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El Prado al desnudo en Estados Unidos

12/04/2015 10:12 CEST | Actualizado 12/06/2015 11:12 CEST

En tiempos de crisis el Museo Nacional del Prado ha tenido que ingeniárselas para poder montar grandes exposiciones sin comprometerse a enormes desembolsos. La primera solución pasó por rebuscar en el propio sótano y así nació, en 2013, La Belleza Encerrada. Se recuperaron todos los cuadros de pequeño formato (dispersos en galerías, archivados en depósitos o cedidos a instituciones), y se restauraron para que el público pudiera admirar obras que no se exhibían desde hacía más 40 años. La segunda iniciativa surgió al girar la mirada hacia Estados Unidos.

"Los modelos de colección de los museos norteamericanos son muy diferentes a los nuestros", me dice Andrés Úbeda de los Cobos, comisario de pintura francesa e italiana del Museo del Prado becado por el museo Clark de Massachusetts para terminar, en su impresionante biblioteca de arte de 250 mil volúmenes, la catalogación definitiva de la obra de Luca Giordano. "En Estados Unidos, casi siempre los fondos provienen de una colección donada por un particular; lo que implica que se limitan a los pintores que le gustaban a ese coleccionista y a los cuadros que pudo comprar en su época. La nuestra es una colección más completa; que no habla del gusto de un determinado señor, sino de la historia de España. No es cuestión sólo de imágenes, sino de los personajes representados y de los paisajes que tienen detrás. Aparte de que constituyen la visión iconográfica de artistas tan importantes para los españoles como Velázquez o Goya. Ahora, la ventaja de los norteamericanos es que suelen tener mucha obra de un mismo autor."

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Esta diferencia de planteamiento, precisamente, hace que las colecciones de europeos y norteamericanos resulten complementarias y altamente intercambiables. Por eso, el Prado y el Clark hace seis años que se guiñaron un ojo. El Prado no tenía ningún Renoir, pero Sterling y Francine Clark (multimillonarios gracias a las máquinas de coser Singer) habían adquirido en París 31 de sus cuadros. "Si el Prado hubiera tenido que traer obra de Renoir de 31 orígenes distintos", explica Andrés Úbeda, "le hubiera supuesto un gasto impensable. Ahora bien, conseguir que la exhibición completa viniera de Williamstown, resultó una bendición." Pasión por Renoir, la primera muestra del francés en España, se inauguró en octubre de 2010 y resultó la cuarta exposición más visitada en la historia del museo madrileño. Ahora le toca el turno al de Massachusetts. En el verano de 2016 llegará al Clark La Sala Privada: Los Desnudo del Prado. Treinta pinturas de los siglos XVI y XVII, que van a procurar una oportunidad sin precedentes en Estados Unidos de estudiar el peculiar fenómeno del desnudo en la colección real española. Se trata de importantes pinturas de genios como Tiziano, Rubens, Tintoretto, Velázquez, Brueghel o Ribera que raramente se exhiben fuera de España.

Lo que va a ocurrir no es un simple intercambio de cromos; sino una interesante investigación sobre por qué se pintaban esos cuadros y cómo y quiénes podían verlos. Un proyecto global sobre el nudismo que, partiendo de esta exposición, nace con vocación de convertirse en un libro, un ciclo de conferencias y el centro del Congreso de Directores de Museos de Arte de Estados Unidos. Un acontecimiento exclusivo que se utilizará también como incentivo para atraer alumnos de todo el mundo al Williams College. En Norteamérica, lo académico y lo museístico se dan la mano. La pequeña ciudad que los Clark eligieron para ubicar su colección privada alberga una de las cátedras de historia del arte más prestigiosas del mundo. Un modelo de aprovechamiento de recursos que le resultaría muy fácil imitar a una institución tan prestigiosa como el Prado. Pero el Gobierno dijo no. Su director ha intentado por todos los medios en los últimos años que le autorizasen a impartir una titulación en conservación de museos y, quizás porque la universidad pública se puso celosa, se decidió dejar al Prado fuera de la reciente ley de la ciencia. A mí, como tengo poco seso, no me entra en la cabeza. ¿No queremos marca España? Pues, ¿qué tal si cogemos el presupuesto que gastamos en el comité de sabios que busca la formulación mágica de nuestro país sin terminar de encontrarla y se lo adjudicamos al Prado para que imparta unos másters? Sembrar a futuro un respeto al Prado, al final, vendría a ser lo mismo que colar centenares de investigadores que amen y entiendan a España en el centro neurálgico de las mejores universidades y museos del planeta. Para el 2050, y lo siento por los historiadores ingleses, habríamos terminado la leyenda negra. Pero va a ser que no.

"Todos los conservadores del Prado hemos tenido que hacer nuestra preparación fuera y tendremos que seguir haciéndolo", me confirma Úbeda. "El conservador necesita una formación muy específica. Nosotros, a diferencia de un profesor de universidad, no proyectamos imágenes; tratamos directamente con el objeto. Tenemos que dominar temas como las atribuciones o la autoría, conocer el mercado, valorar el estado de conservación... porque nos dedicamos a adquisiciones para el Estado y tenemos que ser capaces de decidir si merece la pena o no invertir un dineral en una obra. Pero no hay ninguna universidad española que de una formación específica para museos." De momento, el que quiera enterarse de las reflexiones académicas que van a propiciar estos desnudos del Prado, tendrá que pasarse en 2016 por Massachusetts. Para quien no quiera esperar, o no pueda permitirse el viaje, adelanto algunas claves.

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Hasta hace bien poco, la pintura de humanos desprovistos de ropaje estaba prohibida. Era un tema tabú, excepto para la monarquía que, como sobresalía por encima de la ley, tuvo posibilidad de evadir las consecuencias. Así que los reyes españoles, desde Felipe II, alimentaron una magnífica colección de desnudos. Los cuadros se exhibían en salas cerradas con llave, en las que sólo un grupo de elegidos muy cercanos al rey tenían permitido el acceso y la contemplación. Se trataba de un juego masculino en el que las mujeres, objeto del deseo, quedaban al margen. No existían pinturas de desnudos masculinos.

"No se retrataban mujeres con nombres y apellidos, sino arquetipos. Por ejemplo: la joven guapa", aclara Andrés Úbeda. "Aunque existen hipótesis razonables para considerar que se consumían como erotismo, no se puede equiparar su contenido al de la pornografía actual, donde todo vale. Entonces había un código, unos límites. La mujer escondía siempre su identidad detrás de una excusa mitológica. Pintores como Tiziano, al retratar a Venus o a Diana, hicieron más asumible su pintura. Esto duró hasta Goya, que barrió todos los códigos presentando a una mujer desnuda sin justificación alguna. La Maja no era un objeto mitológico, sino una mujer real que no trataba de cubrirse y, además, miraba con desparpajo al observador masculino. En la representación del desnudo, Goya revolucionó por completo el modelo tradicional."

Al margen de la casa real, el cliente más poderoso en los siglos XVI y XVII fue la Iglesia y, para muchos de los grandes artistas cuyas obras viajarán a Massachusetts, prácticamente el único. "La Iglesia, sin proponérselo, les brindó a estos maestros la posibilidad de representar un cuerpo masculino al desnudo. Las escenas de la pasión de Cristo permitían la presencia de un torso desnudo y los mártires, especialmente San Sebastián, que era joven y atractivo, abrieron las puertas al desnudo completo." En cuanto a las mujeres, María Magdalena ha sido claramente la santa más desnudada del cristianismo. Sobre ella hay dos versiones. La de la pecadora convertida que se despoja de sus joyas y de sus ricos vestidos "a la que se suele representar de forma casta puesto que esas pinturas eran objeto de meditación religiosa." Y la Magdalena ya retirada del mundo a orar, "en cuyo retrato se permitieron determinadas licencias."

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El resto de detalles saldrá del debate que genere la exposición del Clark Art Institute. Una oportunidad histórica que la institución de Williamstown no quiere que se limite a reconocer el mérito de los visionarios españoles de entonces, sino que sirva también para dar a conocer las tendencias de los visionarios españoles de ahora. Ojalá que sepamos aprovecharla para difundir una imagen moderna de España en Estados Unidos. Perdón por insistir en la marca patria, pero es que a veces me da la impresión de que perdemos energías en encontrar el vellocino cuando la cultura que hace grande a un pueblo se basa en elementos más sencillos y cotidianos. Ya perdimos la posibilidad de darle una impronta española profunda y duradera a Estados Unidos, a donde llegamos muchísimo antes que los peregrinos del May Flower que se quedaron con el continente, por obsesionarnos en encontrar a toda costa oro en Florida y Texas y olvidarnos de cultivar calladamente las tierras. Igual alguna cosa sí podríamos aprender de aquella historia.