Fernando Soler Grande

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Ese maldito empeño en controlar nuestra muerte

Publicado: 26/11/2012 08:02

El 7 de febrero de 1984, en horario de máxima audiencia, Carlos Gómez, cántabro enfermo de leucemia, apareció en el programa de TVE Si yo fuera presidente del añorado Fernando García Tola pidiendo públicamente, por primera vez en nuestro país, que se le aplicase la eutanasia. No quería vivir la parte de vida que le esperaba. El pasado 30 de octubre, Francisco Guerrero, cordobés de 65 años diagnosticado de una forma de esclerosis múltiple especialmente cruel, sin tratamiento capaz de ralentizar siquiera su progresión, hacía la misma petición desde la tribuna más modesta del Diario de Córdoba.

Desmoraliza comprobar que, después de veintiocho años de historia de España en los que se han conseguido innegables cambios sociales y avances de las libertades ciudadanas, se siga repitiendo la misma petición de ayuda para morir sin que en ese tiempo hayamos conseguido una solución legislativa para estas angustiosas situaciones. Desde un comprensible pesimismo podría incluso pensarse que el cambio al respecto en ese cuarto de siglo ha sido a peor: en 1984 la audiencia era estatal y en la televisión pública y hoy, sólo en un periódico de difusión provincial de una comunidad autónoma que, para más perplejidad, cuenta con una ley de muerte digna que se manifiesta incapaz de resolver situaciones como la de Francisco.

Probablemente sería injusto afirmar que en ese tiempo nada ha cambiado para los españoles respecto a la dignidad en el proceso de morir. De hecho, tan sólo dos años después de la petición de Carlos Gómez, se promulgó la primera carta de derechos de los pacientes contenida en la Ley General de Sanidad. En ella se nos reconoció la libertad de renunciar al tratamiento, derecho de nuevo cuño que -quién sabe si intencionalmente- iniciaba la ruptura con el concepto de sacralidad de la vida que el nacional-catolicismo nos había impuesto durante su dictadura y, según el cual, siendo el dios creador el único dueño de nuestras vidas y Francisco Franco su administrador en la tierra, sólo a ellos correspondía tomar decisiones sobre su continuidad o fin. A nosotros, sus súbditos, no nos quedaba otra opción que aceptar resignadamente el sufrimiento que el final de la vida nos deparase. Rebelarse, y no digamos poner fin a la propia existencia usurpando su propiedad, tenían garantizado el rechazo social o a lo más, la ocultación vergonzante de semejante pecado de insubordinación.

Cierto es también que, tanto la timorata reforma del código penal de 1995 como la ley básica de autonomía del paciente, de 2002, mejoraron la situación legal respecto a algunas conductas tradicionalmente consideradas eutanasias pero, a día de hoy, no podemos negar el hecho de que las decisiones fundamentales sobre el final de nuestra vida: el cuándo, el cómo y el dónde tiene lugar, permanecen todavía en manos ajenas, convirtiendo de hecho en letra muerta la pretendida autonomía personal y el respeto a la dignidad y al libre desarrollo de la personalidad que proclama nuestra ley de leyes.

Para comprender esta contradicción entre los valores que las leyes dicen reconocer y lo que efectivamente permiten, hay que olvidarse de las razones esgrimidas por los colectivos que se auto-titulan defensores de la vida. Su pretendida defensa de los intereses de los débiles cuya vida estaría en peligro si se aprobase la eutanasia no resiste el más elemental análisis.

La explicación hay que buscarla más bien en el oculto interés de determinados poderes fácticos en mantener las decisiones vitales más trascendentes fuera del ámbito de decisión personal. Esos poderes fácticos creen -o al menos dicen creer- que la vida, nuestra vida, es un don otorgado del que sólo somos administradores con poderes limitados. Esta creencia es, por cierto, tan respetable como la de quienes reivindicamos esa propiedad y nos sentimos únicos responsables de ella. Lo que no es respetable en absoluto es el desmedido y mal disimulado empeño de los primeros por imponernos su creencia a los que nos sentimos propietarios. Empeño que, viendo la petición de Francisco Guerrero, consigue todavía hoy que personas incapacitadas para poner fin a su vida sin ayuda de otras, se vean obligados a vivir una vida que no consideran un bien sino una auténtica tortura. La certeza de que la mano amiga que les ayude podría terminar en la cárcel, obliga a muchas personas a malvivir contra su voluntad si no tienen la posibilidad de ponerle fin por su mano ni medios económicos para desplazarse a Suiza y, peor aún, les pone en riesgo de fracasar en un intento de suicidio sin garantías y quedar en peor situación que la que les llevó a desear la muerte.

Francamente, me resulta incomprensible que el señor Rouco pueda tener algún interés legítimo por la longitud de mi vida. ¿Qué le va a él que un ateo irreverente como yo siga vivo, pensando y expresándose en público contra sus prédicas? Es tan incomprensible como el interés de nuestro flamante ministro de justicia en defender el presunto derecho a la vida de fetos con malformaciones tan graves que, caso de llegar a nacer, les garantizará una vida de sufrimiento propio y ajeno (por cierto, sin ayudas sociales porque el partido del ministro las ha reducido a su mínima expresión). Detrás de esa pretendida defensa se esconde la menos generosa intención de impedir la libertad de la madre que no quiera traer al mundo un ser condenado al sufrimiento; aunque para impedir esa libertad sea necesario condenar a hijo y a madre al sufrimiento y a la humillación de verse convertidos en un mero instrumento de intereses ajenos. Intereses que se concretan en mantener al mayor número de personas y por el mayor tiempo posible atemorizados por un más allá de la muerte y por si su grado de sumisión en este mundo habrá sido suficiente para obtener la felicidad en la otra vida. Otra vida en la que, a la vista de sus actos, no cree ninguno de los que la predican desde su silla episcopal.

Por si a alguien le quedaba alguna duda, la propia conferencia episcopal ha dejado claras pistas en su diatriba contra la sentencia del constitucional sobre los matrimonios entre personas del mismo sexo: "La cultura de la pansexualidad (es) una cultura que no genera vida y que vive la tendencia cada vez más acentuada de convertirse en una cultura de la muerte". Sexo y muerte, las herramientas de dominación que les han servido durante siglos amenazan hoy con dejar de serles útiles para manipular las conciencias de las personas. Su empeño en impedirlo cuenta por ahora con la derecha en el poder y su ministro de Justicia, siempre dispuestos a convertir en delito lo que la jerarquía católica les señale como pecado.

Mientras ellos puedan seguir controlando nuestra muerte, nuestra libertad será sólo una libertad vigilada.

 
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LopezAzor
Hoy, ha de ser mejor que ayer.
12:08 de 28/11/2012
Esta decisión sobre el final de la vida, de forma reflexionada, cuando el seguir no se puede porque no existe camino alguno, debería hacerse hante un juez y la familia del enfermo. Pero este juez no puede salir con la tonteria de la moral y la religión, ha de dar una razón al medico, enfermo y familiares de su decisión, detallada, al igual que una sentencia a 50 años de carcel. Es ente caso, sería dar Carta de Libertad a un condenado.
20:58 de 27/11/2012
Me quedo impresionado del artículo y de la discusión de este asunto. Tenemos la manía de medicalizarlo todo. El suicidio no es ilegal. No tengo problema con que alquilen se quiera suicidar, si tiene sus facultades no mermadas, no tiene dolores y no esta deprimido sin tratamiento.

El que quiera suicidarse no lo tiene muy complicado: se pega un tiro en la cabeza (rápido aunque salpica), se toma unos valiums y mete la cabeza en una bolsa de plástico (más lento pero más limpio para los supervivientes) y santas pascuas…. Cual es el empeño de que un tío vestido de blanco lo haga por ti? Si uno no lo quiere hacer el mismo, se lo pide a un amigo o amiga, de los que están a favor de la “muerte digna” (por cierto todas las muertes son dignas, algunas mas agradables que otras, pero “dignidad” es una palabra que me repugna en este contexto.

De la misma manera que los médicos no deben participar en ejecuciones, no me parece que sea de recibo que la sociedad no pida que tengamos que ser los “suicidadores” de los demás. Si un medico, a titulo personal, quiere prescribir narcóticos a su paciente y el o ella se toma una sobredosis es un problema muy distinto de que la sociedad exija que haya un cuerpo de exterminadores (que es lo que Fernando Garcia y Francisco Guerrero están realmente pidiendo)
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Fernando Soler Grande
19:52 de 28/11/2012
Efectivamente, oblap, el suicidio no es ilegal en nuestro país y, desde luego no es la cuestión si usted o yo o cualquier otro tiene problema en aceptar si alguien se quiere suicidar. Se trata de respetar la libertad de los otros tanto como la propia. De hecho unas 3.500 muertes cada año en España son admitidas como suicidios (y dada la ocultación social existente, la cifra debe ser mayor) Parece innecesario insistir en que nadie con una buena vida quiere suicidarse. Le aseguro que, aunque para algunos es tranquilizador frivolizar sobre las razones que llevan a alguien a poner fin a su vida, son muchas las personas que no tienen otra opción para terminar con sufrimientos muy dignos de respeto, que el poner fin a la propia vida. Algunos de ellos no tienen la posibilidad de suicidarse sin ayuda de un amigo o amiga, médicos o no, pero la ley castiga esa ayuda. Algunas personas intentan el disparo, los fármacos o el ahorcamiento y quedan en una situación más dolorosa aun que la previa. Una ayuda "de bata blanca" habría podido evitarlo. Algunos "de bata blanca" entendemos esa ayuda como parte de nuestra obligación de ayuda al ser humano enfermo y entendemos y respetamos que otros no lo entiendan así...
Un último elemento de reflexión: yo no creo que los médicos no deban participar en ejecuciones, lo que creo y a lo que aspiro es a que cesen las ejecuciones en el mundo, definitivamente.
11:59 de 29/11/2012
Soy medico, y durante mi vida he ayudado a muchos de mis pacientes a “bien morir”. Y créame que como infectologo, al principio de la epidemia del SIDA he visto morir a mucho gente, he desconectado ventiladores, y he hablado con muchos padres y madres de cuando era el momento de parar un tratamiento que no estaba funcionando. No echo de menos aquellos tiempos….Las cosas han cambiado mucho. Pero no creo haber matado a nadie, al menos conscientemente… y no pienso que deba ser el trabajo de nadie.

El suicidio asistido (o la eutanasia que la llaman algunos), no requiere la contribución de ningún medico. Darle a un paciente una sobredosis de barbitúricos no tiene ningún merito, ni le da al ejecutor cierta superioridad moral de decir que a el si le importa el bienestar del paciente.

Vivo y trabajo en los Estados Unidos, donde por desgracia se ejecuta todavía a la gente en muchos estados. Las ejecuciones se han medicalizado: en vez del ahorcamiento , el fusilamiento o la silla eléctrica se procede a la inyección letal, que convierte la ejecución en menos dramática y socialmente mas aceptable. Los médicos y las asociaciones medicas se niegan a participar en semejante atrocidad, aunque algunos piensen que si un medico lo hiciera se aliviaría el sufrimiento del reo...
12:00 de 29/11/2012
El mismo razonamiento se aplica al suicidio asistido: como el tiro en la cabeza (Ernest Hemingway) o el ahogamiento (Virginia Wolf o Alfonsina Storni) no son estéticamente atractivos creamos un “servicio” que hace el suicidio menos dramático y lo “dulcifica”.

Sencillamente no creo que el trabajo de un medico sea acelerar la muerte de nadie,.. tampoco retrasarla si ha llegado el momento… Aliviar el dolor y el sufrimiento si, empezar a cepillarse al personal de manera activa no.

La vida y la muerte son las únicas verdades indubitables y merecen un respeto. Son dos manifestaciones de la misma cosa.

Cuidar a un paciente es un honor y un privilegio y nuestro trabajo es aliviar el sufrimiento, no matar a nadie de manera activa.
00:04 de 27/11/2012
Que buen articulo. El derecho de enamorarnos , casarnos, abortar o morir es solo de uno mismo.
19:59 de 26/11/2012
Para los necios debería ser exhibición obligatoria la película 'Johnny cogio su fusil'.
http://www.youtube.com/watch?v=kOuO8uKG2fM
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whitesther
La esperanza es el sueño de un hombre despierto
07:46 de 27/11/2012
Gran y dura película y hace reflexionar, ya lo creo. Lo que me temo es que seguiría habiendo necios.
Saludos.
18:24 de 27/11/2012
Me temo, whitesther, que a pesar de lo dicho, sólo nos ha hecho reflexionar a los que no tenemos ideas fijas. Tienes toda la razón sobre la pervivencia de los necios. Un abrazo.
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16:20 de 26/11/2012
Un magnifico articulo,pero a esta gente que nos des-gobierna,les da lo mismo,para ellos ,que son los portadores de la verdad, de la fe,nacionalcatolica,son insaciables con el dolor ajeno,con este ministro de IN-justicia,con el Rouco,que para mi es un depravado,el y toda la jerarquía católica,que parece que disfrutan con el dolor ajeno,asco de país de méapilas,cuanto daño le hizo a España la dictadura,de esos salvapatrias .
16:08 de 26/11/2012
En ciertos puntos estoy de acuerdo con el autor del artículo, pero en general me parece que peca de lo mismo que siempre. Cae en el argumento fácil. Me parece que en general, en temas (como éste) que precisan de un debate moral y ético, ninguna de los colectivos es capaz de argumentar con seriedad sus posturas. En parte por nuestra propia condición de españoles (no nos ponemos de acuerdo en cosas aún más urgentes desde el punto de vista social, como son por ejemplo los deshaucios) y en parte por el carácter opinable de la cuestión. Me gustaría ver un discurso serio, y un debate basado en argumentos, tanto por parte de quienes defienden la eutanasia, como de quienes están en contra. Pero me temo que me quedaré con las ganas, como con el aborto, el matrimonio homosexual, la investigación con células madre etc...
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Fernando Soler Grande
19:26 de 28/11/2012
Periquitus, puede que su grado de exigencia dialéctica sea excesivo. Sinceramente creo que los debates sobre asuntos como los que cita tienen y han tenido argumentaciones tanto a favor como en contra verdaderamente ricas. Algunos, como el aborto, con más de un cuarto de siglo de historia aunque, según se ve, en trance de repetirse. Respecto a la dignidad en el proceso de morir, espero poder seguir aportándo argumentos para sustentar el que considero un derecho humano fundamental: la libre disposición de la propia vida.
13:15 de 26/11/2012
En días como hoy, en tiempos como estos, parece que estos asuntos de bioética no interesan a nadie, excepto a los profesionales que cada día hablan con la muerte, como es el caso del autor del artículo, o a determinados políticos, como Gallardón, cuyo único interés parece ser atraer hacia sí las iras de todos sus gobernados.
Pero creo que deberíamos ver en este debate bioético un dilema político especialmente crucial. Por una parte, porque solo solemos comprender la importancia de la vida, de la salud, de la dignidad del ejercicio vital, cuando estas cosas están en peligro o dañadas (como diría Mafalda, “la libertad solo se enciende cuando se la aprieta”); quien haya tenido un familiar sometido a ensañamiento terapéutico, o haya estado ingresado con una enfermedad grave durante meses, comprenderá perfectamente la importancia de dar una solución legal clara y consensuada a estos temas. Pero el tema de fondo, con repercusiones en cualquier otro debate político o político-religioso, ya que todo está contaminado de religión, es definir si alguien, en algún momento o para ciertos temas, tiene derecho a imponer su opinión a los demás. Aplíquese a la guerra palestino-israelí, a los nacionalismos, a los terrorismos, al ejercicio diario de la política en cualquiera de los tres poderes reconocidos y de los reales. Los temas aparentemente lejanos o abstractos de la bioética se nos revelan como cruciales, no solo en nuestra muerte, sino, sobre todo, en nuestro enfoque de la vida.
12:36 de 26/11/2012
Si un adulto en plena posesión de sus facultades mentales se siente incapaz de sobrellevar el espantoso final de una enfermedad terminal, en el que el paciente sufre espantosos dolores, no debería haber nadie que le impidiera dar por finalizada su vida de una forma tranquila, segura, eficaz y digna. El problema es los dogmáticos de siempre, encabezados por los jerarcas cristianos recibiendo instrucciones directas de su insaciable dios, presionan a la sociedad y a la clase política para que no se regule adecuadamente su inclusión en la seguridad social como un tratamiento médico fundamental. Porque tan importante como recibir asistencia médica para sanar, cuando la medicina no tiene tratamiento alguno y solo queda un horizonte de dolor inconmensurable, una muerte digna e indolora es lo más compasivo que se puede hacer por el enfermo terminal que libremente lo solicite. No es de recibo que por las creencias particulares de unos iluminados, que creen en una verdad absoluta totalmente subjetiva, se impida lo que quizás sea el último acto racional de libertad de un ser humano que consiste en escapar de una muerte horrible. Si ellos quieren alargar su agonía atrozmente en el altar de su dios siempre ávido de sangre, nadie les obliga a no terminar sus días como si de una tragedia griega se tratara, pero que dejen que los demás podamos elegir libremente como terminar en paz los nuestros. http://diario-de-un-ateo.blogspot.com.es/2011/06/documental-eligiendo-morir-y-eutanasia.html
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Bloguero de El HuffPost
Fernando Soler Grande
19:09 de 28/11/2012
Espero que habrá ocasión de expresarlo más detenidamente pero quisiera hacer una precisión sobre lo que defendemos en la Asociación Derecho a Morir Dignamente. Lo que está en juego realmente no es si es ético permitir en el siglo XXI la muerte de un ser humano entre sufrimientos evitables. Desde mi punto de vista no hay ninguna justificación para ello. Ni desde posturas religiosas siquiera ¿Qué clase de dios podría querer eso para una de sus criaturas? La verdadera cuestión es hasta qué punto es compatible esa proclamación de autonomía personal que hacen nuestras leyes -desde la propia Constitución- con la realidad de que nuestra propia muerte siga estando controlada por otros. La cuestión no está tanto en el sufrimiento (que es inadmisible en un mundo civilizado) sino en la libertad para diseñar la propia existencia, incluído su final.
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whitesther
La esperanza es el sueño de un hombre despierto
11:13 de 26/11/2012
O estas conmigo (en todo), o contra mi. Que seas diferente, no vale. No toleran eso de que decidas por ti mismo y te salgas del carril que ellos marcan.