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Urnas, mentiras y cintas de vídeo

05/10/2017 07:31 CEST | Actualizado 05/10/2017 07:35 CEST
EFE/Robin Townsend

Este artículo está disponible también en catalán.

1. Urnas

Uno de los misterios más grandes del referéndum del 1 de octubre fueron los senderos que tomaron las urnas para llegar hasta los colegios electorales. Son quizás la metáfora más nítida de lo que está pasando en Cataluña, un buen resumen. Mucha gente se hacía cruces de cómo podía ser que se intervinieran papeletas y carteles, materiales que parecen mucho más fáciles de transportar y ocultar pero, en cambio, de las urnas, ni rastro.

Parece que desde China llegaron a Elna (sur de Francia). Un lugar que mucha gente lleva en su corazón y recuerda con emocionada gratitud. La enfermera Elisabeth Eidenbenz organizó allí una maternidad jugándose la vida para que cientos de refugiadas republicanas pudieran parir en aquella gota de bálsamo con relativa paz.

Las urnas se gestionaron y escondieron en la mejor tradición de la clandestinidad antifranquista. Con imaginación, personas de cualquier edad, adscripción y condición las custodiaron en los lugares más inverosímiles. Hubo pueblos en que se cambiaron de lugar cuatro veces. La organización fue, a tenor de los resultados, exquisita y perfecta. Quizá por eso las urnas han despertado tanta animadversión en personajes de la derecha: a Xavier García Albiol le recuerdan el cubo de poner la ropa sucia (de su mujer, que él se ve que no ensucia); algún comentarista las ha comparado con un tupperware. Una ingeniosa pancarta días antes del referéndum lo resumía perfectamente: «Urna, grande y libre».

Una ingeniosa pancarta días antes del referéndum lo resumía perfectamente: «Urna, grande y libre».

2. El rampante trumpismo

No hay ninguna duda de que Donald Trump ganó y que, además, el trumpismo se ha impuesto. Sólo hay que ver el brutal recorte de derechos humanos aplaudido por todo el republicanismo o la composición del hasta ahora prestigioso Tribunal Constitucional yanqui. Y sobre todo, sobre todo, el triunfo de la mentira antes, durante y después de las elecciones. Y en todas partes.

El PP, Mariano Rajoy, perdió las elecciones por culpa de las groseras mentiras de José María Aznar sobre la autoría de los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Es dudoso que ahora mentiras como aquellas desautorizaran a quien las pronunció como lo hicieron entonces.

Ya puede haber filmaciones y pruebas palmarias y crudas de la crueldad y la brutalidad de la intervención policial azuzada contra una población vulnerable e indefensa durante el 1 de octubre. Trabajadoras y trabajadores de la propia TVE pública han denunciado como la cadena ha intentado tergiversar, maquillar, no informar, sobre lo que pasó, sobre la violencia desatada en el asalto a los colegios.

La Fiscalía ha presentado un escrito ante el juzgado de Barcelona que se encarga de la denuncia de la Generalitat contra las cargas de la Policía y la Guardia Civil. Y si ya ruboriza el «ejercicio intelectual» de la Fiscalía consistente en extraños recuentos y estadísticas de gente agredida, violentada y herida durante el referéndum, si ya pone la piel gallina y aterra que se culpabilice a las víctimas de la represión y no a quien les infligió las lesiones, hace temer lo peor que la Fiscalía ose decir que «no afectó en absoluto a la normal convivencia ciudadana». El ministerio público, por tanto, se opone a investigar la actuación de ambos cuerpos y pide que se investigue sólo la intervención de un local de votación, la escuela de los jesuitas de Sant Gervasi.

Hace ya tiempo que la derecha y el PP pervierten y arrastran por el barro, cebándose en ello, palabras tan bonitas, llenas de sentido y esperanzadoras como «democracia» o «libertad».

3. Léxico no familiar

El gobierno del PP no para de agravar este cínico, siniestro e inhumano «no afectó en absoluto a la normal convivencia ciudadana» y, en consonancia, tenemos que oír a un irresponsable portavoz cosas como que lo de la gente zurrada es una farsa y que sólo hubo en total cuatro personas heridas; otro insensato atribuye el masivo paro del pasado día 3 al nazismo; mientras tanto, no cesan de espolear la violencia (quieren muertes) con macabras profecías que esperan que se cumplan.

El uso de la lengua va detrás. Y así Soraya Sáenz de Santamaría, con ojos desorbitados (¿pero que creía que haría la gente el 1 de octubre), tiene el atrevimiento de repetir uno de los mantras del momento, que las fuerzas policiales actuaron «de manera proporcionada y proporcional».

¿Qué se debe pensar que significa «proporcionada» y «proporcional»? Tanto da. La cuestión es colocar la palabra el mantra aunque contravenga lo que se está diciendo. Hace ya tiempo que la derecha y el PP pervierten y arrastran por el barro, cebándose en ello, palabras tan bonitas, llenas de sentido y esperanzadoras como «democracia» o «libertad».

En nombre de la libertad el PP en detrimento de la escuela pública y cometiendo fraude de ley dan dinero a espuertas a escuelas del Opus, por ejemplo. En nombre de la libertad, canta la implacable lógica de los mercados, alaba las excelencias de la privatización, perpetra reformas laborales y adelgaza el estado de bienestar. En nombre de la libertad, implementa leyes mordaza. En nombre de la libertad, legisla dolorosamente contra los derechos reproductivos y los cuerpos de las mujeres. En nombre de la libertad asesina toros para mayor gloria de la marca España.

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