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Síntomas

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Este artículo está también disponible en catalán.

El mes pasado leí un artículo de Juan Cruz que explica entre otras cosas la reacción que años atrás tuvo el día que un camarero de Talavera de la Reina, en uno de los boicots perpetrados en España contra los productos catalanes, no quiso servirle un agua de Vichy aduciendo que era de fabricación catalana. Como iba acompañado de mucha gente y, a su entender, hacer otra cosa hubiera causado muchos inconvenientes, el autor del artículo pidió otra marca (que, por cierto, se embotellaba en Barcelona). Nada que decir ni que criticar, actuó como mejor o más adecuadamente le pareció (o como pudo, que es lo que solemos hacer), pero no deja de ser una microoportunidad perdida, aunque quizás sea verdad que explicar la sandez que implica realizar un boicot corresponde sobre todo a otras instancias, incluidas aquellas que un mal día comenzaron populísticamente a plantar mesas petitorias para pedir firmas contra el último Estatut y, de paso, apelar a los más bajos instintos de la población. También habla Juan Cruz de su amor por la música catalana, por la Cançó, concretamente por el clamor que es Al vent del cantautor Raimon (que cumple estos días cincuenta años de espléndida carrera). Esto me llevó a pensar si en general esta afición aún perdura en España, o duró lo que duraron los últimos estertores de la Dictadura franquista y después ya no se vio sentido a esto de escuchar cantar en catalán o que con él se hicieran cosas. O lo que viene a ser lo mismo: ¿cuántas emisoras estatales programan música que tenga la letra en catalán, en gallego..., en lenguas peninsulares que no sean la castellana...?

Digo esto porque justamente dos días antes había leído otro artículo, en este caso de Ernesto Ayala-Dip, donde el autor explica que, cuando diez años atrás realizó la ruta del Quijote con su familia, pararon durante unos cuantos días en Almagro. La espabilada y eficiente camarera que cada mañana les servía el desayuno, el sexto y último día no pudo evitar preguntarles cómo es que hablaban catalán si no se hallaban en Cataluña (esta anécdota, con mínimas variantes, la he oído más de una y dos veces). El autor hace notar que no debía entrar en los cálculos lingüísticos de la camarera que su mujer y su hijo hablasen entre sí en catalán -o sea, que hablasen su lengua-, que quizás incluso, por inconscientemente que fuese, molestaba a la camarera. Se lamenta Ernesto Ayala-Dip que nadie en treinta años de democracia se hubiera tomado la molestia de explicar a la mujer algo tan elemental. También narra con gran precisión y un punto de tristeza que no consideraron oportuno ni elegante ponerse a hacer pedagogía. Sostiene que más bien era y es obligación de los sucesivos Gobiernos del PSOE y el PP ocuparse de ello. Quizás sí, pero que otra microocasión desaprovechada. ¿O es que abandona su lengua la gente que habla inglés, alemán, francés... cuando hace la ruta del Quijote? Llegada a este punto, creo que lo pertinente es preguntarse por qué razones alguien puede pensar o sentir que explicar una cosa tan lógica, elemental y normal como es el hablar tu propia lengua estés donde estés (que es ni más ni menos lo que hacían madre e hijo), puede ser considerado por quien lo hace como poco oportuno o poco elegante. Aquí tenemos una de las madres del cordero.

Que los poderes y los gobiernos han fallado y fallan, que no cumplen sus obligaciones, es público y notorio. Tenemos un Gobierno que vive las diferencias, en este caso, la riqueza y la suerte de tener diversas lenguas como una gran desgracia y una vergüenza cada vez más insoportable: en lugar, por ejemplo, de posibilitar que cualquier chica o chico de este Estado pueda estudiar en la escuela, además de la suya, alguna otra de las lenguas peninsulares, lo único que se les ocurre es intentar eliminar a las «otras». Por otro lado, me parece recordar que Alfredo Rubalcaba más de una vez que cuidemos nuestra lengua: «Cuidad la lengua, que es muy importante, es muy importante hablar vuestra lengua, hablar catalán, cuidadlo porque hay quien no le gusta» (sic). Y aquí demuestra la consideración que tiene de una de las lenguas que no es propiamente la suya. Si tanto le interesa, si tan importante la encuentra -y espero que no sea precisamente porque a otras personas no les guste-, que no nos diga cómo tenemos que actuar, que la haga suya, que se corresponsabilice de ella y se ponga a cuidarla.

Y así nos luce el pelo.