Solo ante el peligro: los Oscar

Solo ante el peligro: los Oscar

Si este año se ha dado un justo Oscar es el de mejor actor. En efecto, en el Lincoln de Spielberg el protagonismo masculino es evidente. Yo hubiera preferido que la 13ª Enmienda no se atribuyera implícitamente a un solo hombre. Que la inmensa tarea de valerosas y heroicas mujeres como Susan B. Anthony y hombres anónimos tuvieran un lugar en el relato.

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Si este año se ha dado un justo Oscar es, sin duda, el de mejor actor. En efecto, en el Lincoln de Steven Spielberg el protagonismo masculino es evidente; Daniel Day-Lewis se pasea por la miseria de la embrutecedora guerra (uno de los temas del director), preside la pantalla, articula el discurso y es la guía para seguir los avatares de la política y sus pactos (por cierto, la libertad de voto en los partidos, brilla rutilante). Nada que objetar, es lo que ha decidido narrar Spielberg y la libertad de un autor, de una creadora, es, evidentemente, un derecho inalienable. Yo, sin embargo, hubiera preferido que la Decimotercera Enmienda no se atribuyera implícitamente sólo a la decisión, el deseo, la habilidad y la voluntad de un solo hombre por ingentes que fueran. Hubiera preferido que la inmensa tarea que llevaron a cabo valerosas y heroicas mujeres como, por ejemplo, Susan B. Anthony (1820-1906) y Elizabeth Cady Stanton (1815-1902) y tantas y tantas mujeres y hombres anónimos tuvieran un lugar en el relato. No es por casualidad que la primera novela antiesclavista en inglés sea la Cabaña del tío Tom (1852) de Harriet Beecher Stowe (1811-1896), «la pequeña mujer que empezó esta gran guerra», según Lincoln, o que la escritora romántica Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), años antes, escribiera la primera en castellano, Sab (1841). Me hubiera gustado más si hubiera podido quedar claro a todo el público que ve esta película perfectamente ambientada y de luz matizadísima que es a ellas, seguramente, a quienes Spielberg rinde homenaje cuando vislumbramos, durante unas décimas de segundo, a un grupito de mujeres -con sendas escarapelas prendidas en el pecho- de pie y apoyadas en la pared en la oscuridad de la tribuna para gente invitada. Que no tengas que ser rápida como una anguila para darte cuenta de ello. Que se haga explícito y que se sepa que existieron, así como el valor de la lucha que llevaron a cabo (por cierto, tan mal recompensada) por la abolición de la esclavitud.

Hay un cierto cine de EEUU que sigue este patrón. Quentin Tarantino en Django desencadenado plantifica a otro hombre solo ante los desmanes de la esclavitud. El personaje al que da vida Jamie Foxx tiene todo lo que hay que tener -y más- para que, una vez liberado, nadie lo esclavice, para que nadie se atreva ni a toserle. La pregunta que se impone entonces es la siguiente: ¿la demás población negra es esclava por deficiencias propias? ¿el poder, la fuerza bruta, la represión más brutal no tienen nada que ver? Existe el peligro de atribuir la culpa a la víctima; doble víctima, pues. Quizás el género del western sea estrecho para explicar el esclavismo, pese a la magnífica escena del ataque del Ku Klux Klan. El buen director y guionista que es Tarantino patina, en mi opinión, cuando quiere abordar universales o la Historia directamente. Ya lo intentó en Malditos bastardos y ahora reincide con Django desencadenado. Qué bien que lo articula y lo explica, en cambio, cuando opera a partir de anécdotas, de detalles, de pequeñas y bien ligadas tramas, en películas como, por ejemplo, Pulp Fiction, Jackie Brown o los dos Kill Bill.

Todavía hacen en salas comerciales un nítido y precioso documental llamado Searching for Sugar Man del director Malik Bendjelloul. Aunque ha ganado tanto el Oscar al mejor documental como varios galardones más (entre ellos el del público en el último festival In-Edit de Barcelona), parece que vaya de incógnito. Se trata de una historia tierna y triste con final feliz y buenísima música. A partir de otro aparentemente hombre solo, como quien no quiere la cosa, se explica la desigualdad de oportunidades, el estigma de tener una piel morena; consigue que te familiarices con la ciudad de Detroit, como si la conocieras de toda la vida, reconoces en ella la crisis de la industria, notas en las mejillas su frío punzante, que, créanme, no sólo se debe a causas climáticas. De paso, aprendes algunos aspectos de lo que fue el Apartheid, el aislamiento de Sudáfrica respecto al mundo, del mundo respecto a Sudáfrica. Incluso puedes aprender geografía. No se la pierdan.

A petición de la autora, se ha añadido tras la publicación de este artículo un fragmento de texto en el que se menciona la obra de dos escritoras sobre el tema esclavista.

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Nací en Barcelona en 1952 y soy doctora en filología románica por la UB. Soy profesora de secundaria jubilada y escritora. Me dedico desde hace ya mucho tiempo a la investigación de los sesgos sexistas y androcéntricos de la literatura y de la lengua, y también a su repercusión en la enseñanza, claro está. Respecto a la literatura, además de leer, hago crítica literaria, doy conferencias, ponencias, escribo artículos y reseñas sobre diferentes aspectos de la literatura, principalmente sobre las escrituras femeninas. En cuanto a la lengua, me dedico a investigar sesgos ideológicos en diferentes ámbitos: diccionarios; noticias de prensa (especialmente las de maltratos y violencia); denominaciones de oficios, cargos y profesiones. También he elaborado varias guías y manuales de recomendaciones para evitar los usos sexistas y androcéntricos. Asimismo, he analizado algún otro sesgo ideológico, por ejemplo, el racismo. Todas estas actividades me dan pie a impartir conferencias, ponencias, charlas, cursos y a realizar asesoramientos. Formé parte del grupo Nombra desde su fundación, en 1994. También trabajo por una enseñanza coeducativa. Lo que me ha llevado a implicarme en distintos y variados grupos y seminarios de coeducación, a colaborar con ICEs de distintas universidades y a escribir distintos tipos de libros y documentos. A veces escribo dietarios o sobre viajes y aún de otros temas.