Eulàlia Lledó Cunill

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La máscara de carne

Publicado: 24/09/2013 07:01

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Semanas después de la magnífica Tomboy (2011) de la directora francesa Céline Sciamma, tuve la oportunidad de ver Laurence Anyways (2012), del realizador canadiense Xavier Dolan; me parece que duró poco en la cartelera de Barcelona a pesar de ser un film espléndido. Que yo sepa el largometraje y el corto anteriores de Sciamma no se han estrenado aquí, tampoco, creo, las otras dos películas de Dolan, la primera de sugestivo título: J'ai tué ma mère (2009), en la cual, además, actúa.

Si Tomboy dibujaba la complejidad de la aceptación (o no) de la propia identidad sexual por parte de un niña o, en todo caso, el desconcierto de habitar un cuerpo cambiante que no entiende ni le gusta, Laurence Anyway presenta un protagonista ya adulto, un hombre aparentemente hecho y derecho, que finalmente se decide, visto el malestar cada vez más insoportable que le supone vivir en un cuerpo de hombre, a cambiarlo por uno de mujer le cueste lo que le cueste, al precio que sea (esta metamorfosis no implica un cambio en la orientación sexual: le siguen gustando las mujeres). Destacaré dos detalles del primer tramo de la película, por un lado, la tensa pero atenta aceptación de toda el aula en el momento en que ven a su profesor convertido en una incipiente profesora: cuando, al ver las caras que ponen empieza a derrumbarse, la pregunta que le hacen es sobre literatura y no sobre ella/él, y por otro, la más que tensa, violenta, reunión en que le despiden del trabajo. Laurence Anyway es también una difícil, compleja y apasionada historia de amor; un film que destaca por su original textura y ritmo, por ejemplo, a la hora de presentar los estados de ánimos de los personajes; por el uso del color; por la belleza que despliega que implica a casi todos los sentidos de quien la mira; por la música.

Cerré el círculo no en una sala de cine comercial sino en uno de los bienaventurados festivales de cine de Barcelona, gracias a la 18 ª edición de Fire! (este año tuvo lugar durante la primera quincena de julio) con el estreno de I stand corrected, también de 2012, de Andrea Meyerson. El documental relata con pelos y señales un cambio de sexo bien real, paralelo, pues, al que presenta como ficción Laurence Anyway. La directora expone con todo detalle y desde diferentes puntos de vista el cambio de sexo de un prestigioso contrabajista de jazz, John Leithman, ahora Jennifer Leithman. La protagonista es fastuosa, explica muy bien lo que le pasa, lo que siente, por qué hace lo que hace y el gozo y los placeres del cambio, sin embargo ni lo embellece ni disimula ningún dolor: las miserias de una seria operación que, además, fue mal, la discriminación laboral una vez convertida en música (debe ser esto: porque tocar, toca al menos tan bien como antes), la extrema tristeza de perder la pareja, una mujer, según Leithman, homofóbica, ya que no pudo soportar que se convirtiera declaradamente en mujer (en la intimidad ya lo era), porque eso transmutaba a su pareja en lesbiana (que, en realidad, era lo que más se acercaba a la relación que tenían). Emociona oírle contar que por un problema de la operación y porque las hormonas le han quitado fuerza, ahora toca de pie y como ello, además de la mayor sensibilidad que tiene en las manos (como los pies, igual de enormes que cuando era hombre) ha hecho variar su música. Explica la relación con la familia, hace especial hincapié en el importante vínculo con la madre; una vez más hay un nítido paralelismo con Laurence Anyway. Conmociona la certeza que tenía de que si cantaba descubrirían que era una mujer porque el alma queda al descubierto y por eso dejó de hacerlo; como la maravillaba que un tipo de mujer, sólo verle, sabía que, en efecto, era una mujer. Por fin, además, nos topamos con una transexual que no considera que convertirse en mujer implique tener una gestualidad y hacer unos aspavientos que las mujeres no suelen mostrar nunca ni, por otra parte, montarse en unos tacones de aguja hirientes.

Dos documentos impagables para aproximarse al horror que debe ser esto de sentirse aprisionada dentro de un cuerpo equivocado, hasta el punto de emprender largos y penosos caminos sin retorno, en muchos casos a través de dolorosísimas, desde todos los punto de vista, cirugías, de someterse a cambios de una envergadura insondable (el documental Gendernauts (1999) de Monika Treut, que se vio en Barcelona, creo que el mismo año que se realizó, gracias a la benemérita Mostra de films de dones, es también un documento impagable).

Hay un momento del documental en que un músico explica que ser homosexual es un juego si se compara con la magnitud de lo que debe ser sentirse dentro de un cuerpo equivocado, saberse del otro sexo. Las tres películas son fascinantes --como oír la voz de Andreas Scholl cantando, por ejemplo, el Stabat Mater de Vivaldi-- porque dejan entrever la complejidad, la fuerza y la inexorabilidad de la transexualidad más que no hacértela entender: es una cuestión de sentirlo o no sentirlo, sólo debes poder comprenderlo realmente si te pasa, si se te encarna. Te llenan de interrogantes: ¿cómo debe ser sentirse del sexo contrario? ¿Cuáles son los mecanismos que hacen que una niña como la de Tomboy se decante por aceptar su cuerpo o, por el contrario, cada vez le sea más insoportable hasta el punto de verse impelida a cambiarlo?

 
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