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Machismo y nueva política

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Foto: EFE

Último alarde sexista de Pablo Iglesias: «Me impresiona e incluso me acojona pasar de ser partisanos a ejército regular». Deberán, pues, tomar el mando de la política ellas, puesto que no hay peligro de que sufran tal trastorno fisiológico. Es posible, además, que no nos asusten comparándose con «partisanas» o «ejércitos regulares». (Mientras, para no perder ripio, su correligionario Íñigo Errejón decía: «[Podemos] Será menos sexy pero dará menos miedo a quienes miran con miedo el cambio». ¿Qué debe entender por «sexy»?)

El machismo de Iglesias concuerda a la perfección con el que mostró en el inicio de un programa conducido por Jordi Évole donde mantenía un largo diálogo con Albert Rivera. Iglesias se quejaba de la pérdida de vida privada que conlleva la popularidad y para definir esta penosa desgracia eligió nada menos que la palabra «coñazo». Hay gente que dice que esto es una manera de hablar transgresora. Menuda transgresión la que va a favor del poder y no cuestiona el statu quo, la que exalta los atributos masculinos y denigra los femeninos. Machismo del más casposo y grosero.

No es extraño, se corresponde con su ideología. Recuerdo a un Pablo Iglesias irritadísimo e iracundo por unas, a su entender, molestas preguntas de la periodista Ana Romero del diario El Español. En vez de responderlas, le espetó literalmente: «Precioso abrigo de pieles el que trae usted».

(No dijo «Precioso abrigo el que trae usted», que es lo que habría dicho cualquiera que hubiera querido simplemente elogiar el abrigo. No, menciona que es de piel para que se vea claramente hasta qué punto es una burguesona su propietaria, sin darse cuenta de que está haciendo un canto a matar animales y a despellejarlos para hacer preciosos y admirados abrigos.)

Volvamos al caso. Además de no contestar a las pertinentes preguntas, Iglesias ataca a una mujer no por lo que piensa o hace, por su ideología, sino por un aspecto relacionado con su apariencia física. Uno de los recursos más tópicos, mezquinos y primarios del machismo. Como a Iglesias se le ha pegado la manera de presentarse de los partidos de la casta, lo dijo rodeado de una guardia de corps y la escena fue tremenda. Errejón fue el único hombre que aguantó el tipo y que mantuvo una actitud educada sin celebrar la pretendida gracia de Iglesias.

No hay nada que se parezca más a un machista de derechas que un machista de izquierdas.

Lo más triste y desmoralizador fue observar cómo le reían el machismo las tres militantes que comparecían con él. Tres políticas que han sufrido, sufren y sufrirán en sus cuerpos y en sus abrigos este tipo de maltrato. Especialmente dos de las tres, ya que Carolina Bescansa, quizá por talante, se limitó a asentir sonriendo levemente. Hay dos explicaciones para su comportamiento y no sé cuál es peor: o hacían la pelota al líder o tienen el sexismo enraizado hasta el tuétano.

Por si fuera poco, llegó lo peor. Cuando en la radio la periodista Pepa Bueno le pide cuentas de sus palabras y comportamiento, Iglesias, en vez de aprovechar la ocasión para rectificar, lo acaba de estropear diciendo una tontería que reiteró posteriormente:

«No pensaba en ningún caso ofender a esta periodista elogiando un abrigo muy bonito que llevaba, si la ofendí le ruego que me disculpe. No pretendía hacerlo en ningún caso y creo que de cualquier manera lo fundamental de aquella rueda prensa fue que hicimos una propuesta de gobierno.»

En primer lugar, otro traguito de cinismo: parece que si Ana Romero se siente insultada por el comentario, el problema sea suyo, que sea ella quien tiene el capricho de ofenderse, que no tenga que ver con el hecho de que él la ha insultado o despreciado. En segundo lugar, un traguito de soberbia, puesto que intenta esquivar la pregunta de Bueno: en aquel momento, la periodista no le estaba hablando de la propuesta de gobierno, por fundamental que fuera, sino del abrigo. Una manera de despistar en la línea del más puro y genuino Mariano Rajoy cuando espetó --casualmente también a una periodista-- que llovía en vez de contestar a la pregunta que le hacía.

A continuación se enzarzó en una disquisición sobre si era mejor hacer comentarios sobre abrigos que sobre piojos (a raíz de un comentario de Celia Villalobos sobre las rastas de un diputado de Podemos).

En realidad, por molestos que sean los piojos y difícil librarse de sus liendres, no dejan de ser unos bichitos que se pasean y deambulan por «el exterior» de la cabeza. Es mucho más difícil erradicar una idea --un tópico machista-- incrustada como una miserable y persistente liendre en las neuronas. Esto explica quizás la reluctancia a no reconocer el error ni a retirar el comentario machista, gesto que parece bastante más fácil que rectificar sobre la conveniencia o no del referéndum en Cataluña.

Por otra parte, liga perfectamente con la ofensiva actitud de Iglesias denunciada por una política del PP que explica que, cuando Iglesias era su profesor, tuvo que soportar comentarios como: «¡A ver tú, la de las perlas!», o ver cómo se dirigía a otra alumna con un: «¡A ver tú, rubita!». Con un diminutivo, otro clásico machista para referirse a las mujeres. No me imagino a Iglesias dirigiéndose a un chico así: «¡A ver tú, el de la corbata!», o a otro con un: «¡A ver tú, morenito!».

Y es que no hay nada que se parezca más a un machista de derechas que un machista de izquierdas.