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Frank Underwood en Ferraz

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Foto: EFE

Con su apelación a la "unión de todas las fuerza del cambio", Pedro Sánchez volvió a desconcertar a propios y extraños en su discurso de réplica a la fallida investidura de Mariano Rajoy. Horas después, Almudena Grandes parecía evocar a Jack London cuando recordaba a Sánchez que "sin plan B, solo los boxeadores sonados siguen resistiendo golpes". Menos sutil, el editorial del 4 de septiembre del diario El País solicitaba su pronta dimisión como candidato, opinión secundada de inmediato por un Felipe González obcecado en servir de lastre a cualquier aspiración de la actual ejecutiva socialista.

No se puede negar que la alocución de Sánchez resultó exasperante. Llamar con la boca pequeña a Ciudadanos y Podemos a formar un bloque de Gobierno alternativo cohesionado por una idea de cambio ya totalmente desprovista de significado, irrita por la imposibilidad del proyecto y por la poca intención real con la que se enuncia. La subsiguiente ronda de contactos que ha iniciado con el resto de fuerzas políticas bajo la premisa de que "de ninguna manera" pretende formar una candidatura a la investidura, confirma la total falta de credibilidad de un dirigente al que solo hay que reconocerle el mérito de estar prolongando hasta la extenuación una agonía anunciada prácticamente desde su mismo nombramiento.

Nadie trama nada en Ferraz. Quizás sea esta sospecha la que está minando toda la confianza histórica depositada en esta formación política. No parece que nadie hilvane un relato de país, una narración para el futuro, más allá del story telling de la siguiente rueda de prensa en la que se va a reiterar, como si tuviese algún mérito, el rechazo a las políticas y a la ausencia de moral de Mariano Rajoy.

Abotargado por el tedio como me encuentro ante tal falta de imaginación, se me ocurre pensar qué pasaría si Frank Underwood se pasara un día por la sede del PSOE en Ferraz para asesorar a su secretario general en esta situación de parálisis. Pongo en precedentes a los lectores que no conozcan al personaje: Underwood es el protagonista de la serie televisiva, House of Cards, protagonizada en su versión norteamericana por el actor Kevin Spacey. Underwood es la encarnación del cinismo político y del ansia de poder a cualquier precio, que obtiene progresivamente gracias a una preclara capacidad para prever y manipular los siguientes pasos de sus rivales, como si de una partida de ajedrez se tratara. La mayoría de sus decisiones son despreciables, y estaría lejos de recomendarle a Pedro Sánchez que siguiera su ejemplo. Sin embargo, la tercera temporada arroja una lección política que podría llevar a reflexionar al secretario general del PSOE.

Si Frank Underwood pasara unas horas en Ferraz, lamentaría con desespero que el PSOE desperdiciara tanta cuota de poder.

La temporada arranca con un Underwood presidiendo el Gobierno de los Estados Unidos por relevo del anterior presidente, al que contribuye a defenestrar desde la vicepresidencia que ocupa en la segunda temporada. Sin embargo, el Partido Demócrata, que es el suyo, le niega su apoyo para presentarse como candidato a las siguientes elecciones. Ante el repudio de sus propios correligionarios, Underwood reacciona con una huida hacia delante de gran calado: propone una suerte de proyecto integral para la creación de empleo (America Works) que vendría a absorber los fondos de los subsidios de la seguridad social y de las políticas de emergencia para, a cambio, revitalizar la promesa de pleno empleo que formaba parte del Sueño Americano. Con ello, Underwood se gana el rechazo tanto del Partido Republicano como de los propios demócratas. Sin embargo, comienza a cambiar la mentalidad de la ciudadanía, que parece receptiva ante la idea de reinventar uno de los principios fundacionales de la nación estadounidense.

¿Qué lección podría sacar Pedro Sánchez de tal actuación? Desde luego, no el contenido de la medida, pues America Works supone en esta ficción el fin del (mísero) Estado de bienestar estadounidense. La serie, no en vano, deja ver la mala conciencia de Underwood al finiquitar el legado de Franklin D. Roosevelt. Lo relevante en términos de la disputa política es que Underwood no espera convencer de su buena gestión a los miembros de su propio partido y a los votantes, sino que diseña un programa para refundar el pacto constituyente con el que lograr la identificación de la ciudadanía que sigue queriendo creer en los principios fundacionales de su nación. Con su plan de trabajo, el personaje que encana Spacey redefine las expectativas y reestructura los deseos de los ciudadanos. Y al hacerlo, le gana la partida a su propio partido.

Si Frank Underwood fichara como asesor de Pedro Sánchez, le recomendaría que se enfrentase a sus barones y dirigentes históricos, pero también le advertiría de que solo podrá hacerlo si antes logra definir un proyecto en el que se pueda apoyar una nueva articulación nacional-popular, como hace Underwood en la ficción. Puede sonar exagerado, pero en realidad este calificativo solo expresa que toda entidad política necesita reafirmar y renovar sus compromisos fundacionales para seguir existiendo. En tiempos de crisis económica, institucional y cultural, esta reafirmación es una necesidad, y tiene que labrarse en torno a los valores que los sujetos políticos propongan como bandera. Al igual que Underwood se centra en el ideal del pleno empleo para renovar el proyecto nacional estadounidense, el PSOE podría acudir a la idea solidaridad, a la apuesta por la educación, a la renovación industrial desde el compromiso medioambiental, a la feminización de los valores, a la diversidad identitaria... Nada de eso: su única bandera es la del mero cambio, sin contenido, sin relato, sin proyecto.

Podemos es el partido que más sensibilidad e imaginación ha demostrado para ensayar esa articulación nacional-popular, pero su iniciativa se encuentra hoy bloqueada por la condena de los medios y el fracaso de su órdago para el 26-J. Sería injusto hacer descansar en Podemos todo el peso de la ilusión: suyo es el mérito de haber conmocionado la conciencia política del país, pero hoy tiene que rearmarse y terminar de definirse a través de contradicciones internas que redunden en un fortalecimiento externo. Es Podemos quien ha ahondado en las grietas del régimen y ha apostado por el renacimiento de una soberanía popular que había olvidado su poder. Pero lo que Podemos ha logrado parcialmente, es al PSOE a quien hay que exigírselo, aunque sea porque a diferencia de las nuevas formaciones, tiene historia, tiene poder institucional, presencia local, influencia económica, y todavía a buena parte de los expertos del país de su lado. Si Frank Underwood pasara unas horas en Ferraz, lamentaría con desespero que el PSOE desperdiciara tanta cuota de poder, y que entendiese esa responsabilidad como una carga paralizante en lugar de como una oportunidad.