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Sin agua no hay vida, sin azul no hay verde

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Imagen: ISTOCK

El título de este post pertenece a una cita de la oceanógrafa estadounidense Sylvia Earle: "No water, no life. No blue, no green". En su introducción a Sea Change: a Message of the Oceans, Earle presentaba otra idea poderosa, pese a su extrema simplicidad (o quizás por ello mismo): "Hay mucha agua sin vida en el universo, pero en ninguna parte hay vida sin agua".

Parece complejo negar la contundencia de esas ideas y, consecuentemente, resulta irracional (cuando no temerario) obviar la relevancia del agua para nuestra vida, para nuestras actividades, para las aspiraciones de prosperar de miles de millones de personas en el planeta. Ahora bien, ¿de qué hablamos cuando hablamos de agua? ¿Qué se gestiona?

El recurso

El agua (los recursos hídricos) se emplea para numerosos usos: agricultura de riego, ganadería, generación hidroeléctrica, usos industriales, acuicultura, pesca recreativa, minería, servicios de ocio... y, por supuesto, para el consumo humano de agua potable y el saneamiento básico. En los países con mayor estrés hídrico, es decir, donde la oferta renovable a largo plazo no alcanza a satisfacer demandas presentes y futuras, normalmente la agricultura consume entre dos tercios y cuatro quintas partes del agua. Por el contrario, el consumo de agua para consumo humano y para saneamiento no supone casi nunca más del 20%; en algunos casos, de hecho, bastante menos.

La agricultura consume, en promedio, a nivel mundial, el 70% del agua dulce disponible. En el mundo, aproximadamente el 40% de la población se encuentra sometida a escasez y 1.700 millones de personas viven, de hecho, en lo que algunos llamamos "cuencas cerradas", es decir, aquellas en las que el uso del agua se aproxima o ha alcanzado ya la cantidad disponible. El uso de agua, por otro lado, debe interpretarse en dos sentidos: por un lado, la extracción para diferentes usos, como mencionaba previamente; por otro, como sumidero de aguas residuales que contienen sustancias contaminantes. En relación a este segundo aspecto (la calidad), merece la pena que el lector sepa que más del 80% de las aguas residuales de diferente procedencia (hogares, agricultura, industria, turismo, acuicultura, minería, etc.) se vierten a ríos o mares sin tratamiento alguno.

Lo cierto es que los desafíos no sólo se refieren a la escasez de agua de calidad o los problemas derivados de la contaminación sino que también hay otra serie de eventos extremos (más allá de las sequías) que son fuente permanente de preocupación: las inundaciones, que explican un 70% de las muertes relacionadas con desastres naturales en el planeta.

2.400 millones de personas no tienen retrete y defecan al aire libre. La mitad de la población india, por ejemplo, se encuentra en esta situación, con terribles consecuencias que no sólo se limitan a problemas básicos de salud pública.

Buena parte de estos retos (sobre todo aquellos relacionados con la escasez y la sequía, por un lado, y las lluvias torrenciales y las inundaciones, por otro), se ve amplificada por el cambio climático, como pone de manifiesto el IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobe el Cambio Climático).

Los servicios

Convertir el recurso en diferentes servicios (riego para los agricultores, refrigeración de equipos industriales o centrales térmicas, provisión de agua potable y saneamiento de aguas residuales...) demanda no pocos esfuerzos. En esencia, es un caso paralelo (pero no igual) al de transformar recursos de energía primaria (petróleo, gas, carbón, radiación solar, viento, uranio...) en energía final (electricidad, calor, frío, transporte de mercancías y personas).

Aparentemente, los temas grandes parecen estar en la reflexión a nivel del recurso; sin embargo, los servicios de agua potable y saneamiento se refieren a un bien vital, afectan por lo tanto a todos los ciudadanos y están considerados ya, bajo el amparo de Naciones Unidas, derechos humanos. Por otro lado, es imposible (o indeseable) hablar del recurso sin hacerlo desde una perspectiva multisectorial. Sin embargo, el ciclo urbano del agua se refiere a un único sector, en esencia: las empresas de servicios de agua (la industria del agua).

A nivel mundial (de acuerdo al Programa Conjunto OMS/UNICEF de Monitoreo), 663 millones de personas carecen de acceso mejorado a fuentes de agua potable (uno de cada diez ciudadanos en el planeta). La situación ha mejorado ostensiblemente desde 1990 (cuando la cobertura era del 76%), hasta llegar al actual nivel de cobertura del 91%, que por supuesto esconde diferencias notables, tanto entre países más y menos desarrollados como entre zonas urbanas y rurales.

El déficit es más lacerante, si cabe, en el acceso a instalaciones mejoradas de saneamiento (es decir, retretes, por básicos que sean, o letrinas). 2.400 millones de personas no tienen retrete y defecan al aire libre. La mitad de la población india, por ejemplo, se encuentra en esta situación, con terribles consecuencias que no sólo se limitan a problemas básicos de salud pública (1.800 millones de personas en el mundo consumen agua contaminada por heces).

Las mujeres de India y de muchos otros países de Asia, África o América Latina, corren el riesgo de ser acosadas sexualmente, cuando no violadas, en el momento de buscar un lugar para hacer sus necesidades. No es mejor la situación de aquellas adolescentes a las que su primera menstruación, en ausencia de servicios de saneamiento, expulsa de las escuelas limitando de raíz sus posibilidades de desarrollo personal.

Con bajos niveles de desarrollo o en economías emergentes, el desafío fundamental es garantizar la universalidad en la cobertura del servicio: agua y saneamiento para todos. En esos casos, las empresas corren no pocos riesgos: agua no facturada en sectores informales, tarifas bajas que no permiten recuperar costes, tasas de ahorro subóptimas que impiden generar inversión y reponer activos (reparar redes, ampliar plantas de tratamiento, mejorar sistemas de alcantarillado), problemas de salud pública, brechas de financiación para resolver déficit de infraestructuras, etc. Cuando se consigue la universalidad del servicio, sin embargo, los desafíos comienzan a estar más centrados, por ejemplo, en el tratamiento de aguas residuales para conseguir objetivos de calidad.

Por supuesto, no es posible desligar la reflexión en torno a la gestión del recurso y de los servicios, pero conviene no mezclarlas ni confundirlas demasiado.

Este post fue publicado originalmente en el blog del Foro de la Economía del Agua.