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La alfombra roja que lleva al letrero de Hollywood

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A pocos días de la 85 entrega del Oscar®, la balanza se ha convertido en un sube y baja (balancín) de emociones, las favoritas han dejado de serlo y el cierre promete un dead-heat (empate).

Con la ceremonia de entrega de los Globos de Oro, de la Asociación de la prensa extranjera en Hollywood hace algunas semanas, se dió el banderazo de inicio a la temida y esperada "award season" (temporada de premios). Cada año kilómetros de alfombra roja se desenrollan, metros de tacones la cruzan, brillan millones de canutillos, plumas, lentejuelas, seda, tafetán, swarovskis y brillantes... en resumen, tendederos de oropel se cuelgan de una a otra suite de los hoteles participantes y crines lavadas, con las últimas tendencias en burbujas de shampoo, una vez peinadas se escurren por hombros e interminables espaldas.

Las alfombras voladoras disfrazadas de jets privados transportan a sus notables pasajeros con salvoconductos que garantizan tratamiento de dignatarios en los aeropuertos del sur de California. La burbuja que es Hollywood se atomiza y se convierte, durante enero y febrero, en miles de burbujas de champaña entre las que flotan negocios y deals (acuerdos), se empaquetan películas, series, historias y guiones. Las pieles se estiran, gestos adustos se inyectan, se rellenan arrugas y vacíos. Se constriñen carnes en fajas y lonjas en spanx y colas de caballo son restiradas cuando el descanso y el bótox ya no alcanzan para mantener frescas las caras de las estrellas que se han excedido en el consumo de soja y que amanecen como chinas sin palillos que les sostengan los párpados. En contraste, algunas como Jodie Foster, no se confunden y pueden exceder el tiempo de los discursos de agradecimiento sin que las atropelle la música. Su confesión ha conmovido a muchísimos. Pocas en Hollywood podrían decir palabras tan polémicas y no ser abucheadas. La gran mayoría se vuelven locas en ese momento, ejemplos sobran, Julia Roberts... y este año Anne Hathaway convertida en una perorata incoherente y vociferando un atado de halagos innecesarios.

La temporada se inaugura con una ceremonia que debería celebrarse a puerta cerrada. En ella se sirve alcohol y al calor de las copas y al ritmo del clinc (el sonar de las copas), las estrellas, los players, las comparsas y las rémoras que los habitan festejan y celebran el eterno retorno de los premios en los que debe medirse cuerpo a cuerpo algo intangible: el talento, el arte y la factura de obras que aunque industriales deberían ser consideradas para habitar el patrimonio inmaterial de la humanidad. El cine: memoria imaginaria de los pueblos.

Los SAG Awards o premios que otorga el sindicato de actores, han demostrado por su aburrida manufactura y ceremonia sin chiste que a los actores los apuntalan guionistas y directores. Sin embargo el gran olvidado por la Academia, Ben Afleck se apuntala para dar la pelea con Argo hasta el final. Aunque aquel que crea que estas competencias, se pelean en un mismo ring, a diferencia de las de atletismo o las deportivas, está equivocado. En esta industria lo que cuenta es el dinero, el potencial del material para verse reflejado en la taquilla y en una cuenta de banco una vez que ha sido proyectado por economistas y no por un cácaro en la pantalla grande. Por eso Bill Clinton no es el convidado de piedra, si no que anuncia como heraldo lo inevitable, Lincoln, ganará mejor película en la ceremonia de entrega de los Oscar y su director seguirá presidiendo el Hall of Hollywood Fame. El letrero de Hollywood tiene pocas letras y aunque gigantes, de lejos son diminutas. En él caben pocos.

A Mr. Spielberg se le antoja ponerse ese letrerito como un broche y en sus repisas, los Oscar previamente obtenidos por Salvando al soldado Ryan y La lista de Schindler reclaman sangre fresca.