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Por mis abuelos, por mí, por los que vendrán

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Foto: EFE

El 26J no es una cita electoral al uso, nos jugamos el desempate entre dos bloques, el del inmovilismo y el del progreso. En el caso de los jóvenes, lo que está sobre la mesa es continuar con las políticas desastrosas que han hipotecado el futuro de nuestra generación y del conjunto del país, o la posibilidad de cambiar el rumbo para poder aspirar a generar un nuevo pacto intergeneracional y de convivencia que no vuelva a dejar a la juventud atrás.

El balance, para nuestra generación, de estos años de mal gobierno es desastroso y sin duda se puede afirmar que hemos sido uno de los colectivos más golpeados por la crisis. El paro afecta a más de la mitad de los jóvenes en edad de trabajar y cada vez se imposibilita más nuestro acceso al empleo en condiciones dignas. La temporalidad se ha convertido en nuestra principal forma de relación con el mercado laboral, y alcanza al 53% de los contratos que los jóvenes firmamos. No es de extrañar, por tanto, que tengamos una de las tasas de emancipación juvenil más bajas de Europa, ni que desde el inicio de la crisis, miles de jóvenes preparados y formados con dinero público hayan tenido que emigrar para tener alguna oportunidad laboral, cotizando, produciendo riqueza y conocimiento en otros países.

Alternamos paro y precariedad sin posibilidad de tener ningún tipo de proyecto de vida a medio o largo plazo, sin posibilidad, por tanto, de pensar en formar un familia con un mínimo de certezas. Mientras el PP se llena la boca diciendo defender a las familias, nos imposibilita a las personas jóvenes las condiciones materiales necesarias para poder plantearnos con cierta seguridad formar una.

Hasta el FMI nos llegó a catalogar a la juventud española que hemos vivido la crisis como "una generación perdida". Pues bien, el problema no éramos nosotros. La gente jóven, como el conjunto de la sociedad española, hemos cumplido nuestra parte del trato.

Nos hemos esforzado, nos hemos formado y hemos trabajado duro para poder obtener un presente decente, y cuando comprendimos que nos lo estaban robando, salimos a las plazas junto a tanta gente a visibilizar el país real y no el que nos estaban tratando de vender. Fue en el 15M, precisamente, donde muchos jóvenes empezamos a comprender que las causas de que no encontráramos trabajo, tuviéramos que abandonar los estudios por no poder pagarlos o que pensáramos en hacer las maletas como única alternativa, no eran situaciones individuales que nos había tocado vivir, ni mucho menos algo de lo que fuéramos responsables. Era la radiografía de una generación que hemos sido abandonada por quienes deberían representarnos, y castigada por políticas que, además, se han demostrado ineficaces.

Como en aquella primavera en la que ocupamos las plazas y nos encontramos en ellas con nuestros padres y hasta nuestros abuelos, compartiendo enfado pero también ilusión por cambiar las cosas, ahora tenemos la posibilidad de conquistar un futuro digno si vamos a votar en familia.

Desde aquel 15 de mayo y como en todos los procesos de transformación social, la juventud hemos sido una parte importante del impulso de cambio que ha sacudido nuestro país, pero somos conscientes que no cruzaremos el río si remamos solos. Como en aquella primavera en la que ocupamos las plazas y nos encontramos en ellas por primera vez con nuestros padres y hasta nuestros abuelos, compartiendo enfado pero también ilusión por cambiar las cosas, ahora tenemos la posibilidad de conquistar un futuro digno si vamos a votar en familia.

Estos años hemos pasado del "no te metas en política" que nos repetían nuestras familias a que entendieran que la política que sirve a los intereses de la gente, es precisamente la que se hace así, con padres e hijos compartiendo la alegría por el país que viene. En mi caso, acudiré a votar cambio con mi familia, con mis padres votantes socialistas de toda la vida que han sabido comprender que mi futuro, y también su merecida jubilación dependen de que este domingo ganemos. También con mi abuela, que ha luchado duro por su familia y ahora tiene que volver a pelear para que no nos roben los derechos que su generación conquistó. Y es en esta alianza generacional que estamos sabiendo tejer, donde reside una de las grandes riquezas del proyecto que desde Podemos estamos poniendo sobre la mesa: hemos aprendido que la mejor garantía de futuro para la juventud es fundar un proyecto de país en el que entremos todos y todas, que no deje a nadie atrás.

Un país en el que la juventud podamos acceder a empleos dignos con derechos que nos permitan pagar las pensiones de nuestros abuelos, uno en el que podamos trabajar y cotizar aquí para poder contribuir con la Sanidad, la Educación o los Servicios Sociales de todos, uno en el que podamos tener familia porque podemos acceder y mantener una vivienda. Y esto no es solo una cuestión de justicia, que también, es una cuestión de viabilidad de un país. Si no nos apresuramos a generar un nuevo modelo productivo y un nuevo marco laboral, educativo y de derechos que permita involucrar a todas las generaciones, se va a ver comprometida la próxima década de todo el conjunto de los españoles. Como pueblo, no podemos permitirnos el lujo de dar a toda una generación por perdida.

Lo que nos jugamos el 26J la gente joven pero también el conjunto de la sociedad española no es baladí. Nos jugamos tener que resignarnos a ser una juventud abandonada por parte de los que mandan, o bien ser la generación que asuma la tarea histórica de transformar este país y sentar las bases de un nuevo acuerdo social que democratice las instituciones y trabaje por devolver la política, y también la alegría al pueblo.