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La sagrada familia

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Este artículo está también disponible en catalán.

Quizá sea una resaca tardía de tanta pavo trufado y alfajores, quizá sea la alegría de haber sobrevivido a esa implacable época del año en que la gente normal (si es que existe) se ve obligada a hacer cosas que no tiene ningunas ganas de hacer y la gente rara es más rara que nunca.

O quizás es una reminiscencia de aquella magnífica viñeta de Quino en que Miguelito, un personaje de la entrañable y universal Mafalda, al ver un cartel que dice más o menos: «La familia es la base de la sociedad», exclama: «¿La de quién? La mía no tiene ninguna culpa». Mucho me temo, sin embargo, que, detrás de todo, quizá resuena aquel siniestro, abstruso e incomprensible capítulo de una lección que se impartía en la asignatura Formación del Espíritu Nacional: «La familia unidad de destino en lo universal», con que nos trataron de adiestrar de pequeñas en la escuela (en un tiempo -aunque haya quien lo niegue- en que el catalán estaba absolutamente prohibido en la escuela; puedo dar fe). Lo cierto es que hace ya un tiempo que me fijo que la palabra «familia» está desplazando palabras como «gente», «personas», «habitantes», «hogares»..., en diferentes contextos, sobre todo el político. Especialmente provenientes de la derecha, cada día pueden oírse más declaraciones a favor de la familia (otra cosa es que hagan nada).

Hace unas semanas pude leer un artículo en el que la política Sánchez-Camacho pedía que las subvenciones ideológicas (quiera lo que quiera decir eso) fueran a las familias. ¿Y qué pasa si no eres una familia? ¿No tienes derecho a la posible subvención? La noticia aprovechaba la ocasión para recordar que el PP recuperaba así una de sus banderas: la defensa de la familia como «núcleo fundamental». ¿Como destino en lo universal? Ay, ay, ay.

Un mes antes, había tropezado con una noticia que insistía e insistía en esta estructura. En el título ya se podía observar: "El Superior vasco pide soluciones a las familias 'sobreendeudadas". También se hablaba en el artículo de la recepción positiva que había tenido la iniciativa del Ejecutivo vasco de crear un servicio de ayuda al sobreendeudamiento familiar. ¿Por qué no, por ejemplo, servicio de ayuda al sobreendeudamiento «personal» en vez de «familiar»? ¿Hay que ser una familia para merecer o tener derecho a la ayuda? ¿Qué características debe tener una familia?

Días antes de las declaraciones de Sánchez-Camacho, un correligionario suyo afirmó que ninguna familia de buena fe podía quedarse sin techo por culpa de la crisis. No especificaba cómo actuar con las familias de mala fe (si es que una familia entera puede tener uniformemente esta característica y creo que esto pone de manifiesto alguna de las carencias de la palabra en cuestión), tampoco proponía qué hacer para la gente que no constituyera una familia. Tan interiorizada tiene el PP esta idea que ha promovido un grupo de trabajo para ayudar a las familias en riesgo de desahucio y no simplemente para socorrer a cualquier persona que sufra este riesgo. Tan enamorado está de la familia (mucho me temo que piensa que hay un único modelo) que a la primera oportunidad muestra una alarmante tendencia a convertir los institutos en favor de la igualdad en institutos a favor de la «familia e igualdad». Y, como bien sabemos, los cambios en las denominaciones no son nunca inocentes.

Algún artículo pone de manifiesto que a veces simplemente se confunde familia con hogar. Así, detrás de este titular: "Las familias españolas reducen la compra de comida por falta de dinero", se analiza lo que se gasta en las casas a través de una encuesta a doce mil hogares. Vete a saber quién vive en cada una de estas casas, si una familia, un soltero, una mujer o quién.

Llama la atención que asociaciones que se han creado para luchar contra la codicia miserable y sanguinaria de los bancos, concretamente para evitar los desahucios, se llamen, por ejemplo, Plataforma de Afectados por la Hipoteca o Plataforma Stop Desahucios. Como si hubieran querido compensar tanta familia; para reivindicar también los derechos de quien no tiene esta red.

Y llegamos al final. Pasaré de puntillas por una carta semanal del obispo de Córdoba, ni siquiera pondremos la referencia porque no vale la pena gastar ni un minuto en leer tanta despiadada inmundicia, errores e ignorancia de una magnitud colosal, una sarta de sandeces tan grande. Citaré, sin embargo, el final porque religa el énfasis de tanta derecha con un cierto modelo de familia, con la reconsagrada familia: "Dios quiere el bien del hombre, y por eso ha inventado la familia". Acabáramos.