BLOGS

Igualdad, regeneración, socialdemocracia y democracia interna

24/02/2017 07:23 CET | Actualizado 24/02/2017 07:23 CET

2017-02-23-1487852436-5062516-iStock92023785.jpg

Foto: ISTOCK

En España hay partidos políticos que dicen defender la igualdad pero, salvo UPYD, no hay un solo partido político que haya defendido o defienda, sin ambages ni disimulos ni medias tintas la supresión del Concierto Económico o del Convenio navarro, mucho menos en Euskadi y en Navarra, y ya no digamos si hay elecciones inminentes en esos lugares. Ciudadanos recogió inicialmente el testigo con la boca pequeña y, a la hora de la verdad, ni rastro del testigo, salvo desde la distancia y últimamente ni eso. El PP se reivindica foralista, el PSOE no lo cuestiona y Podemos ha aceptado el statu quo vigente, tanto que iba a comerse el mundo.

Decir que se defiende la igualdad y pactar con nacionalistas para romperla es una contradicción en los términos. El PSOE es un partido nacionalista más en Cataluña y en Euskadi... y Podemos lo es en todos los lugares: se dicen progresistas, pero habrá que repetirles que no hay nada más reaccionario que cualquier nacionalismo, y que para que haya Estado del bienestar es indispensable que haya Estado, por lo que no conviene romperlo ni parcelarlo sino defenderlo y ampliarlo. Ambos dos anteponen la identidad a la igualdad y a Pedro Sánchez no se le ocurre otra cosa mejor que tratar de insistir en esa vía para ocupar el espacio que además ya está ocupado, olvidando los principios del republicanismo cívico, el socialismo democrático y el internacionalismo.

Hoy en España las principales instituciones están tomadas por los principales partidos políticos. Es lo que José María Fidalgo denominó como "el mayor proceso de privatización habido en España durante las últimas décadas": la apropiación de todas las instituciones del Estado por parte de los partidos políticos para ponerlas a su servicio, bien sea la justicia, los tribunales de cuentas, los órganos reguladores, el Banco de España, la Comisión Nacional del Mercado de Valores, el Consejo de Seguridad Nuclear o los medios públicos de comunicación, como comprobamos a diario. La regeneración democrática consiste en hacer que las instituciones funcionen correctamente y que se impulsen todas las medidas necesarias para erradicar la corrupción política y para garantizar una mayor transparencia en la gestión de los dineros públicos. Pero esta regeneración (aún pendiente) tiene otra vertiente: exige que los partidos políticos no sustituyan el trabajo en las instituciones por el marketing político... y, la verdad, no es algo en lo que los nuevos partidos hayan dado ejemplo a los viejos, sino que más bien han imitado su mal ejemplo.

En algunos de los recientes congresos de PP, Podemos y Ciudadanos no ha habido atisbo de debate, y en los que lo ha habido, se ha laminado a quien se le ha ocurrido llevar la contraria a sus jefes.

La socialdemocracia consiste en garantizar la libertad de mercado, pero donde el Estado cumple su función. Es decir, donde interviene para luchar contra las injusticias y para garantizar un Estado del bienestar robusto y digno de tal nombre, la igualdad de oportunidades y unos servicios públicos no sometidos a la mera regulación comercial, caiga quien caiga, sino de la mayor calidad posible, incluidas una Sanidad y una Educación públicas de calidad accesibles a toda la ciudadanía y financiados a través de una fiscalidad justa y progresiva. En España hay partidos políticos que se dicen socialdemócratas y otros que recientemente han dejado de serlo. Otros son liberales o no saben lo que son y casi todos son conservadores, por aquello de defender que nada relevante cambie demasiado.

Otra asignatura pendiente es la democratización interna de las organizaciones políticas, de modo que dejen de ser sectas bunquerizadas al servicio de sus élites dirigentes, con militantes e incluso cargos públicos amenazados con el destierro o el ostracismo si osan llevar la contraria al aparato gobernante: si atendemos a los congresos de Ciudadanos, Podemos y PP recién celebrados, no hay demasiada o más bien ni rastro de ella: en algunos no ha habido atisbo de debate, y en los que lo ha habido, se ha laminado a quien se le ha ocurrido llevar la contraria a sus jefes.

La igualdad, entre el nacionalismo de los nacionalistas, el nacionalismo de quienes supuestamente no lo son pero se comportan como si lo fueran, los mediopensionistas y los foralistas, es una quimera en España: tanto la desigualdad ciudadana como la territorial, consecuencia de la crisis económica y de la inacción de los poderes públicos, se ha ampliado durante los últimos tiempos. La regeneración de nuestras instituciones sigue siendo una cuestión pendiente y las reformas necesarias, de las que se habla mucho, siguen sin ponerse en marcha. Hay partidos socialdemócratas y otros que dicen serlo, pero ninguno de ellos vertebra el Estado ni se enfrenta a los abusos de los nacionalistas que quieren romper España. Y la democracia interna, la transparencia y la participación en el seno de las organizaciones políticas, más allá de la propaganda, no ha mejorado con el surgimiento de los partidos supuestamente nuevos.

Hay partidos que defienden la igualdad de boquilla, algunos nos hablan a diario de la necesaria regeneración democrática, otros son socialdemócratas pero defienden la parcelación del Estado y todos ellos dicen ser el partido más democrático del mundo.

Igualdad, regeneración, socialdemocracia y democracia interna. Soy de los que piensa, y no somos pocos, que todo ello puede y debe defenderse; es más: que puede y debe defenderse conjuntamente.