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La guerra fría: el aire acondicionado está de vuelta

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La guerra fría llega paradójicamente con el verano y se trata de la lucha por la supervivencia en climas extremos: ecosistema antártico en los interiores de los edificios, oficinas, cines, transporte público, etc. y ecosistema sabana en lugares al aire libre.

Hay ocasiones en las que los cambios de temperatura son tan drásticos que temo que me salgan estrías de tanto hincharme por el calor y deshincharme por el frío en cuestión de minutos. Aunque me debato también entre sus beneficios: puede que la criogenia me permita ahorrarme mucho dinero en futuros tratamientos de botox.

No me puedo creer que en un mundo en el que hemos alcanzado la luna, hemos descifrado el genoma humano y hemos creado coches que aparcan solos, no seamos capaces de crear burbujas individuales con microclimas al gusto del usuario. Llegar a tu puesto de trabajo, meterte en tu burbuja, con wifi, por supuesto, y trabajar sin estar contracturado por el frío en un estado previo a la hipotermia debido al chorro de aire del ártico que te cae sobre la espalda y te deja escarcha en el pelo.

Como oí no sé dónde, hacía tanto frío que iba al baño y "liberaba" Calippos (bueno, no lo decía tan finamente, pero no quiero que Google me indexe por palabras escatológicas).

Ir de compras en época estival se convierte en deporte de riesgo: supone tener que esquivar los carámbanos de hielo que caen de las toberas de los probadores.

En el transporte público, según pisas el autobús, recibes una masa compacta de aire de las cumbres del Everest que te deja la nariz como los escaladores, a punto de desprenderse de la cara. Te sientes como un salmón Noruego que cruza Europa en un vagón frigorífico para llegar como recién pescado a Cádiz. Y aun así siempre habrá una señora abanicándose enérgicamente.

Ir de compras en época estival se convierte en deporte de riesgo: supone tener que esquivar los carámbanos de hielo que caen de las toberas de los probadores. Y todo ello probándonos ropa de verano. Probarse un bikini es echarle un pulso a la muerte. Ahora que llegan las rebajas cualquier tienda puede convertirse en un Stalingrado.

En el cine es el momento ideal para reponer Titanic. La sensación de estar en las frías aguas del Atlántico es tan real que el espectador puede llegar a creer que realmente se está hundiendo en su butaca.

Esta semana he conocido a un hombre que actúa en la sombra. Un hombre que normalmente no tiene cara, ni nombre. En mi imaginario mental vive en los sótanos, aislado en una especie de bunker rodeado de material electrónico con luces rojas y verdes parpadeantes.

Este señor tiene más poder que cualquier jefe de estado, que cualquier alto mando de las Fuerzas Armadas, que cualquier súper héroe. En sus manos está la manipulación climática.

Es el hombre que controla el aire acondicionado de los edificios, el único que puede tocar "los perimetrales" que debe ser algo tan sensible que puede hacer estallar el edificio si varía la temperatura unas solas décimas arriba o abajo. Me lo imagino con mucho estrés, como Keanu Reeves en la película que tiene que evitar que un autobús que lleva una bomba suba o baje la velocidad.

Yo voto por ventiladores. Por aquello de sentirme diva rollo Paulina Rubio mientras trabajo con el aire moviéndome el pelo (que puede convertirse en un drama de nudos) y porque obviamente el aire que sale es soportable, no dispara estalactitas.

Y pensar que los hay que con el aire acondicionado a 10 grados todavía tienen calor...

Ahora con vuestro permiso me voy a tomar un consomé. Y pido a Dios que me perdone por reírme de las sandalias con calcetines de los turistas. Muy a favor de esta combinación.

Este post fue publicado originalmente en el blog de la autora.