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Las elecciones de Turquía están bañadas en sangre y represión

04/11/2015 07:04 CET | Actualizado 03/11/2016 10:12 CET
ASSOCIATED PRESS
A woman places a bandage other mouth as she protests Saturday's explosions in Ankara, Turkey, Tuesday, Oct. 13, 2015. Authorities in Istanbul banned a protest rally and march by the same trade union and civic society groups who lost friends and colleagues in Turkey's bloodiest terror attack. Dogan news agency video footage on Tuesday showed police pushing back dozens of demonstrators trying to reach the rally to commemorate the 97 victims of the twin suicide bombings. Some demonstrators were detained.(AP Photo/Emrah Gurel)

¿Habría sido mejor que el Partido Justicia y Desarrollo (AKP) no hubiera ganado con mayoría en las elecciones del domingo en Turquía? Basándonos en el ánimo de los que no apoyan al presidente Recep Tayyip Erdogan y su partido, el AKP, se podría pensar que sí. Pero lo cierto es que no se habría notado demasiada diferencia. Frente al autoritarismo de Erdogan, sólo podrá imponerse una verdadera alternativa con perseverancia firme.

El AKP ganó porque Erdogan utilizó dos armas sucias. Una: la violencia contra el movimiento político kurdo, incluidas las milicias del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). Y dos: el autoritarismo.

Mató a civiles en la región del sureste, de mayoría kurda, durante operaciones y toques de queda diarios, bombardeó al PKK en Turquía y en los Montes Qandil en Iraq, encarceló a alcaldes elegidos democráticamente, no hizo nada por evitar la violencia contra sedes y reuniones del Partido Democrático de los Pueblos (HDP), izquierdista y prokurdo, y aumentó la presión sobre la prensa y los periódicos que todavía no están bajo su control. Y funcionó: ganó con el 49% de los votos.

Pero eso no tiene nada que ver con la democracia. La victoria está impregnada de sangre y represión. Y las posibilidades de que Erdogan ya haya tenido suficiente son pequeñas. Más medios de comunicación sufrirán redadas. El primer ministro Ahmet Davutoglu se comprometió a seguir luchando contra el PKK hasta acabar con la organización, y Erdogan se negó rotundamente a firmar el acuerdo al que llegaron los kurdos y el Estado a principios de este año. La retórica bélica para ganar votos no viró hacia las conversaciones de paz una vez que recuperó la mayoría: Erdogan no tardó en despotricar contra el PKK en su primer discurso tras el cierre de urnas.

La clave del Estado turco y de su Constitución es que se protege a sí mismo, no a los ciudadanos a los que debería servir.

Pero si el AKP no lo hubiera logrado, ¿en qué se habría notado la diferencia? Quizás hubieran tratado de formar coalición con el ultranacionalista o con el principal partido de la oposición, el Partido Republicano del Pueblo (CHP). Las conversaciones habrían fracasado y tendrían que haberse celebrado unos nuevos comicios en primavera. De lo contrario, la coalición no habría sobrevivido hasta las próximas elecciones de 2019. Al fin y al cabo, el laico CHP y el religioso AKP representan a grupos totalmente opuestos en la sociedad. Tanto el AKP como el MHP son nacionalistas y religiosos, así que su coalición podría haber durado más, pero sólo con más violencia y con el fin de las conversaciones con el PKK (el MHP estableció claramente esa condición tras las anteriores elecciones).

Entonces, ¿toda la resistencia contra el AKP fue inútil? No, no lo fue. Erdogan no introdujo el autoritarismo en Turquía. El país nunca ha sido democrático en sus 92 años de existencia. La clave del Estado turco y de su Constitución es que se protege a sí mismo, no a los ciudadanos a los que debería servir. Davutoglu acaba de comprometerse a mejorar la Constitución, pero el partido ya hizo esta promesa anteriormente y nunca la cumplió. ¿Y por qué lo habrían hecho, con lo bien que les viene para sus intereses?

Lo que impide luchar contra el autoritarismo de Turquía, sobre todo contra el del AKP, es que está recubierto con una fina capa de democracia. Se celebran elecciones, la participación es alta, no se detecta el fraude a gran escala, los cuatro partidos consiguen llegar al Parlamento. Y en cambio, la campaña es de todo menos democrática, dada la violencia del Gobierno, el duro control sobre la prensa y las detenciones de políticos de la oposición.

Lo que impide luchar contra el autoritarismo de Turquía, sobre todo contra el del AKP, es que está recubierto con una fina capa de democracia.

No se puede poner fin a una dictadura tan pulida con la mayoría de los grupos de la oposición turcos. Por ejemplo, ¿qué se califica como medios de la oposición en la actualidad? Están los periódicos y canales de televisión vinculados a Fethullah Gülen, un líder religioso de Estados Unidos que apenas habla en público y niega estar en política, pero que fue un buen aliado de Erdogan. Y está el panfleto ultranacionalista que despotrica contra Erdogan sin ninguna habilidad periodística.

Lo que es peor incluso: ninguno de los grupos de la sociedad que se siente representado por estos medios ofrece realmente una alternativa sólida al AKP. Y esto incluye al mayor partido de la oposición, el CHP, que está dividido entre los que siguen creyendo en el anticuado kemalismo, que inventó el estadocentrismo, y los que intentan en vano ser buenos socialdemócratas. Obviamente no han sido capaces de desafiar en absoluto al AKP desde que este último ganara sus primeras elecciones en 2002.

Los dictadores tan hábiles y astutos como Erdogan sólo pueden verse socavados por un partido -o mejor, un movimiento- que esté bien organizado y sea constante. Y Turquía cuenta con un movimiento así: el HDP. Su origen se remonta 40 años atrás, cuando ya había ojos bien abiertos a las realidades del Estado turco. En aquel momento, sólo era un pequeño grupo de mujeres y hombres rebeldes que luego pasó a llamarse Partido de los Trabajadores del Kurdistán o PKK, pero con los años se ha convertido en un gran movimiento de gente extremadamente bien organizado, resiliente, perseverante y con objetivos claros (una democracia con bases, igualdad y pluralismo).

No se puede poner fin a una dictadura tan pulida con la mayoría de los grupos de la oposición turcos.

El HDP, el partido de izquierdas que emergió de este movimiento, participó por primera vez en las elecciones el pasado junio. Sus predecesores sólo estaban centrados en el problema kurdo y tuvieron que ir como independientes para llegar al umbral electoral del 10% en Turquía. Pero el HDP es un partido para toda Turquía que sobrepasó el umbral con facilidad alcanzando el 13% de los votos. El domingo perdió votos debido a los retorcidos trucos de Erdogan y apenas superó el 10%, pero todavía están en el Parlamento. Ellos y el movimiento de masas que tienen detrás están para quedarse.

Los líderes del HDP Selahattin Demirtas y Figen Yüksekdag afirmaron la noche del domingo que continuarían su lucha por la democracia para todos. Y esto es lo que harán, inspirados por su meta democrática y sin las distracciones que conlleva el ansia de poder. Esta es la resistencia sólida que Erdogan -y el sistema centrista que lo apoya- debería temer.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano

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