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Los 'spots' de coches mienten: conducir es una basura, y más en Madrid

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Ilustración: Alfonso Blanco

Todos los días me hago cerca de cuarenta kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, más los que tarde en aparcar, en mi bonito y comercial barrio de Madrid. O sea, para entendernos, que trabajo a tomar por saco y no me gano el pan lo suficiente para una plaza de garaje en mi edificio.

En mi camino, veo todos los días las montañas, y nunca he tenido un aspecto tan saludable. Tanto que podría doblar a Heidi en las escenas difíciles.

Veo ovejas y campo, mucho campo. Incluso hay momentos en los que se pierde la cobertura. Vivo en pánico por si me salta el roaming y la radio deja de funcionar. Maldigo a Hollywood por esas películas en las que esto pasa y aparece un asesino. En invierno, de noche todo el camino, es muy recurrente la imagen de la chica de la curva.

Me siento como en un videojuego en el que tengo que ir pasando pantallas mientras esquivo conejos, pájaros, pajarracos al volante y coches, pero me falta el coraje de Lara Croft.

He aprendido a convivir conmigo misma. Dos horas al día las dedico a hablar sola. En el viaje de ida, no soy muy buena conversadora, dejo que hable la radio, pero en el de vuelta, soy una feria. Nunca había pasado tanto tiempo a solas conmigo.

Entre otras conclusiones, he llegado a una clara: los spots de las marcas de coches son una farsa. No me gusta conducir. No me gusta compartir asfalto con descerebrados que pasaron el examen práctico en una atracción de coches de choque. Nunca vas solo por la carretera, ni te para nunca un policía buenorro que te perdona la multa y te pide el teléfono; son guardias civiles con cara de no tomar esos cereales que ayudan a ir al baño y que no te perdonan ni que existas.

Y otra conclusión a la que he llegado después de años llevando el coche pegado al culo es que si alguien te puede hacer el mal, lo va a hacer. Es ponerle un volante entre las manos a un cretino y multiplicarse exponencialmente su grado de idiotez. Y es que el mundo de la carretera está lleno de listillos con cerebros de hámster metidos en coches-tanques.

Aunque el tamaño no es orientativo de la falta de seso. Hay coches pequeños que se creen Boeings.

Si algo acuso especialmente es la falta de intermitentes. He llegado a pensar que ya no vienen de serie. Sí que traen WiFi incorporado los nuevos modelos, que ya me diréis lo necesario que es mientras conduces, pero no estas maravillosas lucecitas. Algunos llevan el coche por dentro con más farolillos que una caseta de feria, bien tuneado, pero no son capaces de utilizar las de fuera.

Poner o no poner el intermitente hace que segmente a las personas en educadas y no educadas. El intermitente es, además de un salvavidas, un símbolo de cortesía. NO tengo poderes mentales. NO sé leer la mente. NO sé que vas a girar a mi carril porque NO tengo superpoderes. Tu mente, gracias a Dios, no es accesible para mí.

Los instintos más bajos del ser humano salen a la luz al volante. Yo misma insulto, grito y digo palabras como si me hubiera poseído el mismísimo espíritu de Belén Esteban.

Y no me vale con que señalices lo que vas a hacer mientras lo estás haciendo. Para entendernos: no poner un intermitente es como entrar en una casa ajena sin llamar al timbre. Eres un intruso, asustas y puedes provocar un accidente (cardiovascular si entras en una casa sin avisar, de tráfico en la carretera).

Los instintos más bajos del ser humano salen a la luz al volante. Yo misma insulto, grito y digo palabras como si me hubiera poseído el mismísimo espíritu de Belén Esteban. Eso sí, con la ventanilla subida, que soy muy cobarde.

Mi estilo es más el docente. Doy las largas a todo el que me la hace. Así que sufro de artrosis en los dedos, porque es un no parar de accionar la palanquita. Es agotador. A veces sueño con que tengo un tanque o un tren y dejo el coche que me la ha jugado hecho un acordeón.

Las rotondas en sí mismas dan para un post completo. El inventor de estas ruedas de hámster para humanos estará orgulloso de su aportación a la humanidad. Es lo más cercano a un agujero negro que te atrae, pero nunca te expulsa. Tienes que contar hasta tres, echarle narices y pegar volantazo para salir del bucle, porque nadie saber moverse bien por ellas. Si en línea recta tenemos dificultades para ir por nuestro carril, dando vueltas eso se convierte en una atracción de feria entre el tiovivo y los coches de choque.

En los semáforos, yo me ahorraría un color: el ámbar. Todo el mundo se lo pasa por donde se pasan las cosas que nos da igual. El ámbar es una invitación a acelerar para el 90% de la población. El 10% restante es daltónico y, ante la duda, también se lo salta.

Los hay que suelen ir entre dos carriles. Es lo más cómodo. Tirar por la vía de en medio y ya si eso, cuando tome la decisión de si tengo que girar a la derecha o a la izquierda, me defino.

Respecto a los taxistas, conductores de autobús, agentes de movilidad y demás servicios públicos, me dan para varios posts.

En definitiva: que veo Madrid como las pistas de los coches de choque. Que vamos a mala leche a dar al contrario. Sólo falta que Carmena ponga altavoces con Camela para amenizar los recorridos por la ciudad para sentirse en la feria.

Hoy solo descargo mi indignación contra lo mal que conducimos. Y es que, la forma de llevar el coche de las personas es un claro reflejo de su personalidad.

Nunca olvidaré mi primera clase en la autoescuela, cuando mi primer profesor, un cenizo que me provocaba salvajes ataques de caspa, me dijo aún sin arrancar: "Ahora llevas una máquina de matar entre las manos". Después de superar el trauma y apretar dientes, me lo tomé en serio. Al volante, tonterías las justas.

Ahora, por favor, que inventen ya un dron supersónico para transportar personas. ¡No aguanto estos viajes conmigo misma y sorteando pruebas!

Este post publicado originalmente en el blog de la autora.