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Medio siglo de cine: 'La pasajera', de Andrzej Munk

06/07/2014 09:50 CEST | Actualizado 04/09/2014 11:12 CEST

Perteneciente a la Escuela Polaca de Cine -integrada, esencialmente, por el precursor Aleksander Ford (1908-1980), Andrzej Wajda (1926), Stanislaw Różewicz (1924-2008), Jerzy Kawalerowicz (1922-2007), Tadeusz Konwicki (1926), Wojciech J. Has (1925-2000), y Kazimierz Kutz (1929)-, Andrzej Munk nació en Cracovia en 1921. Tras sus estudios de bachillerato, al declararse la guerra, encuadrado en una organización paramilitar juvenil, se incorporó al frente en Silesia, pero la familia, debido a sus orígenes judíos, se trasladó a Varsovia. En 1942 se alistó en la clandestina organización militar de la Juventud Socialista Independiente. Perseguido por la Gestapo, se refugia en Denków baja el nombre de Wnuk. De nuevo en Varsovia, participa en la insurrección de la ciudad, cae prisionero, pero logra huir desde un tren en marcha y se cobija en Zakopane trabajando en el funicular de los Montes Tatra.

De regreso en Cracovia, entra en la célula universitaria del PPS (Partido Socialista Polaco). En 1945, finalizada la guerra, comienza los estudios de arquitectura en la Universidad de Varsovia pero, enfermo de tuberculosis, debe trasladarse a Suecia para su curación. En 1946 ingresa en la Facultad de Derecho, al tiempo que se casa con Joanna Próchnik, hija de un líder del PPS. En 1948 renuncia a la jurisprudencia y accede a la Escuela Superior de Cine de Łódź para estudiar cámara y dirección. Como director, debuta con el cortometraje El arte de los jóvenes (1949), inicio de su larga colaboración en los noticieros de la productora WDF. En 1952 fue expulsado del PPS "por conducta indigna como miembro del Partido". Su desinterés por la militancia política le proporcionará un alto grado de independencia creativa durante el periodo del realismo socialista.

Diez cortometrajes -entre ellos, Diarios de campesinos (1952), Palabra de ferroviario (1953) y Un domingo por la mañana (1955)- y cinco largometrajes -Las estrellas deben brillar (1954), La cruz azul (1955), Un hombre en las vías (1957), Eroica (1959) y Una suerte perra (1959)-, así como diferentes trabajos para la televisión (sobre todo, una premonitoria adaptación, en 1960, de la radionovela La pasajera, basada en la obra de Zofia Posmysz-Piasecka), precedieron al rodaje de la que había de ser su última e inconclusa obra. Andrzej Munk falleció el 20 de septiembre de 1961 en accidente de tráfico. La pasajera se estrenó póstumamente años más tarde gracias al trabajo de sus amigos y colegas Andrzej Brzozowski, Wictor Woroszylski y, sobre todo, Witold Lesiewicz.

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Cartel de la película La pasajera / FILMAFFINITY.COM

En 1959, Munk había escuchado en la radio la historia escrita por Zofia Posmysz, que le cautivó. En un trasatlántico, un matrimonio de alemanes, Liza y Walter, se dirigen a los EEUU. Entre los pasajeros, ella se fija en una mujer, cuya presencia le angustia, y se ve

obligada a contar a su marido los motivos de su desasosiego. Así descubrimos su pasado, hasta ahora celosamente secreto: Liza había sido vigilante (Aufseherin) de las SS en el campo de exterminio de Auschwitz y la mujer que ha visto le recuerda a Marta, una polaca prisionera política a su cargo. Los secretos que rodean su pasado, su culpabilidad, sus excusas y coartadas, la conducen a un conflicto consigo misma y con su marido.

Munk pidió a la autora su colaboración para realizar un telefilme sobre idéntica base argumental. Se incorporaron nuevos personajes y el enfrentamiento entre marido y mujer adquirió mayor dimensión. Los recuerdos de Auschwitz fueron abordados solo mediante el diálogo, sin imágenes. La versión cinematográfica que hoy conocemos es una elaboración más sofisticada, en la que el pasado recobra un lugar preponderante: el 'lager' es evocado visualmente y las relaciones entre Liza y Marta, torturadora y víctima, adquieren una mayor complejidad moral y psicológica. El rodaje se inició a mediados de 1961 utilizando como exteriores las instalaciones del propio Auschwitz y ocupando los antiguos aposentos de las SS, donde Munk leía en voz alta las Memorias de Rudolf Höss, comandante del campo de exterminio de Auschwitz, editadas hacía poco.

Andrzej Munk encontró la muerte en una colisión con un camión en la ruta de Łódź a Varsovia. Dejaba un film inacabado. Las escasas escenas en el barco que habían sido rodadas no eran de su agrado. Después de varios intentos de reconstrucción, sus colaboradores decidieron el formato final. No añadieron nada nuevo, limitándose al montaje de las escenas ya filmadas bajo la forma de tres intensos flashbacks. Utilizaron las fotos fijas en el buque como engarce narrativo, incluyendo un comentario 'en off' que explica la naturaleza inconclusa de la película. Bajo esta forma (poco más de 60 minutos) ha llegado a nosotros La pasajera, una excepcional reflexión crítica sobre nuestra historia contemporánea, en la que Munk trató de descubrir el misterio del sufrimiento y de los valores humanos sometidos a tensiones extremas.

En los años inmediatamente anteriores al estreno de La pasajera, el cine europeo había evocado los campos de concentración nazis (La última etapa, Wanda Jakubowska, 1947; Noche y niebla, Alain Resnais, 1956; L'Enclos, Armand Gatti, 1960; Kapò, Gillo Pontecorvo, 1960 o Le temps du ghetto, Frédéric Rossif, 1961), pero nunca antes un film había mostrado ese pasado como si se tratase de un presente perpetuo ni había denunciado el infierno concentracionario con la justeza de tono y la persuasión obtenidas por Andrzej Munk (mucho más tarde fue desgranándose la obra de Claude Lanzmann: las fundamentales nueve horas de Shoah (1985, DVD en Filmax), y sus secuelas Tsahal (1994), Un vivant qui passe (1997), Sobibor (2001), así como la entrevista al rabino Benjamin Murmelstein, último presidente del Consejo Judío del campo de Theresienstadt, en la que se basa El último de los injustos (2013, DVD en Avalon). La historia está contada con extremada sutileza, evitando la representación estereotipada de las atrocidades.

Aunque existen sobrentendidos eróticos en la fascinación ejercida por Marta sobre Liza, no encontramos los extravíos sexuales de otros filmes posteriores (La caída de los dioses, Luchino Visconti, 1970; Portero de noche, Liliana Cavani, 1975; Pasqualino settebellezze, Lina Wertmüller, 1975; Novecento, Bernardo Bertolucci, 1976) o el sadismo antisemita de La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993). ¿Por qué Liza protege a Marta de una forma tan obsesiva, incluyéndola en la categoría Bevorzugter Häftling ("prisionero privilegiado"), que las SS utilizaban para la administración del campo como instrumento de su longa manus? Aunque Liza está obligada a ejecutar órdenes superiores (¡la coartada de la obediencia debida!), trata de mostrarse, según su confesión, como una funcionaria benevolente. Seducida por la obstinación de Marta en preservar su dignidad y su libertad interior, pretende quebrarla jugando con ella al ratón y el gato.

Antes de que el proceso de Adolf Eichman nos revelara lo que Hannah Arendt denominó como "banalidad del mal", Munk había ya dicho que los millones de seres humanos exterminados durante la guerra no fueron asesinados por una cuadrilla de monstruos sino por gentes normales, burócratas de la muerte. Liza es una criminal, no una alimaña, sus actos son creíbles no por su exceso sino por su falta de personalidad.

"En La pasajera, he querido decir que el hombre no puede escapar a su pasado, que es responsable de sus actos ante la sociedad y ante su conciencia" (A. Munk)

En 1968, con libreto de Alexander Medvedev, el judeo-polaco Mieczysław Weinberg (1919-1996) compuso la ópera La pasajera, basada en la novela de Zofia Posmysz [coproducción de Wielki Teatr Warsaw, English National Opera London y Teatro Real de Madrid. Existe DVD (Neos 51006) de la grabación, en 2010, en Bregenzer Festspiele, con la Wiener Symphoniker (Teodor Currentzis) y el Prague Philharmoniker Choir (Lukáš Vasilek), y con un reparto encabezado por la mezzosoprano Michelle Breedt (Liza), el tenor Roberto Saccà (Walter) y la soprano Elena Kelessidi (Marta)]. De ella dijo Shostakovich: "Es un himno al hombre, a la solidaridad de aquellos que se enfrentaron a la más terrible de las plagas: el fascismo".