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Sprint en la piscina

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La tónica de los últimos Juegos Olímpicos se ha acentuado. Y no sólo por lo que respecta al Estado español. En efecto, los cinco récords mundiales logrados en Barcelona han sido femeninos, ni tan sólo uno masculino, con una actuación destacadísima de Franklin, una nadadora yanqui a quien gran parte de la prensa llama por el nombre de pila -como si la conociera de toda la vida y tal como acostumbra también a denominar, contraviniendo los correspondientes libros de estilo, a las catalanas Belmonte y Carbonell, por poner sólo dos ejemplos-. Intriga también que las carcajadas de Franklin pudieran asustar a un comentarista, ya que la describía de esta peregrina manera: «La imponente mujer del rodete, ruborizada, se reía a carcajadas luciendo una intimidante hilera de dientes, antes de abandonar la piscina». ¿De verdad es relevante cómo lleva el pelo, que se enrosque la trenza? ¿Miedo de una carcajada?, ¿pavor a una sana dentadura? También es impresionante el subtítulo: «Mireia Belmonte y las guerreras del waterpolo encumbran de nuevo al deporte femenino español tras unos campeonatos liderados por Missy y una gran generación de adolescentes». ¿Guerreras, unas jóvenes que juegan a pelota? Si las proezas las hubiesen realizado chicos, ¿se diría que «encumbran al deporte masculino español» o simplemente se hubiese dicho que «encumbran al deporte español»? No es un detalle baladí: puede inducir a pensar que si las medallas las logran mujeres es una victoria «sólo» de ellas, femenina, parcial y no de todo el género humano, que tan sólo sería general si las ganasen hombres. Aunque puede ser también una manera de resaltar la buena cosecha de las deportistas; concedámosle el beneficio de la duda.

Ya que hablamos de los resultados españoles, hay que insistir que si en los Juegos Olímpicos de Londres la proporción de medallas fue abrumadoramente femenina, once de diecisiete, en Barcelona la cosa se ha saldado con un doce a cero.

De las muchas y variadas discriminaciones que han sufrido y sufren las deportistas, recordaré sólo dos minúsculas pero reveladoras anécdotas que narraba un día la ciclista Dori Ruano: «Voy a poner un par de ejemplos. En Hamilton 2003 dieron de cenar un entrecot y arroz con leche a los hombres, y un filete empanado y fruta a las mujeres. A mí la Selección me da dos culottes y un pantalón largo para competir toda la temporada, mientras que a los chicos les dan eso o incluso algo más, sólo para correr un día en los Campeonatos». (Y a nadie se le ha puesto la cara roja de vergüenza; nunca nadie ha pedido disculpas.)

Por un lado, hay que destacar la encomiable llamada de la Selección, antes ya de la crisis, a aprovechar y a zurcir la ropa (eso sí, sólo a las deportistas), que liga perfectamente con los desiguales gastos para camisetas de tantos y tantos institutos de secundaria según se trate de vestir a los equipos femeninos o masculinos; por otro, es notorio que el diferente, digamos, criterio alimenticio para mujeres y hombres, retrotrae (convoca y recuerda), sin duda, lo que pasaba -quizás aún pasa- en algunos hogares en el momento de alimentar hijas e hijos.

No creo que la solución sea poner a los deportistas a régimen de filetes empanados y manzanas, pero al igual que después de los Juegos Olímpicos de Londres, pienso que no estaría de más que las autoridades deportivas hicieran algún estudio económico que rinda cuentas de lo que ha costado cada medalla femenina y cuánto la selección masculina. También se agradecería saber si la representación española era equilibrada o si, como los últimos Juegos, sólo una tercera parte eran mujeres. No sea que la cuota masculina fuera tan exagerada como en Londres y tuviéramos que concluir que las cuotas sólo son mal vistas cuando van a favor de las mujeres pero no cuando benefician o promueven a los hombres.