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En España se muere mejor gracias a Montes, pese a la COPE

31/01/2013 10:34 CET | Actualizado 01/04/2013 11:12 CEST

Comienzo por reconocer que en este asunto tampoco soy neutral. Diré más: creo que en la mayoría de los temas importantes, la pretendida neutralidad y objetividad que algunos reclaman es sólo una forma artera e hipócrita de no implicarse personalmente. Allá cada uno.

Dicho lo cual, cuando ayer tuve conocimiento de la sentencia del magistrado-juez Ricardo Rodríguez Fernández, del juzgado de lo penal número 11 de Madrid, absolviendo a tres periodistas de la COPE del delito de injurias contra el doctor Luis Montes y compañeros de urgencias del Severo Ochoa de Leganés, me vino a la memoria que quien hace unos días proclamaba ufana cómo un miembro de su partido, convicto de homicidios imprudentes, "no era un delincuente", la entonces presidenta de la Comunidad de Madrid, señora Aguirre, y también su partido el PP, recibieron en su día la exculpación judicial de Montes y compañeros de la urgencia por la Audiencia Provincial de Madrid acuñando la infame explicación de que no era que Montes y colaboradores hubiesen sido declarados inocentes por la Justicia, era sólo "que no se había podido demostrar su culpabilidad". Y este recuerdo me llevó a pensar por analogía que en el caso de la COPE, no es que el juez hubiera demostrado su inocencia sino que no se había querido demostrar su culpabilidad.

No me extenderé en comentarios valorativos sobre la situación de la Justicia en nuestro país. Basta leer los titulares de prensa y saber que se encarcela a una madre de 22 años por apropiación indebida de 193 euros gastados en comida y pañales para sus dos hijos, a pesar de haber pagado ya por ello 900 euros y meses de trabajos para la comunidad, mientras miembros de partidos políticos en el Gobierno, central o catalán, delincuentes convictos y en algún caso confesos, eluden la cárcel tras devolver centenares de miles malversados (desconozco si con los intereses de demora siquiera) o incluso al homicida se le mejora su sinecura en el Ayuntamiento de Madrid por un importe de más de cincuenta mil euros al año. Intelligenti pauca.

Dice el señor magistrado-juez del número 11 que in dubio pro reo y yo, que depende de qué reo. Y no digo más no sea que a mí no se me reconozca el derecho al periodismo interpretativo clásico y se me encuentre animus injuriandi. En mi caso, ni puedo contar con el generoso indulto de Gallardón ni creo que su hijo se animase a defenderme. Y, además y por fortuna, no soy epiléptico.

Pero es sobre todo que el motivo de este artículo no es tanto constatar el fino instinto de Pedro Pacheco, alcalde de Jerez, como explicar a los lectores de El Huffington Post y a los seguidores -que los habrá- de los ahora exculpados periodistas interpretativos, que sus denodados esfuerzos de entonces por colaborar con el PP y Lamela en enterrar a Montes y a los suyos, frenando de paso las sedaciones a pacientes terminales y haciendo ruido mediático que ocultase a la ciudadanía las intenciones privatizadoras del PP, fracasaron. Rotundamente. Y no es que no contaran con suficientes medios entonces y agradecimientos ahora, es sencillamente que estaban en el lado perverso de la historia. Incluso, tal vez, de la Historia.

Porque lo cierto es que el entonces y todavía hoy vilipendiado doctor Montes y el resto de mis compañeras y compañeros de urgencias del Severo Ochoa tenían y tienen más dignidad en una correa de sus sandalias que la que serán capaces de entender los tres periodistas interpretativos, aunque tuvieran una vida tan larga como yo les deseo.

Con la imprescindible ayuda de la Brunete mediática, lograron hacerles sufrir -doy fe de ello- pero no consiguieron hundirles. A unos les negaron el derecho a seguir trabajando en Madrid y tuvieron que emigrar, pero no les doblegaron; siguieron fieles a su conciencia y ejerciendo la medicina compasiva y humanitaria por la que optaron en su día, mucho antes de conocer a Montes incluso. A otros les robaron la ilusión de seguir trabajando en urgencias -hay que tener mucho valor humano y profesional para trabajar en una urgencia y más en el Severo Ochoa de entonces- pero encontraron acomodo y forma de ayudar a la gente en otros servicios; los más afortunados en el severo, los menos, donde pudieron. Se sabían tan inocentes desde el principio como injustamente injuriados. Se sintieron acompañados por la gran mayoría de sus compañeros -algunos siguen padeciendo todavía las represalias por ese apoyo- y, lo que fue más importante aún, se vieron inmediatamente arropados por centenares, miles, de ciudadanos y ciudadanas agradecidos. No sólo de Leganés y Fuenlabrada; de todas partes del estado. De nada sirvieron las insistentes llamadas telefónicas anónimas a familiares de fallecidos en urgencias -cuyos teléfonos e historiales clínicos no se pudo conocer quién les facilitó-, de nada sirvió ofrecer indemnizaciones millonarias si denunciaban a Montes y los suyos. El pueblo al que habían servido supo demostrarles y demostrarnos a todos su agradecimiento. Recibir ese cariño y cercanía de la gente es algo que está reservado sólo a algunos afortunados. Un sentimiento que no podrían entender los tres absueltos ni en el hipotético caso de que alguien encontrase algún motivo para agradecerles algo.

De Luis Montes, el doctor muertes en que quiso convertirle la canalla político-mediática, diré que no hizo lo que seguramente habríamos hecho la mayoría de nosotros. En lugar de aceptar las componendas que se le ofrecieron o de conformarse con la sentencia absolutoria y retirarse discretamente a sus cuarteles de invierno, dio un paso adelante encarnando como nadie la lucha por la dignidad así en la muerte como en la vida. Pocos como él son reconocidos por la ciudadanía como ejemplo de dignidad, valentía y consecuencia.

Tengo el honor y la suerte de haber compartido con Luis aquellos duros años, también de acompañarle hoy en su lucha por el reconocimiento de la disponibilidad de la propia vida. Servirle a veces de sherpa -el apelativo con que quiso denigrarme, sin lograrlo, otro periodista interpretativo- me ha permitido hasta hoy mismo asistir innumerables veces a las expresiones de agradecimiento de gentes sencillas que le saludaban por la calle en los sitios más insospechados. Gentes de bien. No lograron aplastarle ni silenciarle y hoy, le pese a quienes les pese, gracias en buena medida a su determinación y trabajo altruista, se muere menos mal en este país y está más cerca el día en que cada uno pueda ser completamente dueño de su existencia hasta el final.

Los canallas, absueltos o no, no consiguieron ninguno de sus objetivos. Gracias a vosotros, compañeros y compañeras del Severo Ochoa.