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Votar por el cambio

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Celso Pupo rodrigues via Getty Images
Celso Pupo rodrigues via Getty Images

Apenas seis meses después de las elecciones de diciembre los españoles estamos llamados otra vez a las urnas este domingo. Lógicamente, el hastío por la situación ha hecho mella en todos durante este tiempo: los mismos candidatos, los mismos argumentos, discursos de cara a la galería repetidos hasta la saciedad, el mismo afán en mostrarnos la "cara humana" de los aspirantes a través de programas de TV de todo pelaje y, de nuevo, una congénita incapacidad de dialogar de la que están haciendo gala todas las formaciones. Todo apunta en teoría a que al final vamos a asistir a una triste repetición de los resultados del pasado invierno, encontrándonos de nuevo con un país ingobernable.

Sin embargo, no estamos en una especie de día de la marmota: tu voto este domingo es incluso más importante que en diciembre para generar el cambio que urgentemente necesita nuestro país.

¿Por qué un cambio?

El Partido Popular, actualmente en el Gobierno, rechaza de forma frontal, como es obvio, la necesidad de un cambio. Apelando al miedo primario a lo desconocido y defendiendo la continuidad en sus políticas para salir más rápido de la crisis, está logrando que muchos se planteen la conveniencia de mantenerse en esta senda, confiando en una recuperación que no acaba de llegar del todo. Pero, ¿hasta qué punto tienen razón? Si nos paramos a realizar un balance objetivo de la situación, es cierto que vemos alguna mejora a corto plazo, en cuanto a recuperación económica y descenso del desempleo. Pero si realizamos un análisis en profundidad, vemos que este camino, a largo plazo, solo nos lleva a la miseria generalizada. A pesar del espejismo de algunas cifras positivas, el balance después de estos cuatro años (y pico) de gobierno, es dolorosamente malo para el grueso de la población. Podríamos rellenar un tratado entero con los estragos provocados por sus nocivas políticas, pero a modo de resumen basta resaltar el aumento de la desigualdad y del porcentaje de personas en riesgo de exclusión social; la creación de empleo de calidad ínfima, que condena a las generaciones más jóvenes a la precariedad indefinida; el descenso del número global de horas trabajadas (lo que muestra que más que crear empleo, se ha distribuido y precarizado el existente); el crecimiento del número de parados de larga duración; la continua presión fiscal a autónomos y pequeñas empresas, que son desplumados mientras se hace la vista gorda y se otorgan amnistías fiscales a defraudadores; el aumento brutal del endeudamiento del país -lo que supondrá que en breve nos veamos sometidos a otra ronda de recortes sociales-; el continúo éxodo de nuestros jóvenes, obligados a marcharse al extranjero para tener una vida digna; la generalización de la corrupción y de la utilización de las estructuras del estado de forma partidista y clientelar, etc.

Estos son los hechos reales, que afectan a nuestra gente, y que claman por una corrección de rumbo urgente. Cualquier otra apelación al miedo para rechazar el cambio (refiriéndose a Venezuela, a la situación griega...) se basa en realidades poco o nada comparables a la española, y son simplemente una estratagema para mantener una situación a todas luces desfavorable para la mayoría del país.

¿Qué cambio necesitamos?

Del mismo modo que con un mínimo análisis resulta claro que el rumbo elegido por Mariano Rajoy no es el más adecuado, es evidente que no todos cambios posibles son buenos o deseables. Un cambio positivo debería suponer, a corto plazo, levantar las alfombras, apostar por la transparencia y borrar el rastro de las tramas clientelares y corruptas instauradas por los gobiernos del pasado. Además, a medio plazo implica como puntos esenciales reformar y racionizar la administración pública -recortando en gastos superfluos, eliminando burocracias y estructuras innecesarias-, implicar a la ciudadanía en la gestión de lo público y garantizar los servicios públicos básicos, así como una reforma fiscal que realmente reparta de forma equitativa y justa las cargas y suponga luchar de verdad contra el fraude. A largo plazo, ese cambio debería significar un nuevo proyecto estratégico para nuestro país y para Europa. Un proyecto ilusionante que de una vez abandone el maldito cortoplacismo del que hacen gala nuestros políticos -obsesionados con mejorar las cifras de empleo de un trimestre a otro aún a costa de precarizarlo destruyendo de paso a la clase media española- y que se centre de una vez en repensar nuestro caduco modelo social y económico basado en burbujas y pelotazos. Necesitamos una revolución educativa y emprendedora capaz de transformar España apostando por la sostenibilidad, por la economía social y verde, por las nuevas tecnologías y por la colaboración frente a la competitividad, para adaptarnos con ambición a los retos del siglo XXI. Y necesitamos enfocar nuestra relación con Europa de otra manera, reclamando la construcción de una UE abierta y solidaria, que ponga a las personas por delante del beneficio económico.

¿Quién está condiciones de traer este cambio?

Los partidos tradicionales, enquistados en el poder, se han mostrado reiteradamente incapaces para desarrollar cualquier reforma ambiciosa. El PP por su ideología directamente antisocial, incapaz de ver más allá de las grandes cifras económicas a corto plazo y lastrado por su enorme conservadurismo y su absoluta cortedad de miras. Y el PSOE, por desgracia, por su absoluta falta de compromiso con un cambio real, tanto por su profundo enraizamiento en las estructuras de poder y clientelares perpetuadas por el turnismo bipartidista (véanse las tristemente famosas puertas giratorias) como por el abandono ideológico de posiciones de cambio social ambiciosas. Ambos partidos, lejos de articular un proyecto de país a largo plazo, están basando su campaña en los argumentos más básicos y viscerales, recurriendo de forma constante al voto del miedo y azuzando de forma populista el odio de los españoles contra los "enemigos de la patria".

Demos una oportunidad a otra forma de hacer las cosas y rompamos, de una vez por todas, con un bipartidismo condenado al fracaso.

Se podría decir que algunas de estas reformas que tanto necesitamos podrían ser acometidas por un nuevo partido como Ciudadanos, sobre todo en cuanto a regeneración democrática y lucha contra la corrupción (aún considerándome de izquierdas, creo que no es un acierto demonizar de forma absoluta a este partido), pero lo cierto es que sus políticas económicas son francamente continuistas y su previsible política de pactos en este momento lo único que supondría, tal y como está el tablero electoral, es la consolidación de Mariano Rajoy en el poder.

Por eso, en estos momentos, la opción más viable para aprovechar la oportunidad de cambiar el rumbo de nuestro país es votar a Unidos Podemos. A pesar de sus múltiples defectos e inconsistencias, son la única alternativa con un programa sólido y consecuente (apoyado por más de 200 economistas de prestigio de todo el mundo) en el que se prevén muchos de los cambios que refería un poco más arriba. Un programa que no se va a quedar en una mera promesa: podemos confiar en que se pondrán manos a la obra para ponerlo en marcha porque no están lastrados por deudas bancarias, lazos con el poder económico y demás intereses creados. Además, sus posibilidades de gobernar son hoy más altas que nunca.

¿Por qué ahora?

Tal y como prevén las encuestas, Unidos Podemos es ahora mismo la alternativa más clara al PP para encabezar un nuevo gobierno de cambio: no solo supera claramente al PSOE, sino que algunos sondeos prevén que este domingo puede igualar en número de votos al partido de Mariano Rajoy.

Una de las claves que explican esta situación actual frente a la de diciembre es la consecución de la confluencia de la izquierda. Algo que muchos ya dan por hecho, pero que ha costado sangre, sudor y lágrimas, infinitas negociaciones y no pocos enfrentamientos. Aunque después de haber vivido el proceso de primera mano he visto no pocos detalles de divismo, soberbia e imposiciones por parte de ciertas formaciones, lo cierto es que por fin podemos hablar de un frente progresista de cambio en condiciones, en el que no solo participan Podemos e Izquierda Unida, sino formaciones tan importantes para la defensa de un programa responsable con el medio ambiente como Equo y pequeños partidos como Democracia Participativa, profundamente comprometido con seguir abriendo las instituciones a los ciudadanos.

Los efectos de esta confluencia, como muchos veníamos previendo, están siendo muy positivos a nivel electoral: no solo con los mismos votos la representación de Unidos Podemos se multiplica (evitando que cientos de miles de votantes de Izquierda Unida se queden sin representación al tratarse de un voto minoritario pero ampliamente distribuido en todas las circunscripciones provinciales), sino que está atrayendo a muchos nuevos votantes, hartos de enfrentamientos fratricidas en la izquierda, que por fin aprecian una clara voluntad de dejar a un lado las siglas para unirse en la defensa de los intereses del grueso de los españoles.

Además, el resto de circunstancias son más favorables más cambio que nunca: los sucios ataques que desde distintos medios de comunicación afines al poder se estaban lanzando contra el entorno de Podemos están decayendo por la falsedad intrínseca de muchas de las acusaciones (el caso Errejón o la supuesta financiación irregular del partido), demostrada tanto por su desestimación a nivel judicial como por derivar de manipulaciones burdas fácilmente contrastables. Mientras tanto, partidos como el PP o el PSOE siguen demostrando con continuos escándalos lo profundamente enquistados que se encuentran en sus senos la corrupción, el nepotismo y el uso de los aparatos del poder en su propio beneficio.

Por todo ello, ahora es el momento. El momento de apostar sin miedo por el verdadero cambio. Quizás nos equivoquemos y dentro de unos años sea necesario volver a corregir el rumbo, pero si seguimos como hasta ahora, el aciago resultado es a todas luces claro. Demos una oportunidad a otra forma de hacer las cosas y rompamos, de una vez por todas, con un bipartidismo condenado al fracaso.