Sabrán disculpar que hoy empiece el artículo hablando de mí. Durante muchos años he sido esto que ahora se ha dado en llamar profesora de educación secundaria. En otros momentos se denominaba profesora de bachillerato; actualmente todavía se imparte el bachillerato, pero ha desaparecido del nombre y no por casualidad.
La educación, tener en cuenta a chicas y chicos, ha sido mi trabajo principal, el que me ha dado la posibilidad de trabajar y vivir creo que con dignidad en todos los sentidos tanto a mí como, cuando tocó, a mi familia. Pero no quiero hablar hoy de las glorias y las miserias de este trabajo, solamente lo cito para poder explicar que a lo largo de los años esta dedicación (vuelvo a decir, principal) ha sido y es finamente --en ocasiones, desmañadamente-- camuflada casi cada vez que me presentan antes de comenzar una conferencia, de intervenir en un curso de alguna administración o universidad, de participar en una mesa redonda, debate..., a pesar de que en el currículo que envío es lo primero que se ve. Mi percepción es que siempre lo hacían de buena fe, para hacerme un favor, para no desprestigiarme delante del público, para no desautorizar lo que a continuación con más o menos fortuna expondría; en definitiva, para no despreciarme. Este disimulo lo practican desde las instituciones más solemnes y convencionales hasta los foros del rojerío más desenfrenado, es algo, pues, generalizado (transversal tienes que decir en estos momentos si quieres tener éxito).
Valga este largo (lo siento) preámbulo para hablar del evidente desprestigio de la educación, que como más fundamental, básica y esencial más desvalorada está. Es un desprestigio que contamina incluso al profesorado; sólo hay que ver la fruición y vehemencia con la que alguna gente de instituto rechaza como si fuera aceite hirviendo la denominación «maestra» o «maestro», deja de lado la palabra «escuela» para definir el lugar donde trabaja; el desprecio con el que profesionales de la educación primaria y secundaria manifiestan que no son una «guardería».
Me gustaría abordarlo a partir de algunos pequeños detalles. No hablaré, pues, de grandes cifras y estadísticas. Hay gente que se mueve mucho más cómodamente que yo hablando de treinta mil criaturas más atendidas con tres mil educadoras y educadores menos, del aumento de las ratio, de los destructivos recortes, de tijeretazos que esquilman algo cosa más que recursos y medios, de la política sistemática de demolición de la pública. Por cierto, ¿es consciente la casta política que tan mal se ve que lo pasa cuando tiene que vivir con solamente cinco mil euros, u ocho mil y pico, sabe la presidenta del Parlament cuando se pregunta qué podría llegar a pasar si un diputado, si una diputada, pasara a cobrar «sólo» tres mil euros, cuánto pagan a un profesor de instituto, a una maestra, a un profesional de la educación infantil?
Quiero hablar de las profesoras que en mi instituto vinieron al claustro de principio de curso y a otras actividades a pesar de que este año no cobrarán nada por lo trabajado antes del 13 de septiembre, como si preparar el curso y las materias, ponerse de acuerdo con los criterios de actuación, fuese superfluo y prescindible y, por tanto, no fuera necesario pagarlo. Quiero apuntar la frivolidad con la que uno o dos días antes de repartir los horarios, recibido ya el alumnado, escamotean mezquinamente una persona o incluso media dedicación, lo que implica volver a realizar horarios Quiero denunciar que a partir de ahora, los tres primeros días de baja se pagará un 50% del sueldo.
Y me paro aquí, no para acabar el artículo, sino para mirar un poco atrás y recordar que empezó hace tiempo, por ejemplo, que la jornada intensiva que ahora sí dejan hacer -quizás para ahorrarse algunos dineritos- hace unos años estaba considerada en general como absolutamente antipedagógica, menos en aquel instituto de la Barceloneta, claro está, donde querían que por la tarde se pusiera en marcha una sede de la escuela de idiomas, este plan les hacía proclamar las bondades pedagógicas de la jornada intensiva (sólo para aquel centro), o recordar, por poner otro ejemplo, aquel instituto de Badalona que la Administración boicoteó porque fue un éxito que cuestionaba demasiada cosas, funcionaba demasiado bien.
O en otro orden de cosas, porque quiero espacio para recordar el insulto deliberado al profesorado que cada día está en el aula que representaron las palabras de la consejera de Enseñanza cuando el pasado curso dijo que las restricciones presupuestarias para el funcionamiento del día a día de los institutos no supondría que en ellos se tuviera que pasar frío, cuando sabe perfectamente que incluso en épocas de vacas gordas como burbujas en mucho centros ya se pasaba frío. O el cinismo con el que el ministro Wert justificó el aumento de criaturas o de adolescentes por aula (una de las pruebas de fuego para garantizar un buen aprendizaje es justamente que baje, no que suba aún más) alegando que una de las misiones de la escuela es socializar y, por tanto, cuanto más sean, mejor, más socialización. Si lo cree así, puede habilitar pabellones deportivos y estadios de fútbol, y de este modo todavía podrá amontonar más.
No es que aumentar las ratio sea una medida peligrosa y rabiosamente antipedagógica, que lo es, no es que el cinismo, la maldad y la mala fe del argumento sean indignantes, que lo son, no es que no se haya desautorizado para siempre jamás, es que cuando oyes esto, te entra miedo.
Este artículo está también disponible en catalán.
Bien es cierto que hace 32 años que empecé el colegio, pero también es cierto que el nivel académico que se impartía era bastante más alto que el que se imparte ahora (benditas prácticas del CAP, que te permiten apreciar estas diferencias), y estoy segura de que mis profesores se implicaron con nuestra educación tanto como lo hacen los profesores actuales.
¿Dónde está la diferencia? Corríjanme si me equivoco, pero creo que es más un problema del alumnado, o de la educación que reciben en su casa, o de la implicación de los padres, o váyase a saber: creo que un profesor está perfectamente capacitado para manejar una clase de 40 alumnos si éstos son responsables o, por lo menos, temen a la reacción paterna si llevan faltas o suspensos, si se juegan algo, en definitiva. ¿Cómo explicar, si no, que la clase de 2º de Bachillerato sea más agradecida, por así decirlo, que la clase de 3º de ESO?
Opinión personal, que conste.
Porque, por más que se quiera profesionalizar y por muchos libros de didáctica que se escriban, la educación tiene tanto de arte como de ciencia. No basta con dominar una materia, también hay que saberla comunicar y, sobre todo, poner pasión en ella. Y hay un tercer componente, posiblemente el más importante, que es la intención, la dedicación y la responsabilidad de facilitar que los demás aprendan.
Esta conjunción de ciencia, de arte y de respeto y amor por el otro, por lo que contiene y puede llegar a desarrollar, ese aporte personal de cada maestro, es lo que podríamos llamar su valor añadido. Un valor añadido que no supone ni un impuesto ni una carga para sus alumnos sino que, por el contrario, se la quita.
http://www.otraspoliticas.com/educacion/el-valor-anadido
Es un orgullo ser profesor de secundaria y bachillerato, pero poco a poco te van quitando la ilusión, no sé cuántas reformas educativas van en la democracia, todas, la mayoría de las propuestas que han hecho se han guiado por lo que interesaba al grupo que estaba en el poder. ¿Cuándo se ha pensado qué no funcionaba de verdad y se ha buscado reformarlo? Si el que plantea la reforma es el PP entonces accedemos a la cúspide de la pirámide: Volver atrás como sea, favorecer a la privada a cualquier precio, desprestigiar a la pública.
Mucho ánimo en el trabajo que está haciendo en esta web por sus análisis tan claros de la situación actual.
Un abrazo profesora,
Miguel
Pero esta incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace nos afecta a todos. Hay un sentir ambiguo en el que, por un lado, queremos una educación distinta y, por otro, necesitamos la seguridad de que esta educación no nos deja en desventaja. Y buscamos una solución de compromiso que quiere creer que la fórmula consiste en formar mejor a los profesores, en que estén mejor pagados, dispongan de más recursos y sean capaces de motivar más a sus alumnos.
Esto ayudaría, pero no basta ni es lo fundamental. De poco sirve comprar más ordenadores o que los profesores asistan a más cursillos si, paralelamente, no se cuestionan y se buscan alternativas a prácticas tan arraigadas como los exámenes, las notas, los deberes, los agrupamientos rígidos por edades, la compartimentación del saber en cursos y asignaturas, la repetición, sin elaboración, de lo que se ha memorizado y tantas otras rémoras.
http://www.otraspoliticas.com/educacion/incoherencias