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Mi turbulenta historia de amor con Fidel Castro

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CASTRO
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Tras una infancia y un principio de adolescencia marcados por la influencia del mariscal Pétain y por el nacionalismo integral de mi padre inspirado por Charles Maurras, me rebelé. Y esa rebelión me llevó, como a tantas otras personas de la época, a movimientos de izquierdas, hacia el anticolonialismo y el antiimperialismo. De manifestación en manifestación, denunciábamos las guerras de Argelia y Vietnam. Y también como tantas otras personas, jóvenes y menos jóvenes, de París a Santiago de Chile, de California al sudeste asiático, pasando por Europa y África, nos entusiasmamos con la Revolución Cubana.

Y había motivos para entusiasmarse. Pensad en la figura mítica de un Fidel Castro de 26 años luchando contra Batista, ese dictador a sueldo de Estados Unidos; en su encarcelamiento; en su alegato La historia me absolverá; en la creación del Movimiento 26 de julio; en su liberación; en su exilio y en su desembarco en 1956 junto al no menos mítico Che Guevara en el yate Granma. Una docena de guerrilleros perseguidos por dos mil soldados del dictador mafioso. Dos años después, levantaron al pueblo y derribaron a Batista, respaldado por los Estados Unidos.

Pensad en la figura mítica de un Fidel Castro de 26 años luchando contra Batista, en su encarcelamiento, en su exilio y en su desembarco en 1956 junto al no menos mítico Che Guevara.


Tras esa increíble victoria, Fidel Castro declaró: "El capitalismo sacrifica al hombre; el estado comunista, con su concepción totalitaria, sacrifica los derechos del hombre. Por eso no estamos con ninguno de ambos sistemas. [...] Esta revolución no es roja, sino verde olivo". Verde olivo: el color del uniforme de los guerrilleros.

Sí, había motivos para entusiasmarse. Fidel puso como prioridad absoluta la educación y la salud. En unos años, el analfabetismo se redujo, los cuidados médicos se hicieron accesibles para todos... Había motivos para estusiasmarse con Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Agnès Varda, Chris Marker, Andy Warhol, François Maspero y tantos otros...

Como decía Federico García Lorca: "Iré a Santiago en un coche de agua negra"... En fin, yo no hacía más que soñar con ir a Cuba y ese sueño se hizo realidad en 1964, cuando la Unión de Estudiantes Comunistas (UEC) organizó el primer viaje de estudiantes franceses a Cuba, bajo la responsabilidad de Bernard Kouchner. Aterrizamos en Santiago la víspera del 26 de julio, cuando Fidel Castro, frente a una impresionante multitud, dio un largo discurso no menos impresionante.

Tenía 23 años y empezaba una historia de amor que duraría cuatro años. La ternura de Fidel es increíble. Y, aunque no tenía elección porque era un héroe, nuestra relación fue transformándose poco a poco: en cuanto se quitaba el cinturón y las armas, olvidaba al Líder Máximo. Me doy cuenta de que, sea Comandante o no, es el hombre al que quiero.

Sin embargo, enseguida empezaron nuestros desacuerdos. No soporto que en Cuba se trate tan mal a las mujeres y, sobre todo, a los homosexuales. Fidel intenta tranquilizarme: entre el bloqueo y esas tentativas de asesinato de las que soy testigo, los estadounidenses no le dejan elección. Aunque aborreció el estalinismo, aunque un día me confesó entre risas que nunca le interesaron ni Lenin ni Marx con sus historias de luchas de clases y la estúpida dictadura del proletariado, Fidel se declara obligado a seguir aceptando la ayuda de la Unión Soviética. Una decisión que me desespera tanto como me inquieta para el futuro.

Un día me confesó entre risas que nunca le interesaron ni Lenin ni Marx con sus historias de luchas de clases y la estúpida dictadura del proletariado.

Por otra parte, me niego a irme a la guerrilla, lo que me sume durante un tiempo en una dolorosa culpabilidad. Pese a su insistencia, me niego a darle un hijo y a seguir viviendo en La Habana. Cada año decido volver a París en septiembre al comienzo de la Universidad, pero nunca estoy segura de los motivos.

Nos escribimos de forma regular, le convenzo para invitar a mi madre y lo hace inmediatamente, me da miedo enterarme de su muerte y, cuando vuelvo en vacaciones, me recibe con la misma ternura que me maravilla. Al igual que me maravilla la libertad de nuestra relación: Fidel sabía que yo tenía amantes, nunca hablaba del tema, pero yo sabía que lo sabía, porque los servicios secretos tenían la obligación de informarle. En cuanto a él, yo tampoco tenía dudas de que entre dos intentos de asesinato, entre dos ciclones, entre dos cosechas de caña de azúcar, quedaba con mujeres. Pero: libertad, libertad...

Por otro lado, nuestros desacuerdos políticos se agravan. Pese a la muerte del Che y el arresto de Régis Debray, lo cual me desespera, no soporto que Fidel no condene la invasión de Checoslovaquia por la URSS. Y luego, los casos Padilla y Ochoa me asquean.

Aunque sepa que la homosexualidad es el único tema sobre el que Fidel Castro ha hecho autocrítica, y que Cuba va por delante de muchos otros países, dejo de identificarme con esta isla que tanto he querido y con esta liberación nacional que tanto he admirado.

En Alabados sean nuestros señores, Régis Debray escribe que empieza a llamar "Castro" a Fidel: "El cambio de nombre se hace sin animadversión. Con tristeza y en silencio, como después de una derrota íntima".

Yo lo entiendo, pero no llego a imitarlo: para mí, Castro no borra a Fidel.

Este post fue publicado originalmente en la edición francesa de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del francés por Marina Velasco Serrano

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