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"Joder con el puto catalán"

08/08/2015 10:05 CEST | Actualizado 08/08/2016 11:12 CEST

Este texto también está disponible en catalán

Suena el teléfono. A pesar de que es un número oculto, contesto. Error. Al otro extremo del hilo, un hombre me dice que tienen que pasar por casa para entregarme una carta. Le pregunto de qué compañía, y si la pueden dejar en el buzón. Dice que es de la Central de gas de Barcelona y que no, que antes deben pasar para revisar la instalación. Me imagino que es una de esas estafas de baja intensidad pero de gran alcance de las compañías de energía. Mantenemos una breve conversación. Le digo que me extraña el procedimiento y cuando le estoy diciendo que no me consta la existencia de la tal Central de gas no me deja terminar, cuelga tras espetarme un ofensivo: «Joder con el puto catalán». En efecto, él hablaba en castellano y yo en catalán; situación frecuente en Cataluña entre personas que saben las dos lenguas (habitualmente si alguien se pasa a la otra lengua es porque abandona el catalán; lo que en lingüística se conoce como «cortesía unilateral»). Él sabía catalán, tradujo sin dudar mi «bústia» por «buzón». No me pidió tampoco en ningún momento si podía cambiar de lengua.

Ahora bien, peor fue escuchar, a finales de junio en el debate de investidura que proclamó presidente de la Generalitat a Ximo Puig, cómo la portavoz de Ciudadanos en las Corts Valencianes, Carolina Punset, hacía un discurso que dividía estrafalariamente las lenguas entre universales y locales o aldeanas; entre lenguas que sirven para buscar trabajo y lenguas que se ve que son inútiles para este noble menester.

Ni una palabra de los miles y miles de familias que, año tras año, se quedan sin enseñanza en valenciano, puesto que a pesar de la mucha e insistente demanda no se abren líneas en esta lengua. Ni una palabra tampoco respecto a que, por ejemplo en Cataluña, año tras año, en las PAU la nota de Lengua y Literatura Castellana supera a la de Lengua y Literatura Catalana. O que, después de treinta años de inmersión lingüística, todos los datos muestran que el alumnado que termina la escolarización obligatoria tiene una buena competencia en ambas lenguas. O que, analizados un grupo escolarizado en castellano y que sólo tenía el catalán como asignatura y otro que practicaba la inmersión lingüística, se constató que el conocimiento del castellano era parejo, pero, en cambio, el conocimiento del catalán era bastante más bajo en el grupo que sólo lo aprendía como asignatura.

O mentiras premeditadas propias de un partido, Ciudadanos, que nació exclusivamente contra la inmersión en lenguas que no sean el castellano y que, por tanto, por razones estrictamente de ideología política, afirma, por ejemplo, el despropósito de que donde se hace inmersión, uno se forma en una sola lengua. O la tontería de decir que, respecto a las lenguas, el saber sí ocupa lugar, y el conocer una lengua resta espacio a otra. Por otra parte, la ciencia dice que el conocimiento y las habilidades que se adquieren cuando se dominan dos lenguas son mucho mayores que si se aprende sólo una: más flexibilidad cognitiva, más facilidad para el pensamiento divergente, más conciencia metalingüística, entre otras cosas. Cuando una persona domina varias lenguas, le es mucho más fácil aprender otra.

En su intervención, Punset usó el castellano para postular que el valenciano es un bien cultural que se tiene que proteger y aprender de forma proporcionada (?). Táctica típica y clásica, la misma del PP, cuando dice que defiende el valenciano: no es cuestión de dar ideas, no sea que alguien pudiera pensar que el valenciano es una lengua universal o, como mínimo, normal. Punset desmintió que lo fuera, evitando cuidadosamente su uso y utilizando una universal; la misma que, a pesar de su universalidad, consigue que Zapatero y Rajoy (partidarios acérrimos de las virtudes del monolingüismo) vaguen en soledad cósmica por el espacio sideral cuando acuden a las reuniones de la Comunidad Europea. Punset afirmó también que el valenciano es una lengua entrañable. Cuando alguien utiliza un adjetivo como éste para definir una lengua, -especialmente si no es la suya, especialmente si es la mía-, me pongo a temblar.

A mediados de julio, con motivo de no sé qué efeméride de la Wikipedia, los informativos de la Sexta se llenan la boca y se hinchan de orgullo hablando de la vitalidad que en ella muestra el castellano. Puesto que es una cadena televisiva con voluntad y pretensión estatal, pienso que han dejaron escapar una oportunidad de oro para sacar pecho y explicar a continuación que el catalán --a pesar de su aparente pequeñez-- es la decimoséptima lengua con más artículos en números absolutos en Wikipedia (450.000 a principios de 2015). De hecho, la primera lengua que colgó un artículo en la enciclopedia electrónica después del inglés fue el catalán. Para ser una lengua tan y tan aldeana, no está nada mal.

Leo un artículo de Antonio Muñoz Molina en Babelia sobre novela negra, y de pronto dice: «En España casi todas las novelas de Chandler las publicaba Barral». Como lectora del género, su afirmación me es absolutamente ajena, no puedo sentirme menos identificada: cuando era casi todavía una niña, conocí a Chandler y a la mayor parte de novelistas de serie negra, incluidas no sólo Highsmith, sino también, entre otras, a la estupenda Millar, en la benemérita y entrañable colección «La cua de palla», iniciada en 1963. El autor presenta a la parte por el todo. A menos que crea que Cataluña (y el catalán y su literatura) no forme parte del Estado español, o sea que piense que Cataluña se ha independizado. Como me consta que no lo cree, no tengo más remedio que lamentar la torpe, por excluyente y equívoca, redacción de un párrafo fácilmente subsanable: «En castellano (o español) casi todas las novelas de Chandler...».

Entre la aversión y el odio, la no valoración y el ninguneo, ¿qué terreno le queda al aldeano?