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Una prosa portentosa: modernidad y tradición en la literatura de Caterina Albert

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2016-06-06-1465221929-2655066-Capturadepantalla20160606alas16.04.54.jpgEn un año repleto de aniversarios literarios, no pierdo la esperanza de que algún medio no catalán conmemore el séptimo centenario de la muerte de Ramon Llull (Palma, 1232-Túnez, 1316), el escritor, filósofo, místico, teólogo, profesor y misionero mallorquín del siglo XIII que escribió una extensísima obra en catalán, occitano, latín y árabe.

En latín, porque era la lengua franca, la lengua universitaria de la época; en occitano, porque era la lengua poética; en árabe, para convencer más y mejor; en catalán, porque, si no, la gente no le hubiera entendido. Fue, pues, el primer genial europeo, todo un sabio, que puso en circulación una vulgar lengua románica; es decir, las elevó a categoría de lengua. Cualquier Estado, plurilingüe o monolingüe (si es que hay alguno), daría lo que fuera por detentar este honor y lo proclamaría a los cuatro vientos.

Mientras tanto, me dedicaré a otro aniversario más próximo: el que celebra los cincuenta años de la muerte de la escritora Caterina Albert (L'Escala, 1869-1966), autora de Solitud, traducida como Soledad, una de las más grandes novelas de la literatura moderna, y de un conjunto de poliédricas narraciones escritas en una bellísima y excepcional prosa.

Caterina Albert irrumpió de manera fulgurante (y escandalosa a su pesar) en la literatura. En 1898 presentó --sin pseudónimo-- en los Juegos Florales de Olot la atrevida obra de teatro La infanticida, un monólogo en verso que describe en primera persona la seducción, el embarazo, el miedo al padre y a la sociedad, y el espeluznante infanticidio de una molinera (a raíz de la polvareda que se levantó decidió no usar nunca jamás su nombre y presentarse siempre más con el seudónimo masculino Víctor Català). El argumento de La infanticida no debería extrañar si se tiene en cuenta que Caterina Albert era una defensora a ultranza de la independencia artística como queda de manifiesto en este fragmento de entrevista.

Y, sin embargo, ¿puede tener límites la obra del artista? No creo que unas normas morales puedan frenarla. Creo elemental abogar por la independencia del arte. Gracias a esta independencia pude ser fiel a mi vocación, que todo el mundo hubiera querido intervenir. No reconozco otra norma que la del buen gusto, ni otra inmoralidad que la de la inutilidad. La obra mal realizada es, por eso mismo, la obra inmoral.

La obra de Caterina Albert está plenamente emparentada con la literatura europea más avanzada de la época, forma parte de su mejor tradición literaria.

No es extraño tampoco, por tanto, que Albert se permita escribir sobre cualquier tema. Destacaría dos muy rompedores. El primero es el de los malos tratos y las violencias contra las mujeres. Como tema, como trasfondo, como detalle, se halla en muchos de sus cuentos (la violación está presente en casi todos sus libros de narraciones (cinco de siete) así como a la canónica Soledad). Lo más interesante de todos modos no es la cantidad sino el análisis y las alternativas que apunta para abordarlos. Por ejemplo, en el cuento «Pas de comèdia» de la colección Vida mòlta (1950), la protagonista después de diez años de malos tratos descubre que a fuerza de ingenio es capaz de desplazar una saca de trigo pesadísima que su marido no ha podido mover ni un milímetro a base de fuerza bruta. Descubrirse más lista que él, impulsa su autoestima. Como lo ha logrado, se lo cree, se crece, se sobrepone y aprende a defenderse de los malos tratos.

El segundo de los temas es la homosexualidad. En la prosa rica y sensual de sus cuentos hay más de un indicio, pero es en la interesantísima narración «Carnestoltes» de la colección Caires vius, ¡publicada en 1907!, que un anochecer de Carnaval, fechas en que en un ambiente empapado de sexo las máscaras caen, dos mujeres reconocen su recíproco amor. Lo más notable es que ambas lo aceptan y se aceptan sin ninguna mala conciencia ni ningún reproche. Una de las mujeres reflexiona sobre el hecho de que ama, ni más ni menos, que a otro ser humano. La otra, en un detalle irónico, casi perversamente irónico, tan propio de la autora, no se le ocurre otra cosa que irse al oratorio a rezar, sin remordimientos ni gota de culpabilidad, para agradecer al cielo la enorme felicidad que le da un amor (prohibido).

Para ser de principios del XIX, se trata de un cuento realmente valiente. Pocas novelas europeas se le acercan. Pienso, por ejemplo, en la tristeza y la sensación de culpa que empapa una novela, escrita años más tarde (1928), como El Pozo de la Soledad de Radclyffe Hall; libro que, por cierto, acabó en la hoguera por inmoral. Pienso incluso en una novela muy posterior, en Carol (1952) de Patricia Highsmith, recientemente convertida en admirable película (2015), que acaba bien y que por ello se publicó bajo seudónimo.

A Caterina Albert a veces se la tilda de ruralista (epíteto que se puede aplicar también a las hermanas Brontë), de provinciana (quizás por eso ha sido traducida como mínimo al castellano, alemán, italiano, francés, checo e inglés y se habló de ella como posible candidata al premio Nobel), de local (calificativo aplicable también a Jane Austen), cuando en realidad su obra está plenamente emparentada con la literatura europea más avanzada de la época, forma parte de su mejor tradición literaria y, al menos en los dos temas que se acaban de ver, contribuye a edificar unos bellos y sólidos cimientos.