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Rosa y azul

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Este artículo está también disponible en catalán.

Ayer por la mañana subieron al autobús una mujer y un hombre mayores -parecían pareja- que volvían de la playa. Cuando la mujer, risueña, vio al conductor, le recordó que por la mañana habían montado también en su autobús para bajar a la playa y charlaron un rato -daba la sensación de que habían coincidido otras veces-. Antes de descender, la mujer se acercó al conductor y le participó que se llamaba Dolors, acto seguido le preguntó cómo se llamaba y él le contestó que Lluís. «Adiós, Lluís, hasta pronto», dijo la mujer. Saberse el nombre fortaleció la incipiente relación, procuró que se conocieran más. La importancia de nombrar, nombrarse y ser nombrada. (¡Qué bueno sería que la gente que en un estadio se sienta al lado de alguien del equipo rival se preguntara el nombre mutuamente! ¡Cuántas agresiones, cuántas bofetadas podrían evitarse!).

La anécdota viene a cuento del emotivo, inteligente y sobrio final de la película Tomboy (2011) realizada por la directora francesa Céline Sciamma que se puede ver actualmente en cines comerciales. En efecto, una niña le pregunta el nombre al personaje protagonista de la película, perfectamente consciente de que hasta el momento se ha dirigido a él con un nombre falso, con un nombre que no era. Y el simple gesto de interesarse por cómo se llama cuando ya se cierra el film, abre la esperanza del entendimiento, inaugura la posibilidad de una relación de comprensión que un engaño premeditado aunque inocente casi había cercenado.

Sciamma, con una envidiable ligereza y un guión redondo, realiza una película que podría pasar por un cuento de verano; en ningún momento carga las tintas, comedidamente -sin dramatizar nunca más de lo estrictamente necesario-, plantea, desarrolla y concluye (dejándolo abierto) un problema profundo y serio, íntimo pero a la vez público: la identidad sexual de una criatura, el desconcierto y el choque de sentirse en un cuerpo cambiante que no le gusta nada.

En efecto, el film plantea el malestar de una criatura de diez años que, en el despertar de la pubertad, se siente incómoda en su cuerpo y más identificada con el sexo contrario que con el suyo. Un malentendido posibilita que le sea fácil hacerse pasar por una criatura del otro sexo y ya tenemos una madeja que cada vez se enreda más y más, y en la que se sustenta el film. Una mentira de difícil vuelta atrás una vez puesta en marcha pero que inexorablemente tiene que terminar siendo descubierta.

Tomboy no sólo es sutil y exquisita a la hora de plantear el caso, sino que además muestra con gran economía de medios y una sencillez y claridad encomiable y difícil de conseguir el hecho de que cuando creemos que alguien es de un determinado sexo, vemos en su persona las características del sexo que creemos que encarna; narra cómo el punto de vista y los prejuicios nos inducen a ver lo que creemos que debemos ver y nos impiden percibir una realidad que es siempre mucho más contradictoria y compleja; explica que creer que alguien puede hacer bien una cosa, le ayuda a realizarla óptimamente; enseña cómo una determinada y bella ropa puede convertirse en la prisión de un cuerpo; pone de manifiesto qué tipo de concesiones hacen las niñas para que los niños estén a gusto. Todo ello a partir de un elenco de criaturas juguetonas, siempre espabiladas, tiernas a ratos, pero no por ello exentas de malicia.

Buena y necesaria. Por ejemplo para prever y evitar un drama -éste sí desatado y cruel- como el que plantea la película de Kimberly Peirce, Boys Don't Cry (1999), por mucho que hiciera ganar bien merecidamente a Hilary Swank primero un Globo de Oro y a continuación un Oscar.

Sería bueno que ambos filmes se pasaran en los institutos antes de que la LOMCE de Wert y la Conferencia episcopal española los prohíban o los quemen en un orgiástico acto de fe.