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Tras los pasos de Miguel de la Quadra-Salcedo

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Foto: EFE

Gracias a internet, las noticias llegan de un modo instantáneo. Las emociones, sin embargo, siguen tardando lo mismo. Cuesta asimilarlas. Han de recorrer a paso lento el espacio geográfico que las separa del destinatario, hasta recalar en el fondo de su corazón. Por eso yo que, como nuestro amigo Marco, hace algún tiempo ya que vivo apartado, en un pueblo al sur de las montañas y en una alegre morada, fue el sábado cuando me enteré de que nos había dejado Miguel de la Quadra-Salcedo.

He conocido a muchas personas que han centrado su vida en una pasión; pero han sido muy pocas las que he visto que, como Miguel, al mismo tiempo, hayan vivido la misma pasión por trasmitirlas. Miguel pertenecía a la segunda estirpe y, por eso, como ha escrito mi compañero Juan Luis Cano, muchos niños de nuestra generación nos hicimos reporteros.

Nada me parece más acertado para definir una biografía, que esos rostros compuestos por pequeños retratos de infinidad de personajes. Las vidas se asemejan a esas páginas en blanco con puntitos que uno ha de juntar con líneas para que aparezca el dibujo. En la existencia de cada uno de nosotros, los puntos son personas que en alguna circunstancia se entrelazaron con nuestros sentimientos. La mayoría contemporáneos; un puñado, figuras célebres de la historia; y, algunos otros sueltos, personajes de ficción como Tintín, Astérix o el hidalgo de la Mancha.

Si repaso el mapa de Gomaespuma, me vienen a la memoria muchos rostros que ayudaron a conformarlo. Caras pequeñas agolpadas para formar la narizota y las gafas como las de Gila, Tip y Coll, Tono, Mihura, Chaves Nogales o los de aquél trío maravilloso a los que Lina Morgan, en la primera entrevista de nuestra vida, llamó "los Grouchos Marx". También rostros menos evidentes y reconocibles, como el de Torrente Ballester, Miguel Delibes, Serrat, Italo Calvino, Boris Vian, Carlos Cano, Herman Hesse o los protagonistas de Delicatessen. Y, en el centro, siempre tú. Semilla y referencia.

Gracias también en lo personal porque, a través de la Ruta Quetzal, supiste transmitir a tantos chavales tu pasión por las Américas.

Gracias, Miguel. En lo profesional, porque sin ti, nunca hubiéramos tenido el coraje de sacar a la radio española de las transmisiones especiales en El Rocío, los Sanfermines o la fiesta del Pilar y pedirles a los estupefactos directivos de M-80 que nos dejasen retransmitir un programa, a nosotros, dos lechuguinos inexpertos, desde el desierto de Mauritania. Y luego al borde del río sagrado de la India, o en la vieja Habana, o en el campamento de refugiados saharauis... Esto sólo pudo ocurrir porque, años antes, tu tuviste la osadía de sacar la televisión de la comodidad de los platós de Prado del Rey, donde triunfaban Gaby, Fofó y Miliki, y amarrarte una anaconda al cuello en la desembocadura del amazonas. Y todos vinos que era bueno.

Gracias también en lo personal porque, a través de la Ruta Quetzal, supiste transmitir a tantos chavales tu pasión por las Américas. La misma pasión que yo comparto. En ese intento de mirar siempre la botella medio llena y de buscar la contribución positiva que lo español tuvo en la formación actual de todo un continente. Incluidos los Estados Unidos que, aunque no figure en los libros de historia, habrían tardado muchos más años en conseguir su independencia de no haber sido porque un malagueño de nombre Gálvez, gobernador por aquél entonces de la Luisiana, envió Mississippi arriba una flota de barcos cargados de uniformes, dólares españoles, y alimentos para sus tropas.

La vida pasa para todos y nosotros, aunque debo de confesarte que sin ninguna prisa, estamos ya más cerca de darte alcance. A ti, que siempre ibas un paso por delante. Como la jabalina que te atreviste a lanzar de un modo poco ortodoxo en el paraninfo de la Complutense y batió un récord del mundo que más tarde los jueces te negaron. Como el día que yo le llevé a Ansorena, el chef del restaurante El Frontón de Madrid, un costillar de bisonte norteamericano para asarlo a la parrilla... y tú te me habías adelantado con un vampiro australiano que, el otro Miguel, el de los mandiles, terminaba de hacer en el carbón vuelta y vuelta.