente que no puede entrar en el bus, pero no se queja. No sé si todo esto quiere decir nada.

3. En la manifestación

Me acerco a la sección feminista. Las sospechosas habituales. Una auténtica multitud suda bajo un sol de justicia. Voluntarias y voluntarios ayudan como pueden y reparten puntos; este año, es un gran círculo que, a lo que más se parece es a un huevo frito. La gente se construye ingeniosos sombreros para cubrirse la cabeza. Castelleres y castellers levantan columnas en una cacofonía de músicas diversas. Como siempre, la gente no sabe qué tiene que hacer, cuándo tiene que levantar el punto, si tiene que gritar o que cantar, nadie presta demasiada atención a los parlamentos (ni rastro de gente con pinta de Corea del Norte). Todo el mundo va un poco a su aire y también, como siempre, no hay gritos en contra de nada. Ni siquiera se comentan desatinos como el último del ministro Margalló.

4. Camisetas

La gente es realmente diversa. De entrada, ideológicamente: hay independentistas, hay soberanistas, hay catalanistas, se oye hablar catalán y castellano, hay gente que va, sobre todo, porque ama su lengua..., hay gente que no entiende que el 11 de septiembre se pueda celebrar de otra forma que no sea yendo a «la» manifestación; un poco como si fuera el día de Sant Jordi, cuando todos los libros y todas las rosas esperan en la calle. Hay gente joven, adolescentes, personas mayores, criaturas...; familias en diverso grado de estructuración; grupos de instituto; de asociaciones; parejas homosexuales y heterosexuales; muchos carritos de bebé y muchas sillas de ruedas, algunas muletas. De todo. Hay señoras elegantísimas (y señores) que se ve a la legua que es el único día del año en que se embuten en una camiseta.

Tras cuatro grandes 11 de septiembre, las camisetas son muy diversas. Como la de este año es básicamente blanca, mucha gente se reparte en un auténtico muestrario de camisetas y camisas claras: color de vainilla pálida, celestes...; se ven muchas camisetas de convocatorias anteriores, especialmente de la última, que también era clarita, y de las del Barça cuando la segunda equipación era una bandera catalana. Nada más lejos de la uniformidad (sigo sin ver gente de Corea de Norte).

5. Números post-manifestación

La Assemblea Nacional Catalana habla de un millón de personas; la Guardia Urbana, de ochocientas mil, con especial éxito en Salt y en Berga donde, en lógica correspondencia con lo que sucede cuando se vota, la afluencia ha sido espectacular.

Más allá de las absurdas guerras de números, lo realmente impresionante es que un año más la manifestación ha sido pacífica, alegre, festiva, en cierto sentido tranquila. Ningún incidente, ni un cristal roto.

Y otra vez se ha mostrado que Cataluña debe de ser uno de los únicos países del mundo donde la totalidad de la gente que vota una determinada opción (con los matices que sea), se planta también en la manifestación.