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Juegos Olímpicos y cuotas

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Los Juegos Olímpicos, ¿quién podría dudarlo?, son un gran espectáculo en muchos sentidos y una potente arma (no se me ocurre otra palabra más precisa) de propaganda.

De todos modos, no todo se distribuye a partes iguales. Para poner un ejemplo, las sonrisas. Una primera aproximación son las sonrisas de las profesionales uniformadas que, diligentes y disciplinadas, se encargan de dirigir a deportistas de un sitio a otro o a conducir a dóciles dirigentes a colgar medallas de los respectivos cuellos. Una segunda, son las sonrisas a que se ven forzadas las gimnastas y no solamente las de la rítmica, sino también, las que interactúan con anillas, barras fijas y otros potros de tortura. A los hombres (a los «chicos», tendría que decir si aplicase de manera igualitaria la jerga olímpica) no se les exige para puntuarlos en la disciplina. Una tercera prueba puede verse en las deportistas que se dedican a la durísima, áspera y milimétrica disciplina de lo que en este momento se conoce como natación sincronizada. Sonríen todo el rato, sonríen también sin parar mientras compiten (al menos mientras están fuera del agua), sonríen en los momentos más difíciles y agotadores. Su sonrisa es una mueca tenacísima, una máscara feroz, un rictus de hipotética y dolorosa victoria, que trasluce todo, o casi totalmente, el titánico esfuerzo que realizan; a todo ello hay que sumarle la pinza en las nariz que muchas visten y que les da a veces aspecto de extraterrestres. Claro que siempre es preferible una sonrisa -por forzada que sea- a las intimidantes muecas y variados mohines de macho alfa con los que se solaza Usain Bolt siempre que tiene la ocasión; de todas maneras, hay que agradecer que se dedique a correr y no a jugar a la bolsa con nuestros dineritos (es leyenda que entre los que se dedican a ello, la mayor parte son alfas).

También podría hablar -porque tiene que ver con lo anterior- de la calidad del maquillaje que usan, resistentísimo al embate del agua. Y esto nos llevaría a los extraños y aparentemente incómodos uniformes que calzan. Vestimentas que alcanzan el paroxismo en las jovencísimas y diminutas gimnastas. (Supongo que mi vena puritana es la que provoca que no pueda evitar una sensación de angustia y embarazo cuando las miro, especialmente cuando veo a las que recién han abandonado la infancia).

Tampoco va a partes iguales la atención de las cámaras. Si lo miramos a gran escala, un estudio del Reino Unido concluyó, por ejemplo, que en general los deportes femeninos sólo tienen el 5% de cobertura mediática. Si vamos al detalle, es fácil ver que los medios no se fijan en lo mismo -ya se trate de atletismo, ya sea en la natación- si enfocan a mujeres o a hombres.

Así, un aspecto interesante de los Juegos es fijarse en el progreso de las técnicas más o menos textiles, en las prendas deportivas, porque por poca ropa que lleven, dice muchas cosas. Muchos corredores y no pocas corredoras lucían realmente espectaculares a base de peinados muy elaborados, gafas aerodinámicas y fascinantes, cadenas de oro de mayor o menor calibre colgadas del cuello y un sinfín de anillos y otras joyas, pero sólo merecían un plano, un enfoque específico o de detalle -que se pinchara la imagen, en definitiva- si alguno de estos accesorios lo llevaba una mujer (una atleta, una corredora). En la natación, la cosa es más difícil porque el vestuario se limita a bañador, gorra y gafas. Entonces la cámara se dedicaba con fruición a las uñas de las nadadoras: a los lunares, a las rayas, a las que lucían la banderita respectiva. Uñas que dejaban clarito que vale, que quizás sí que eran unas bestias de la velocidad y las brazadas, pero que también eran mujeres. Las cutículas como depositarias y testimonios de la feminidad.

Los recursos y posibles tampoco se repartieron de la misma manera. Por ejemplo, el equipo de fútbol masculino japonés viajó en primera clase y el femenino -que de los dos era justamente el que defendía el título de campeonas mundiales- viajó en turista. Australia aplicó la misma asignación y criterio no solamente para los equipos de fútbol sino también para los de baloncesto, a pesar de que las deportistas han ganado más medallas que los hombres.

Algo parecido acaeció con la representación española. De unas trescientas personas seleccionadas, sólo una tercera parte eran mujeres. Si no me equivoco, de las diecisiete medallas que en total ganó la delegación, once las ganaron las mujeres y sólo seis los hombres. Espero como agua de mayo los estudios económicos que expliquen cuánto costó una medalla femenina y cuánto una masculina. Y que alguien explique las razones de por qué una cuota masculina tan exagerada, justamente en un país y en una sociedad donde las cuotas están tan mal vistas.

Este artículo está disponible también en catalán.