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¿Por qué los creyentes mueren peor que los no creyentes?

13/08/2014 07:37 CEST | Actualizado 12/10/2014 11:12 CEST
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Por paradójico que parezca, el interés médico en el estudio de la muerte como proceso, la investigación y análisis de cómo se produce en la realidad lo que en los textos médicos se reduce a una fría cifra -la mortalidad-, es un hecho tan reciente como, todavía, infrecuente.

Sólo en los últimos años del siglo XX, surgieron estudios como el Informe SUPPORT, (1995) muy críticos con la asistencia en la muerte. Algunos a este lado del océano, conocieron entonces el concepto de encarnizamiento terapéutico.

Las cosas han mejorado algo: la población conoce su derecho a no sufrir inútilmente y la demanda universal de enfermos y familias hoy es que se evite. Las leyes a favor de la autonomía individual permiten renunciar a un tratamiento, aunque ello suponga la muerte. Cada día son más las personas que, incluso en un testamento vital, renuncian a prolongar una vida que consideran indigna, permitiendo la muerte sin más intervención médica que la necesaria para asegurar la ausencia de sufrimiento. Y en algunos países de nuestro entorno cultural y político, incluso produciendo directamente la muerte mediante una eutanasia legalmente regulada.

¿Se ha borrado en estos años de la conciencia colectiva que el sufrimiento dignifica porque es agradable a los ojos de dios? ¿Hemos dejado de considerar la vida intocable y sagrada?

Con esas o parecidas preguntas en la mente, se han realizado en Estados Unidos unas cuantas investigaciones valorando la influencia de la religiosidad de los pacientes, tanto en el resultado de los tratamientos como el tipo de cuidados recibidos al final de sus vidas. El último, sobre pacientes ingresados en UCI, ha sido publicado a comienzos de este verano y concluye, como otros previos, que los pacientes religiosos tuvieron un 25% más de días de ventilación mecánica, 23% más de días de ingreso y tardaron un 30% más de tiempo en morir que el grupo de pacientes no religiosos. Tal sobreesfuerzo terapéutico no se acompañó de mayor supervivencia de dichos pacientes. En resumen: quienes se reconocen creyentes tienden más al encarnizamiento que los no creyentes; retrasando, empeorando (y, hay que decirlo, encareciendo también) su calidad de muerte.

Señalaré que siendo pacientes de UCI, las decisiones relativas al tratamiento habrán correspondido a sus familiares, pero en otros estudios previos realizados en pacientes competentes y autónomos con cáncer terminal, el recurso a tratamientos destinados a prolongar artificialmente sus vidas aun a costa de empeorar su calidad, no puede achacarse a los familiares; aunque no pueda descartarse alguna influencia.

Parece razonable pensar que el entorno familiar de un creyente lo sea también, pero no siempre es así. Lo contrario, tampoco. Valga como ejemplo el reciente caso de Vincent Lambert, enfermero francés de 38 años, tetrapléjico y en estado vegetativo desde hace seis, cuya esposa y representante solicitó, siguiendo los deseos previamente expresados por él, la retirada de los tratamientos que lo mantenían en ese estado sin posibilidad de recuperación. El acuerdo médico tropezó con la negativa de los padres de Vicent, católicos fervientes al parecer, que en una carrera judicial absurda, a pesar de la decisión unánime de los 17 magistrados del Consejo de Estado francés apoyando la retirada de los tratamientos, han conseguido que la Corte Europea de Derechos Humanos de Estrasburgo suspenda cautelar (e incomprensiblemente) la aplicación de la sentencia hasta estudiar el caso.

Dicho lo anterior, se impone la tentación de interpretar la actitud de los creyentes como prueba de una creencia endeble en otra vida, o del temor a un dios sádico que prefiere una muerte sufrida antes que pacífica.

Sin embargo, desde el respeto que me merecen los cristianos de base que he tratado (no así las jerarquías eclesiales) pienso en otras posibles explicaciones de por qué los creyentes parecen buscar una peor muerte. Se me ocurre que es precisamente la población de creyentes la única predispuesta a creer, con más o menos intensidad, en los milagros. Sé por experiencia profesional que las personas necesitan y se aferran al mínimo resquicio de esperanza; las no creyentes, a un 0,5 por millón y las creyentes a un milagro. Desde esta posible explicación alternativa, no resulta irrazonable que un creyente (o la familia creyente de un agónico) admitan un plus de sufrimiento si eso acrecienta las posibilidades de milagro: "Mientras hay vida..."

De cualquier modo y, dada la escasez actual de milagros, pediría a mis colegas no fundamentalistas que borren del vocabulario la palabra milagro. Expresiones como "haría falta un milagro" o "sería un milagro" no son infrecuentes en boca de un médico al dar malas noticias y tal vez despierten sin quererlo la esperanza infundada que lleve a los creyentes a prolongar su agonía. Evitémoslo.

Para concluir, no puedo dejar de recordar, tanto a médicos como a enfermos y familiares, que el derecho a aceptar o rechazar un tratamiento propuesto no debería confundirse con la toma de decisiones médicas: la indicación. El paciente competente, o su familia por representación, pueden rechazar un tratamiento incluso potencialmente curativo; la ley se los permite. Lo que no permite la ley, ni el sentido común, es que el paciente o su familia tomen decisiones -establezcan indicaciones- contra el criterio médico, como la de mantener el esfuerzo terapéutico cuando sólo sirve para prolongar una agonía.

Que un determinado grupo de pacientes, por creencias o por cualquier otra razón, haya determinado la utilización excesiva de recursos comunitarios que, para colmo, sólo han servido para empeorar la clase de muerte de dicho grupo, es consecuencia, también, de una evidente dejación de responsabilidad por parte de los médicos que les asistieron.

¿O alguien cree posible un estudio médico titulado "Los creyentes se operan más de la vesícula que los no creyentes"?

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