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Después de un referendum de cartón piedra

04/10/2017 07:42 CEST | Actualizado 04/10/2017 07:42 CEST
EFE

Todos sabían que se trataría de un referéndum de cartón piedra, tanto los que lo promovían como los que lo intentaban impedir. Pero que haya sido finalmente de cartón piedra, en la más pura tradición de las artes escénicas, no le ha quitado importancia, ni gravedad. Porque en Cataluña hay muchos que intentan todavía vendérselo a la opinión pública española e internacional como un referéndum auténticamente democrático y legitimante, aunque haya sido evidente el sectarismo con el que se ha conducido y la ausencia total de garantías. Y porque hay muchos ingenuos, si es que lo son, dispuestos a creerlo, ahora estimulados además por imágenes de televisión que pueden valer más que miles de argumentos.

El propio eslogan del independentismo, "Referéndum es democracia", concebido con toda intención para hacer creíble el 1-O, aparentaba desconocer la densa experiencia autoritaria de un instrumento que ha demostrado ser perfecto para servir al maquillaje de dictaduras y de operaciones vergonzantes. Napoleón III o el mismo general Franco, entre otros, habrían estado encantados de hacer suyo ese eslogan. Pero al pseudodemocratismo independentista le ha dado igual, porque sabía bien que el actual momento político era ideal para que ese montaje de cartón piedra prendiera la mecha de un conflicto irreversible.

Da la impresión de que demasiados actores políticos no se han repasado lo suficiente el manual; solamente el capítulo de cómo actuar atenazados por lo que creen que quieren sus votantes.

La apelación a las bondades de la consulta era mero paripé; no se tenía la menor intención de trabajar seriamente para que un verdadero referéndum, celebrado en otras circunstancias y desde otros planteamientos, pudiera convertirse en una ventana de solución. Tan solo se buscaba una performance, épica a ser posible, que fuera excusa suficiente para precipitar la ruptura definitiva de una sociedad admirable: ¿lo han logrado?

De todos modos, nada de ello resta importancia a la impresionante movilización ciudadana que a pesar de todo se produjo el domingo en Cataluña. Mal se haría en ignorarla en los próximos movimientos del tablero. Seguimos estando ante un escenario más que delicado en el que los demócratas tendrían que recordar las dos premisas más elementales de toda estrategia competitiva. La primera es que antes de actuar hay que distinguir claramente entre lo que se debe hacer, lo que se quiere hacer y lo que se puede hacer.

Aunque en un marco de gran tensión como el actual, a la vista está que diferenciar entre esos tres planos no le resulta fácil a ningún decisor público. La otra premisa estratégica es supuestamente más sencilla aún: no hagas lo que tu adversario desea que hagas. Y en esto tampoco se ha estado muy fino, por decirlo de forma suave. La torpeza ha pasado a ser un potente factor explicativo. Da la impresión de que demasiados actores políticos no se han repasado lo suficiente el manual; solamente el capítulo de cómo actuar atenazados por lo que creen que quieren sus votantes.