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Quizás Peñíscola

24/08/2017 07:12 CEST | Actualizado 24/08/2017 11:47 CEST

Cover/Getty Images

Este artículo también está disponible en catalán

A partir de las siete, siete y media de la mañana, como un solo hombre, cargados con kilos de impedimenta y pese a la dificultad de avanzar por la blanda arena, se desplazan en batallones hacia la línea de la costa. Van a tomar posiciones, a luchar a brazo partido por la posesión del territorio dejando en esta lid, si es preciso, su última gota de sangre, a plantar batalla por cada palmo de arena de una playa por la que antaño había campado —marcial y viril— el Cid.

Algunos avanzan en zigzag, en solitario, atisbando cuál puede ser ese día la mejor posición, otros, especialmente los vascos, hábilmente capitaneados por uno de ellos, se lanzan sobre una extensa franja de terreno y no la abandonan hasta que no la han asegurado a base de marcar el territorio, colocando sillas plegables, toallas, sombrillas (los más invasivos las dejan ya abiertas).

Tanto los que optan por una distribución férreamente cuadriculada -todos los utensilios en perfecta y simétrica disposición- como los que prefieren una disposición más informal y casual, estudian al milímetro la distancia que tienen que dejar entre silla y silla, entre toalla y toalla, para conseguir un equilibrio perfecto de la máxima y óptima ocupación de territorio, sin dejar de tener siempre muy presente, sin embargo, que no puede dejarse ninguna fisura, por pequeña y mínima que sea, susceptible de ser ocupada por un pareo o una esterilla enemiga que podría instalarse en una rápida incursión en forma de guerrilla aprovechando, por ejemplo, el abatimiento, modorra y desgana del mediodía.

Lo más difícil de calcular es, parece, la distancia justa entre la base de operaciones y el mar: lo suficientemente lejos para que las toallas no se mojen y dejando un camino para que la gente pueda pasear, pero lo suficientemente cerca de la orilla para que nadie ose plantificar silla ni parasol entre su territorio y el fino espumillón de las olas que van a morir a la costa. Hacia las diez y media, sin embargo, siempre hay un vendedor ambulante, una peinadora, que consigue montar su tenderete en medio.

A media mañana, el hervidero de agrupaciones territoriales (algunas son eminentemente tribales) ya ocupan la playa de cuarenta en fondo. La ocupación del territorio sigue estrictamente la misma técnica y prioridades que las construcciones de cemento, es decir, que los hoteles y bloques de apartamentos que ocupan toda la franja de costa que va de Peñíscola a Benicarló; o de cualquier otro lugar de la costa.

Una de las operaciones más vistosas de la epopeya mañanera es hincar la sombrilla en el suelo: recuerda ligeramente la manera de plantar la bandera yanqui en la playa de Iwo Jima. Las masajistas chinas contribuyen a dar una cierta consistencia y textura oriental al paisaje. Respecto a esta operación, los pelotones van armados con las novedades más sofisticadas; destacan los colgadores de ganchos para instalar en el parasol y colgarles todo tipo de artilugios o los destornilladores de arena para clavar estos mismos parasoles con contundencia y seguridad, además de método.

Una vez terminadas todas estas maniobras, lo diré de la manera más concisa y brutal, los hombres acostumbran a tumbarse a la bartola hasta el día siguiente.

En el zénit del mediodía, entre una y cuatro aproximadamente, las posiciones quedan desatendidas puesto que las tropas, especialmente las que tienen destacamento infantil (que son la mayoría) necesitan restaurar fuerzas y, agotados los víveres con los que se habían pertrechado, se van a comer y beber; quizás a hacer la siesta, dejando una huella caótica de cubos y palas, de pelotas y cremas solares detrás suya. Una tregua tácita garantiza la paz de la playa.

A esa hora es imposible limpiarse la arena de los pies en los grifos dispuestos para tal fin por el ayuntamiento, o ducharse. Las pasarelas de madera que van a la playa retumban al paso de divisiones y falanges en franca retirada estratégica.

Doce hora más tarde, en la hora más dulce, hacia las siete y media de la tarde, cuando los edificios alargan toda la amplitud de su sombra por la playa, ejércitos aparentemente rendidos, derrengados, aturdidos de sol, anestesiados por el constante ruido del mar, abandonan las posiciones.

Es un espejismo: al día siguiente por la mañana, incesantes, como las olas, volverán con renovados bríos.