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Un año y 12 historias de ciencia

16/12/2016 08:08 CET | Actualizado 16/12/2016 08:08 CET

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La verdad no existe, pero duele. Por tanto, permítanme la osadía de sugerirles lo siguiente: persigan sus sueños, nadie va a hacerlo por ustedes. No tienen por qué ser grandes hazañas o éxitos, pero luchen por conseguir mantener viva la llama por aquellas pequeñas cosas que les emocionan, ilusionan, activan, perturban, les hacen, en definitiva, seguir sintiéndose vivos.

Entre las cosas que consiguen este efecto en mí se encuentran, como ya sabrán, dos ingredientes: la ciencia y las historias. Pero del mismo modo que las historias no son nada sin sus protagonistas, la ciencia tampoco puede existir sin los científicos. Es por ello que este 2016 me he dedicado a hablar con muchos investigadores, para aprender con ellos y traerles a ustedes sus increíbles historias de ciencia.

En este viaje, he conocido al paleoentropólogo Eudald Carbonell, quien me contó que el capitalismo podría estar evolutivamente destinado a desaparecer o que, si todos fuéramos racistas, ninguno de nosotros existiría. Gracias al astronauta Pedro Duque, ahora sé que hay millones de asteroides que pasan cerca de la tierra, que es indispensable hacer bromas en el espacio y que, en realidad, él de pequeño quería ser piloto de aviones.

Gracias a los médicos, aprendí que el futuro de la lucha contra el cáncer podría consistir en "enseñar" a nuestro cuerpo a luchar contra él, pero también que hacer públicos resultados sobre la homeopatía puede hacer que un príncipe te obligue a dejar tu trabajo.

En 2016 he viajado al pasado y al futuro, he conocido a un astronauta, al científico que mueve cuerpos con la mente, a un cazador de terremotos y al chico que convenció a Bill Gates de que era necesario crear un Facebook para investigadores.

Pero todavía más: he conocido a un científico que mueve cuerpos con la mente, a un cazador de terremotos en Praga y al chico que convenció a Bill Gates y Angela Merkel de que era necesario crear un Facebook para científicos. También he aprendido de la directora de cine X, Erica Lust, que no existe una sola fórmula para activar la sensualidad y que la ciencia también puede ser sexy. Gracias a la piloto de una nave espacial que no vuela, descubrí que no hay nada más rápido que la luz, pero que es posible poner a los electrones a trabajar en equipo, para moverse a velocidades increíbles.

Además, me he embarcado en un viaje en el tiempo para descubrir lo que pensaban Einstein y Feynman sobre la educación, el éxito y la creatividad, pero también he viajado al futuro para descubrir que todavía no somos humanos del todo.

Por el camino, también me he topado con robots alucinantes que nos pueden hacer perder la cabeza e, incluso, hacer ganar un récord Guinness bailando. Para rematar el año, participé en mi primer "smell date", les traje la historia de una mujer sin olfato que no se puede enamorar, y aprendí que los olores nos ayudan a elegir pareja pero que, por desgracia, no nos alertan de la proximidad de los maltratadores.

En resumen, éste ha sido un 2016 con muchas historias de ciencia pero, sobre todo, de científicos. Todos ellos, personas que tenían algo en común: tratar, día a día, de mantener viva la llama de su ilusión, de su pasión. Desconozco cuál es la pasión que les hace vibrar a ustedes pero, para cuidar de la mía, me he propuesto traerles, en breve, tres nuevas historias de ciencia: la del presentador de televisón Luis Quevedo, la del periodista científico Michele Catanzaro y la del nanocientífico Víctor Puntés. De ellos aprenderemos, entre otras cosas, la relación entre el futbolista Leo Messi, las bacterias y la aparición del primer europeo.

Comenzaré, por tanto, el nuevo año como terminé el anterior: con historias de ciencia.

Porque sigo intentando entender.

¿Lo queréis intentar conmigo?

Puedes encontrar muchas más historias de El científico sin fórmulas en su blog de El Huffington Post y ver todos sus vídeos en el canal de youtube.