Eulàlia Lledó Cunill

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Por tierra, mar y aire

Publicado: 19/10/2013 10:00

Este artículo también está disponible en catalán.


No puede ser casualidad que hayan coincidido los seismos de las tierras del Ebro con el estreno de la película Gravity (2013). En el primer caso, la desgracia, la intervención humana, ha sido subterránea. Sin vergüenza, de manera tan inicua como abyecta, la compañía Castor (por cierto, ¿se ha preocupado la prensa de informar a quién pertenece? ¿quién tiene la mayor parte de la participación?) ha provocado una ristra de terremotos sin ningún respeto por la vida humana, ni por la seguridad y la dignidad de una población que ve que su tierra sólo es vista y tenida en cuenta para destrozarla y aprovecharse de ella; por citar sólo un detalle, el delirio recurrente del trasvase del Ebro, es decir, en un delta que está en regresión, lo que invalida incluso la discusión: sería terminar de matarlo.

En el segundo caso, en Gravity, a través de las peripecias de la doctora Ryan Stone interpretada por una incombustible e insumergible Sandra Bullock, muy bien secundada por un entrañable George Clooney que no para de contar batallitas, explica la desfachatez con la que algunos gobiernos llenan de chatarra, polución y suciedad ese cielo que desde aquí abajo parece tan azul y tan limpio, sin calcular ninguna consecuencia, sin tener en cuenta que el cielo no es suyo. Con total olvido que un día puede desplomarse encima de nuestras cabezas. Dos catástrofes paralelas no naturales sino inducidas.

Y lo que ha ido pasando después pone la piel de gallina más que los mismos terremotos. Lo que hemos ido sabiendo, estremece. Apunto algunos detalles.

Bastantes años antes de conceder el permiso para llenar el depósito, el Gobierno desestimó la petición de la Generalitat de hacer un informe sísmico; que no fuera preceptivo no quiere decir que no fuera necesario como se ha podido comprobar. Pese a que el Gobierno central en 2007 validó el proyecto --avalado por el Instituto Geológico y Minero de España--, el Observatori del Ebro dos años antes, había alertado ya del peligro sísmico. La petrolera Shell, que no se caracteriza, como es bien sabido, por formar parte del ala radical del ecologismo ni tiene ninguna conexión con las Hermanitas de la caridad, también había advertido ya de riesgo sísmico si se explotaba el almacén de gas. También hacia el 2007 se repartieron en la zona octavillas de una plataforma que alertaba del peligro que suponía el proyecto Castor; los hechos han confirmado que una vez más no se trataba de aguafiestas que se oponen al progreso y a la riqueza simplemente para fastidiar y molestar. (Me suena que en tiempos del tripartito se habló del proyecto en el Parlamento de Cataluña pero se desestimó por peligroso.)

De todos modos, esto no es nada ante las reacciones y declaraciones de quienes supuestamente deben velar por el bienestar de la población. ¿En manos de quién estamos? El ministro Soria, que compareció muerto de miedo ante los medios, y no me extraña, dijo literalmente: «Parece ser que hay relación entre la inyección de gas y los seísmos». El Gobierno español, literalmente también, manifestó que «lo más probable» es que los sismos decaigan en intensidad y frecuencia. Notemos los «parece» y «lo más probable». En la misma noticia se informaba de que el Instituto Geológico Nacional no veía ninguna irregularidad en el hecho de que la declaración de impacto ambiental de 2009 no incluyera el apartado sísmico. Por los mismos días un artículo de expresivo título: «¿Una nueva ley más ágil o menos garantista?» advertía de la manga ancha del Gobierno central en una nueva norma sobre el medio ambiente. (En otro orden de cosas: muchas de las noticias sobre la cuestión del diario El País se encuentran curiosamente en la sección Sociedad, ¿por qué no en Política, por ejemplo?)

¿Qué hacía mientras tanto el campeón del sentido común, el que tiene a gala hacer las cosas como Dios manda? Pues al día siguiente de que se supiera que en Fukushima la compañía Tepco había localizado por primera vez una filtración de agua, el día después de que se informara de que la radiación había alcanzado un nuevo máximo y que la central vertía unas trescientas toneladas diarias de agua radiactiva al Pacífico, Mariano Rajoy se paseaba como alma en pena por la ciudad de Fukushima y declaraba que «los temores sobre Fukushima son infundados». ¡Vaya con el paladín del sentido común! Aterrador.

Y la gota que debería colmar nuestra paciencia y descontento: el Tribunal supremo ha determinado que el Gobierno tiene que indemnizar a la empresa Castor si se paraliza la explotación (palabra transparente) del depósito.

 
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