Eulàlia Lledó Cunill

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Principio de curso

Publicado: 03/10/2012 10:05

Sabrán disculpar que hoy empiece el artículo hablando de mí. Durante muchos años he sido esto que ahora se ha dado en llamar profesora de educación secundaria. En otros momentos se denominaba profesora de bachillerato; actualmente todavía se imparte el bachillerato, pero ha desaparecido del nombre y no por casualidad.

La educación, tener en cuenta a chicas y chicos, ha sido mi trabajo principal, el que me ha dado la posibilidad de trabajar y vivir creo que con dignidad en todos los sentidos tanto a mí como, cuando tocó, a mi familia. Pero no quiero hablar hoy de las glorias y las miserias de este trabajo, solamente lo cito para poder explicar que a lo largo de los años esta dedicación (vuelvo a decir, principal) ha sido y es finamente --en ocasiones, desmañadamente-- camuflada casi cada vez que me presentan antes de comenzar una conferencia, de intervenir en un curso de alguna administración o universidad, de participar en una mesa redonda, debate..., a pesar de que en el currículo que envío es lo primero que se ve. Mi percepción es que siempre lo hacían de buena fe, para hacerme un favor, para no desprestigiarme delante del público, para no desautorizar lo que a continuación con más o menos fortuna expondría; en definitiva, para no despreciarme. Este disimulo lo practican desde las instituciones más solemnes y convencionales hasta los foros del rojerío más desenfrenado, es algo, pues, generalizado (transversal tienes que decir en estos momentos si quieres tener éxito).

Valga este largo (lo siento) preámbulo para hablar del evidente desprestigio de la educación, que como más fundamental, básica y esencial más desvalorada está. Es un desprestigio que contamina incluso al profesorado; sólo hay que ver la fruición y vehemencia con la que alguna gente de instituto rechaza como si fuera aceite hirviendo la denominación «maestra» o «maestro», deja de lado la palabra «escuela» para definir el lugar donde trabaja; el desprecio con el que profesionales de la educación primaria y secundaria manifiestan que no son una «guardería».

Me gustaría abordarlo a partir de algunos pequeños detalles. No hablaré, pues, de grandes cifras y estadísticas. Hay gente que se mueve mucho más cómodamente que yo hablando de treinta mil criaturas más atendidas con tres mil educadoras y educadores menos, del aumento de las ratio, de los destructivos recortes, de tijeretazos que esquilman algo cosa más que recursos y medios, de la política sistemática de demolición de la pública. Por cierto, ¿es consciente la casta política que tan mal se ve que lo pasa cuando tiene que vivir con solamente cinco mil euros, u ocho mil y pico, sabe la presidenta del Parlament cuando se pregunta qué podría llegar a pasar si un diputado, si una diputada, pasara a cobrar «sólo» tres mil euros, cuánto pagan a un profesor de instituto, a una maestra, a un profesional de la educación infantil?

Quiero hablar de las profesoras que en mi instituto vinieron al claustro de principio de curso y a otras actividades a pesar de que este año no cobrarán nada por lo trabajado antes del 13 de septiembre, como si preparar el curso y las materias, ponerse de acuerdo con los criterios de actuación, fuese superfluo y prescindible y, por tanto, no fuera necesario pagarlo. Quiero apuntar la frivolidad con la que uno o dos días antes de repartir los horarios, recibido ya el alumnado, escamotean mezquinamente una persona o incluso media dedicación, lo que implica volver a realizar horarios Quiero denunciar que a partir de ahora, los tres primeros días de baja se pagará un 50% del sueldo.

Y me paro aquí, no para acabar el artículo, sino para mirar un poco atrás y recordar que empezó hace tiempo, por ejemplo, que la jornada intensiva que ahora sí dejan hacer -quizás para ahorrarse algunos dineritos- hace unos años estaba considerada en general como absolutamente antipedagógica, menos en aquel instituto de la Barceloneta, claro está, donde querían que por la tarde se pusiera en marcha una sede de la escuela de idiomas, este plan les hacía proclamar las bondades pedagógicas de la jornada intensiva (sólo para aquel centro), o recordar, por poner otro ejemplo, aquel instituto de Badalona que la Administración boicoteó porque fue un éxito que cuestionaba demasiada cosas, funcionaba demasiado bien.

O en otro orden de cosas, porque quiero espacio para recordar el insulto deliberado al profesorado que cada día está en el aula que representaron las palabras de la consejera de Enseñanza cuando el pasado curso dijo que las restricciones presupuestarias para el funcionamiento del día a día de los institutos no supondría que en ellos se tuviera que pasar frío, cuando sabe perfectamente que incluso en épocas de vacas gordas como burbujas en mucho centros ya se pasaba frío. O el cinismo con el que el ministro Wert justificó el aumento de criaturas o de adolescentes por aula (una de las pruebas de fuego para garantizar un buen aprendizaje es justamente que baje, no que suba aún más) alegando que una de las misiones de la escuela es socializar y, por tanto, cuanto más sean, mejor, más socialización. Si lo cree así, puede habilitar pabellones deportivos y estadios de fútbol, y de este modo todavía podrá amontonar más.

No es que aumentar las ratio sea una medida peligrosa y rabiosamente antipedagógica, que lo es, no es que el cinismo, la maldad y la mala fe del argumento sean indignantes, que lo son, no es que no se haya desautorizado para siempre jamás, es que cuando oyes esto, te entra miedo.


Este artículo está también disponible en catalán.

 
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