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El minuto de Iglesias en un debate no representativo

10/12/2015 07:01 CET | Actualizado 09/12/2016 11:12 CET

Tenía poco interés para mí el debate del 7D en Atresmedia. Es lamentable que dos formaciones políticas con representación parlamentaria, Izquierda Unida y Unión, Progreso y Democracia, no estuvieran convocadas en una cita que se nos quiso presentar muy a la norteamericana como decisiva. Menos mal que no hubo aplausos.

El desprecio a cuantos votantes (casi tres millones) hicieron posible esa representación hace cuatro años fue manifiesto. Ninguno de los candidatos presentes en el plató lo tuvo en cuenta, aunque sí hicieran repetidas referencias a la ausencia vergonzosa del presidente del Gobierno y candidato teórico o plasmático nuevamente a La Moncloa por el Partido Popular.

Del debate me quedo con el último minuto de Pablo Iglesias, que supo aprovechar al completo el estado de ánimo de una mayoría de la población española con el mensaje que más sintoniza con el sector de los indignados, aquellos que llenaron las plazas del país hace cuatro años en demanda de una política que de verdad les representase.

Todo lo dicho hasta entonces por sus adversarios se quedó en muy poca cosa tras las palabras del líder de Podemos. Sobre todo el deplorable papel representado por una contestona y lenguaraz vicepresidenta del Gobierno, que de modo permanente interrumpió las intervenciones de sus rivales políticos sin que los presentadores lo evitaran. Dio el tipo de lo que en realidad se requiere para aspirar al puesto que ocupa con su jefe: sabiondez y chulapería.

Rivera estuvo torpe y excesivamente nervioso, y Sánchez Pérez-Castejón sin consistencia, como era de esperar en quien lidera un partido que la ha ido perdiendo al incumplir sus promesas de modo reiterado. A todos los barrió Iglesias, con ese último minuto en verdad decisivo para hacerlo ganador de un debate cuya expectación/espectáculo estuvo muy por encima de su resultado.

Ahora nos queda el cara a cara a protagonizar por Sánchez y don Mariano, dos candidatos al tedio absoluto, líderes de los dos partidos que nos han llevado hasta donde estamos.

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