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Sobre la endogamia y lo institucional en la universidad

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La endogamia, la endogamia, la endogamia... Se ha vendido tanto lo de que los problemas de la universidad los provoca la endogamia que incluso yo llegué a creérmelo. Vayamos un poco más allá.

Ante todo, la crítica a la endogamia debería centrarse ‒en mi opinión‒ en el derecho a la igualdad de oportunidades, aunque se trate este de un concepto de ramificaciones complicadas. Sin embargo, un derecho no es una garantía de calidad ni tiene por qué serlo.

La calidad de una institución surge de la adecuación de las personas elegidas, de su coordinación, de sus condiciones laborales, de los recursos disponibles, pero ante todo de una actitud hacia la propia institución.

He conocido profesores no formados en su universidad de destino, escogidos por su curriculum vitae, que no han sabido integrarse en ella y que han creado numerosos problemas por su incapacidad de adaptación. Y he conocido compañeras formadas en su universidad de destino que han desarrollado trabajos brillantísimos sin salir de ella, por no hablar de las grandes escuelas de pensamiento que surgen en equipos formados en un mismo lugar. Y al revés, por supuesto: gente de la casa absolutamente inútil y foráneos brillantes. Por otra parte, a menudo grandes grupos de presión (económicos, administrativos, políticos, religiosos) fuerzan las contrataciones de profesores que no han sido formados en la universidad de destino.

La endogamia, por sí misma, solo parece repercutir en dos cuestiones (más allá del derecho a la igualdad de oportunidades):

  • Si es ciega, impide contemplar para un puesto a otros candidatos tan idóneos o más que el de la casa.
  • Si la persona escogida se enquista desde sus años de formación, corre el peligro de no contrastar sus métodos con otras instituciones enriquecedoras.

Como vamos viendo, ambos son problemas que pueden darse con o sin endogamia.

El problema real es la actitud institucional de las personas, su responsabilidad, su creencia en la universidad como centro de conocimiento. Una persona que elige «al de la casa», aunque tenga mucho peor currículum que los demás candidatos, tiene principalmente un problema de falta de respeto a la universidad.

Un presidente de tribunal que escoge a su discípulo, aunque sea un inútil, no se respeta a sí mismo como presidente de tribunal, como tampoco lo hace si contrata a un amigo formado a diez mil kilómetros solo por ser amigo. Un profesor que no preparara sus clases tendría un problema de falta de respeto por sí mismo y por la universidad.

Una investigadora que no investigara tendría un problema de falta de respeto por sí misma y por la universidad.

El Gobierno de una comunidad autónoma que solo contemplara la universidad pública desde su producción de beneficios económicos tendría un problema de falta de respeto por sí mismo y por la universidad.

Unos rectores, vicerrectores o decanos que impusieran sus ideas sin consenso de la comunidad universitaria, que no sancionaran a un catedrático que llevara años sin dar sus clases, que no exigieran inspecciones de servicios contra profesores que no aparecieran por la universidad, que no se plantaran ante un consejero de educación diciendo que las clases no empiezan si no se da dinero para plazas de profesores, que permitieran que sus profesores no ganaran un salario digno. Tendrían un problema de falta de respeto por sí mismos y por la universidad.

Podremos corregir la endogamia, pero, si no respetamos la institución, no corregiremos ni uno de los males que esa endogamia generara.

Vamos a un caso práctico: en cierta ocasión, oí a un rector pedir que no se le llamara «señor Rector», sino por su nombre de pila, porque era «como todo el mundo». Agradezco mucho la invitación pero ¿deberíamos caer en esto? Un rector es el representante de la universidad. Sus estudiantes, su personal de administración y servicios, sus profesores e investigadores le conceden la responsabilidad del Rectorado, como representante de la universidad. Por eso le llamamos «señor Rector».

Si perdemos ese trato, que nos recuerda que hablamos con alguien de quien dependen miles de personas y no con un amigo, confundiremos el significado de las palabras y de las instituciones, nos quedaremos con tópicos y perderemos algo por el camino.

Cuando doy clase, no soy el tipo que disfruta una cerveza entre colegas. Soy profesor en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Siento orgullo de pertenecer a ella por ser una magnífica universidad y me esfuerzo por hacer bien mi trabajo. Si eso me volviera soberbio no habría entendido el concepto «institución». Orgullo no implica soberbia, como institución no implica distancia. Por ello, la institución jamás debe creerse por encima de las personas, ni las personas por encima de la institución. Así entendemos que un rector que no cree en su comunidad universitaria, que no se siente orgulloso de ella, difícilmente puede honrar la institución ni defender bien la universidad.

La universidad pública madrileña no debe curarse de endogamia, porque es como decir que un enfermo del corazón debe cambiar la tinta del electrocardiograma que indica su dolencia. La universidad debe curarse de la falta de respeto por la institución en ciertas situaciones.

Por otra parte, me consta que muchos de quienes la componen se sienten muy orgullosos de estar en ella, se formaran en la que trabajan o no; tanto que se esfuerzan día a día por estar a la altura, pese a los bajos salarios, la sobrecarga de trabajo y el futuro incierto. Se sienten orgullosos de ser parte de una institución porque se sienten al servicio de quienes les han puesto allí: estudiantes, profesores, administrativos... Pero también taxistas, camareros, actrices, cirujanas, deportistas. La institución emana de la sociedad y debe volver a ella.

El problema de la universidad no es la endogamia. Ese es el síntoma de la falta de institucionalidad.

El gran valor de la universidad en España durante estos años de crisis han sido todas las personas que se han sentido orgullosas de ella y la han ido mejorando desde la institución, pese a quienes ni la defendían ni la sentían.

Hoy toca examinarnos a nosotros mismos.

Durante estas semanas, presenciamos un diálogo entre la comunidad universitaria y el rectorado de la Universidad Complutense de Madrid. No voy a valorar en este artículo las motivaciones ni las diferentes posturas. Solo quiero aplaudir un hecho fundamental: estamos creando institución y la crearemos mejor y más fuerte cuanto más consenso haya, porque todos los que hemos luchado por la UCM queremos reformarla, de un modo o de otro.

Creemos en una universidad pública mejor.

Me gusta ser hoy un poquito endogámico y sonreír con orgullo al ver cómo la UCM habla de sí misma, de lo que más le conviene y de querer estar orgullosa de sí misma.